Cuando la música nos salva: los rituales del dios de los rotos

Por: Silvia Citro

Testimonios de mujeres seguidoras del Indio dan cuenta de cómo la potencia de las músicas y el ritual son propicias para los cambios intersubjetivos. La música contagia a los cuerpos, pero los cuerpos por ella afectados, también contagian a la música.

Se apagó la voz-cuerpo del Indio Solari, dejó de crear nuevas canciones y reflexiones, pero como insisten sus seguidores/as, su música y su poesía continuarán siendo oídas, bailadas, pogueadas, celebradas. Y así persistirán, tal vez hasta el infinito, tal vez en la eternidad, como presagia ese signo que se colocó bajo su nombre y rostro, en el velatorio: Indio. 1949-∞.

Frente a esta muerte y apagón, se encendieron con renovadas fuerzas las voces-cuerpos de sus seguidores/as: llenaron las calles y también las redes sociales con rituales ricoteros y testimonios, que fueron replicadas por las radios y los canales de televisión y streaming. Voces-cuerpos que no suelen ser escuchadas ni visibilizadas, porque en su mayoría son de los/as excluidos/as, o “los rotos”, como expresó una de las seguidoras, ante una de las tantas cámaras de televisión.

Foto: Edgardo Gómez

El fenómeno ricotero es complejo. Mucho se ha escrito y hablado en estos días, con lo cual se hace difícil sumarle otra voz. Por eso, en estas breves y apresuradas notas, elegí priorizar las voces-cuerpos de sus seguidores/as, poniendo a dialogar algunos de sus imágenes y testimonios. Porque eso solemos hacer en la antropología: escuchar (con todos los sentidos) y comprender (a través del diálogo) a esos otros que, muchas veces, difieren del nosotros… Y sobre todo, a esos otros que son los menos escuchados, los incomprendidos y discriminados, porque sus formas de vida no son las hegemónicas, no son las legitimadas por las clases altas y blancas: esas que detentan los poderes económicos y políticos, pero que no pueden dominar a las diversas culturas que aún se les resisten, y siguen reinventando otras formas de habitar el mundo.

De los cientos de testimonios que circularon, me centraré en los de tres mujeres que atestiguaban, conmoviéndose entre lágrimas, cómo las canciones del Indio las habían “acompañado”, “ayudado” e incluso “salvado…” de diferentes situaciones críticas. Nos aproximaremos primero a los cuerpos de ese peculiar ritual que fue esta multitudinaria “misa ricotera” de despedida, para luego adentrarnos en las palabras de sus participantes, e intentar comprender así este poder de la música para transformar sus vidas.

El ritual de la tribu del Indio

Casi un millón de personas asistieron al velatorio del Indio, que aconteció en lo que podríamos llamar una peculiar “casa suburbana”, posiblemente, como aquellas que el Indio imaginó en sus canciones (“Ven a mi casa suburbana, me obsesiona tu prisión”). La última casa suburbana a los que nos convocó el Indio fue el Polideportivo Municipal José María Gatica, en el Parque de los Derechos del Trabajador, en el sur del conurbano bonaerense, en Villa Domínico, Avellaneda.

Una “casa” y un parque que, en sus nombres y monumentos, convoca símbolos claves de la lucha política y la cultura popular ligada al peronismo (y que, en mi caso me resultaban muy familiares, pues viví la mitad de mi vida a unas pocas cuadras de ese parque, y mi primer recital de los Redondos fue en Quilmes, el municipio lindante, en 1987).

Se estima que esa procesión festivo-ritual, que atravesó casi todo Avellaneda, alcanzó unos 7 kilómetros. Por momentos parecía la previa de un recital: al Indio se lo despidió cantando-bailando sus canciones, haciendo pogo, tomando cerveza, fernet y mate, fumando, comiendo en los puestitos de chori, hamburguesa y bondiola, riendo y llorando, abrazándose, puteando al gobierno, y agitando esas “banderas en tu corazón” que, como nos decía en otra de sus canciones, quería “verlas ondeando, luzca el Sol o no, banderas rojas, banderas negras, de lienzo blanco en tu corazón”.

