Cuatro hermanos relataron los tormentos que sufrieron en la última dictadura cívico militar

Por: Nahuel De Lima

“Gracias por seguir en esta lucha de Memoria, Verdad y Justicia”, dijo al Tribunal una de las hermanas Díaz que declararon el martes en la audiencia donde se están juzgando los crímenes de lesa humanidad cometida por 17 represores contra 500 víctimas.

Una nueva audiencia virtual del juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes y Brigada de Lanús contó esta semana con los testimonios de los hermanos Juan Domingo Díaz, Juan Antonio, Bonifacia del Carmen y Víctor Hugo.

Los cuatro hermanos fueron secuestrados en febrero y octubre de 1977, sufriendo golpizas y aplicación de corriente eléctrica en varias partes del cuerpo.

Grupos armados vestidos de civil buscaban a uno de los hermanos Díaz, Victor Hugo “Beto” Díaz, quien tenía militancia partidaria peronista en la zona y tras capturarlo, éste logró huir de su lugar de detención en La Tablada, lo que desató la furia de los represores, quienes se ensañaron con Juan Antonio, Juan Domingo y Bonifacia del Carmen. Estos últimos habían ayudado a su hermano “Beto”, que estaba herido tras su fuga, a esconderse en una vivienda, hecho que conocían sus captores, quienes trataban de que confesaran la ubicación de esa casa.

Juan Domingo Díaz fue el primero en prestar declaración en la audiencia 43. Precisó que hubo un primer secuestro antes del cautiverio. Tanto él como sus hermanos fueron liberados y el único al que “se llevaron”, Hugo, logró escapar del Regimiento de La Tablada. “El 12 de octubre hubo un enfrentamiento de Hugo con algunos militares y de ese enfrentamiento, Hugo salió muy herido”, contó, fue a asistirlo y hubo una emboscada.

Tenía 17 años cuando lo secuestraron y lo llevaron al centro clandestino El Infierno, de Avellaneda. De su paso por ahí recuerda: “Era como si fueran a descuartizarme. Yo pensaba que era muy joven para morir así, de esa forma tan arcaica, como solían descuartizar a sus enemigos los romanos”. Detalló que lo picanearon hasta que quedó desmayado. “Llegó un tipo que dijo que paren porque me iban a matar”.

Una vez liberado, fue a la casa de un amigo en Berazategui y luego a su casa. “Mi sueño en Argentina era ser cardiólogo. Hoy soy maestro de obras y ya construí en Brasil (donde vive desde 1978) tres hospitales. Los cardiólogos trabajan en ellos”, concluyó.

Juan Antonio fue el segundo de los Díaz en prestar declaración. Aclaró que el enfrentamiento no fue el 12 sino el 17. “Lo que pasó después fue el secuestro de mis hermanas y mi accidente vial. Yo no sabía quién estaba por un lado y quién estaba por otro”, comentó. Díaz, además, precisó que el lugar de detención “era como una comisaría, había gente con uniforme, de la (policía) bonaerense ya que era Avellaneda, y gente de civil, como si estuvieran trabajando allí”.

La familia se instaló en el vecino país en 1978 pero él regresó a la Argentina cuando terminó la Guerra de Malvinas.

La audiencia continuó con el testimonio de Bonifacia del Carmen Díaz (Mari), quien junto a Víctor Hugo (Beto) eran los únicos militantes de la familia de siete hermanos. Signado por la mala conexión, el testimonio fue entrecortado y tuvo que volver en varias oportunidades sobre el relato. La situación expuesta fue la misma que las comentadas por sus hermanos, y su secuestro, que se extendió por 30 días, en la Cacha. “Nos soltaron el 5 de diciembre”, precisó.

Tras ser liberada, vino el exilio. “Tuvimos que salir todos de esa casa y del país, la amenaza era terrible y si alguien era detenido nuevamente, no aparecía más”, aseguró. “Gracias por seguir en esta lucha de Memoria, Verdad y Justicia” , le dijo al Tribunal al dar por finalizado su testimonio.

Víctor Hugo fue el último de los hermanos en declarar y es a quien buscaban los represores cuando secuestraron a sus hermanos. Pertenecía a la Juventud Peronista y Montoneros. Afirmó que desde 1973 a 1976 se hacía un “trabajo territorial”, de “reconstrucción” y con la “esperanza de cambiar algunas cosas”. El secuestro se produjo en los primeros días de febrero de 1977. “Cuando me llevaban se reían de la noche de cacería”, recordó.

“Desde que llegaste sos boleta. Tu vida depende de mí”, comentó que le dijeron cuando ingresó al centro. Fue torturado hasta que “dejó de responder” a la picana y los golpes. En un momento, en el cual su guardia estaba durmiendo, se desató, agarró un caño y le pegó en la cabeza. Tomó su arma y le apuntó. Ahí supo que estaba en el Regimiento 3 de La Tablada. Se vistió y salió a “dar el combate final”, pero logró escapar. Desde un bar, llamó a una vecina que tenía teléfono y le pidió que le avisara a su familia que tenían que irse de la casa porque “temía lo peor”.

Dos meses después, la pareja de un compañero le dijo que su familia estaba bien y él continuó con la militancia clandestina, sin contactos con su entorno. Estuvo en México y volvió con la Contraofensiva popular de Montoneros. También relató su enfrentamiento, en el que murió una compañera y él resultó gravemente herido, y su escape. “Ya no tenía proyectiles, sólo tenía la pastilla de cianuro en la mano “, mencionó. Se refugió en una casa y el dueño lo ayudó a llegar a la vivienda de la familia. Un médico, que había acudido para atenderlo, fue detenido antes de llegar, junto a las hermanas, y él se fue a una pensión. Fue operado sobre una puerta, acomodada en una mesa de cocina.

“La resistencia se vivió en dos planos, los que estábamos organizados en una agrupación política y la resistencia familiar. Quiero aprovechar esto para agradecer, también a nuestro pueblo que nos apoyó”, dijo.

En la audiencia anterior declararon Silvia Caveccia, por la desaparición de Miguel Ángel Calvo; Yamil Robert y Norberto Borzi, hermanos de desaparecidos. “Camps, Etchecolatz y Bergés fueron a la casa, se querían llevar a los chicos”, recordó el hermano de Oscar Isidro Borzi. El cuerpo de Norma Robert fue hallado, con un tiro en la cabeza, en una fosa común del cementerio de San Martín.

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