Y fueron esas mismas banderas, junto a las gorras, camisetas, carteles y cartas, las que se ofrendaron y rodearon al féretro. Así, estas materialidades, cargadas de emoción y memorias, construyeron uno de esos heterogéneos altares, que el arte popular (colectivo y espontáneo), cada tanto nos brinda.

Foto: Edgardo Gómez

Esta escueta descripción de lo que muchos vimos-oímos-sentimos, ya sea parcialmente en las pantallas ingrávidas de celulares, computadoras o televisores o, más plenamente, participando en la procesión ricotera (con cuerpos que, además de “ver-oír” perciben con esa “tactilidad extendida” que implica el tocar-oler-degustar), intenta recordarnos que el Indio no era solo su música y sus letras, sino también este ritual colectivo que se siente en todo el cuerpo. Esa misa ricotera es la que constituye el sentimiento de comunidad entre los y las seguidoras, esa utopía de igualdad y fraternidad popular que se vive, aunque sea temporariamente, y que se recrea en cada ritual-recital.

En suma, la despedida y velatorio del Indio pusieron en escena y visibilizaron masivamente este “ritual ricotero”: una peculiar manera de vivir los recitales y la música del rock, que si bien fue compartida por otras bandas que logran su popularidad en la década del 90, con el Indio alcanzó una de sus expresiones más masivas, potentes y persistentes.  Y fue esa intensidad del ritual-recital, la que convirtió la tristeza del velatorio en una celebración de la vida y, a la vez, en un acto de resistencia política de los/as excluidos/as, pues muchos aprovechaban las cámaras, para manifestar sus ideas y deseos de cambio, y propiciar así, como remarcaba un joven: “un acto de rebeldía contra el gobierno”.

El poder de muchos rituales festivos, de los antiguos y los nuevos, para propiciar transformaciones, reside en los diferentes lenguajes estéticos que convoca, en el entrelazamiento de músicas, cuerpos colectivos y materialidades que genera intensas inscripciones sensorio-emotivas en sus participantes. De ese modo, se activan emociones y se movilizan deseos, que cargan de afecto a los símbolos y las palabras, logrando la identificación, adhesión o creencia de sus participantes en las ideas y valores que son puestos en juego en cada ritual.

De allí provienen las fuerzas de la música y el ritual para transformamos y transformar al mundo, algo que, en antropología, llamamos su “eficacia simbólico-performativa”: la reiteración de un modo de hacer simbólico y afectivo, que se va sedimentando en nuestros cuerpos y que, en cada nueva aparición, es reactivado, y acrecentado. La música contagia a los cuerpos, pero los cuerpos por ella afectados, también contagian a la música, y esta, en su devenir por diferentes contextos y situaciones, va recogiendo nuevas emociones e ideas que aumentan su poder de afectación. Esta apretada explicación, pretende ofrecer algunas pistas para comprender los siguientes testimonios de las seguidoras.

Cuando la música nos reconstruye

Agustina Troncoso, una joven de 27 años de Paraná, actualmente desempleada y autodefinida como “militante” de Cristina y de “todo lo que me conmueve”, fue entrevistada por las cámaras de un canal de televisión, replicada en redes y luego entrevistada en una radio. Retomo de estas fuentes sus palabras:

«El Indio es mucho, pero el Indio es el dios de los rotos, me parece a mí. Todos los que estamos acá tenemos algo en común, estamos rotos un poco, y sentimos que el Indio nos escribió y nos habló a cada uno de nosotros. Por lo que sea…chorros, drogadictos, suicidas, apaleados…. Fue una banda y una música que siempre tuve de fondo, y me caló y me entró cuando me rompí y tuve una grieta y lo único que tenía más debajo de donde estaba, era la muerte y la muerte me dio dos veces un beso en la frente. Y ahí cuando me tiré y reposé, las letras del Indio que sonaban de fondo comenzaron a tener sentido para mí. Y la lealtad de estar acá, es un momento muy justo para todos, porque eso nos obliga a organizarnos, a estar juntos, cuando sentimos que perdemos, perdemos, perdemos y perdemos ocurre esto que nadie quiere, pero se hace eterno. Y nos quedarán pocos, pero somos mucho para bancar a los pocos que nos quedan, y vamos a seguir. El ultimo baile con el Indio cerca es este, pero vamos a seguir…

A mí me contaba una chica, que su pasatiempo cuando estaba mal, era aprenderse, aprenderse, aprenderse y aprenderse las letras del Indio, y que esos eran los únicos momentos que no estaba pensando su cabeza en hacerle más daño, sino que su cabeza estaba concentrada en aprenderse las letras, por eso también te salva en la vida…«.

En la versión oral de estos testimonios, se aprecia cómo Agustina repite enfáticamente algunas de sus palabras, que son justamente las que evidencian la dinámica reiterativa con la que operan los poderes y logran su eficacia (simbólico-performativa). Así se refiere tanto a aquellos poderes de las pasiones tristes, que insisten en hacernos “perder, perder, perder…” y dejarnos “rotos”, como a las potencias que resisten esa pérdida, aquí “aprendiendo, aprendiendo, aprendiendo” las letras del Indio, dejando que entren una y otra vez y “calen hondo”, llenando ese vacío de la pérdida, de la grieta, suturando la rotura o desplazan esa compulsión a dañarse a sí misma. Frente a la insistencia del Tánatos y las pulsiones de muerte, solo nos queda oponer la insistencia del Eros y sus pulsiones de vida, ambas dejan sus huellas en los cuerpos-palabras…

Foto: Edgardo Gómez

El siguiente testimonio, tomado de Instagram y reproducido en un programa radial, pertenece a una mujer de la cual no pudimos tener más referencias que su historia, que relata mientras se filma a sí misma caminando:

«Una canción que me acompañó en el momento más oscuro de mis días, estaba internada por COVID, sin defensas por una quimio, en un momento bastante difícil, sola en pandemia en un hospital y escuchaba esa frase y me daba fuerzas, la escuché trecientas cincuenta mil veces “cuando la noche es más oscura florece el día en tu corazón” (llorando). La escuchaba, la escuchaba, la escuchaba, me acompañó y hasta creo que me salvó un poquito. Así que ahora en este día gris melancólico, flasheada por el poder que puede tener una canción, por el poder que puede tener la poesía, por la magia que puede tener algo que hagamos».

Una vez más, aparece en este discurso el poder de la reiteración de una canción, que es escuchada miles de veces, y revela así su “magia”. Finalmente, otra mujer, de Rafael Castillo, entrevistada durante la procesión, relata frente a las cámaras que “los sigue desde los 90” y que “es un sentimiento”. Hasta que, llorando, irrumpe:

«Indio, Indio, Indio, te quiero agradecer, vos me salvaste de la droga loco, con tu poesía, con tu lírica, tu música, vos me salvaste y tengo una hija que le está dando para delante…«

Los relatos de estas mujeres, con sus insistencias, evidencian la potencia de las músicas y el ritual para propiciar cambios intersubjetivos, un tema que me ha obsesionado, y ha ocupado buena parte de mis investigaciones antropológicas, en las que busqué argumentar cómo esta eficacia simbólico-performativa atraviesa a diferentes culturas. 

De hecho, comencé estudiando los recitales-rituales de rock y el pogo en los años 90 en Cemento, para pasar luego a los rituales-recitales indígenas de comunidades rurales del Chaco argentino, y aun en estos mundos tan distintos, siempre encontré vasos comunicantes, en torno a este poder transformador de las músicas y las danzas.

Tal vez no sea casual que un músico que adoptó el potente nombre de Indio (cargado de una historia de despojos y rebeldías), y lo preservó hasta su muerte, haya sabido convocar las antiguas fuerzas del ritual y dio a luz una de las tribus más grandes y persistentes del rock argentino y con ella logró celebrar “el pogo más grande del mundo”.

*Esta nota forma parte de un acuerdo entre Tiempo y el Instituto de Ciencias Antropológicas de la UBA.

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