Cueste lo que cueste

Por: Ricardo Gotta

Antes de que sea demasiado tarde y que, lo que cueste sea una realidad que desborde de muerte. Se requieren agallas, decisión, y una amplia unidad. Aunque no nos una el amor sino el espanto

Fue hace poco más de 40 años, el domingo 10 de diciembre de 1983. Asumía Raúl Alfonsín, tras vencer al peronismo. Decía: «Vamos a vivir en libertad. De eso, no quepa duda. Como tampoco que esa libertad va a servir para construir, para crear, para producir, para trabajar, para reclamar justicia –toda la justicia, la de las leyes comunes y la de las leyes sociales-, sostener ideas, organizarse en defensa de los intereses y los derechos legítimos del pueblo todo y de cada sector en particular. Para vivir mejor, que los argentinos hemos aprendido, a la luz de las trágicas experiencias de los años recientes, que la democracia es un valor aún más alto que el de una mera forma de legitimidad del poder, porque con la democracia no sólo se vota, sino que también se come, se educa y se cura». El escritor Juan Sebastián Riera, es su último libro, reflexionó sobre ese discurso. Lo puso en palabras de un militante peronista de los ’80: «Por eso perdimos… o mejor dicho por eso ganaron. Entendieron mejor la realidad».

Fue hace poco más de 20 años, el domingo 25 de mayo de 2003. Asumía Néstor Kirchner y, entre otras cosas, decía: «Se trata de contar con un Estado inteligente. Recuperar los valores de la solidaridad y la justicia social que nos permitan cambiar nuestra realidad actual para avanzar hacia la construcción de una sociedad más equilibrada, más madura y más justa. Sabemos que el mercado organiza económicamente, pero no articula socialmente. Debemos hacer que el Estado ponga igualdad allí donde el mercado excluye y abandona». Luego hablaría de su pertenencia a la «generación diezmada» y se juramentaba seguir «creyendo en valores y convicciones a las que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada». No lo hizo; daba inicio a un período, más de una década ganada, que subvertiría la historia, cambiaría la relación de poder, mirando de un modo más coligado, fraternal, simbiótico a las clases oprimidas. El país, verdaderamente, fue el otro.

Un período excepcional y fascinante, pero de ningún modo perfecto. Tal vez haya que hurgar allí para empezar a comprender qué nos pasó para llegar a este hoy tan tenebroso.

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Este hoy tenebroso. La TV muestra la bandera de barras y estrellas pegada al logo yanqui de la Casa Rosada, mientras Antony Blinken con subterfugios admite que vienen por el litio: relaciones carnales que mucho se parecen a sometimiento. En otro canal, Larreta tampoco se ruboriza cuando le pide a Milei que deje de mentir y de atacar: ¿no le quedó un gramo de vergüenza?

Por ahí el presidente, inescrupuloso, desbocado, escupió ante uno de sus bufones con micrófono: «¿Sabés cuál es el segmento etario que menos pobres tiene en Argentina? Los jubilados». Se supo, al fin, quienes eran la casta. Provocador, delirante, ya los había llamado “viejos meados” sin respeto ni reparo en la nobleza ni en el esfuerzo vital de quienes laburaron toda la vida para que ahora le devuelvan la imposibilidad de sobrellevar con decoro la última etapa de su vida.

«Cueste lo que cueste vamos al déficit cero», contesta el presidente, una y otra vez.

«Cueste lo que cueste», repitió su vocero tras la pregunta sobre por qué no entregan medicamentos a enfermos crónicos y de patologías agudas. Un verdadero miserable. Quien preguntó luego, debió haberle dado una nueva oportunidad, que escuchase lo que dijo. Que pensara, si pudiera, una respuesta más inteligente, ya que más humana decididamente no puede. Cueste lo que cueste, aunque el costo sea el sufrimiento y la muerte de enfermos graves. ¿Tendrá comprensión de lo que afirma quien es capaz, también, de echarle la culpa de los mosquitos al gobierno anterior?

Al rato, la vicepresidenta escondió un busto que había en el Senado, de Néstor Kirchner, quien este domingo hubiera cumplido 74 años. Tal vez despechada, ironizó: «No soy la viuda». ¿Algún resabio del ’55? ¿Otra vez la inquina de clase que reflejó el tratamiento del cadáver de Evita? El rudimentario fanático de la Casa Rosada y el cuadro ideológico de ultra derecha, refugiada, por ahora, en el Parlamento. Hablando de cuadros: es intensa la versión que refiere a su idea de devolver los cuadros de los genocidas, hito de férrea y conmovedora postura política de Néstor. ¿Serán capaces de intentar matar la historia, otra vez, cueste lo que cueste?

Anochece y llega la rebelión desde el lugar menos pensado. Un gobernador patagónico, joven, del PRO, en una feroz guerra, lidera a versados colegas (incluso al Primo Jorge, en un lapsus de sus vacaciones). Inusitados insultos cruzados con el gobierno, en el in crescendo de una crisis que pone en jaque a ese presidente que aún no llegó a los simbólicos 100 días. El gobernador revolucionario se quita toda careta al declarar: «Me obligan a hacer esto, cuando yo comulgo con muchas de las cosas que quieren hacer». No lo obliga ni Kicillof, ni mucho menos CKF, aunque siempre haya un imbécil que lo piense. Si no fuera que los roles son tan volátiles, se podría afirmar que no hay buenos en esa pelea.

Mientras el peronismo no acaba de salir del trauma brumoso de una derrota que le consumió casi todas sus energías, se derrumban salarios, jubilaciones, consumo, producción, se disparan impuestos, precios, prepagas, la vida. Se hunde la clase media, el DNU rueda a sus anchas. Y la transferencia de riquezas prende el turbo. El experimento demuele derechos y ya no disimula: Es la economía, estúpidos. El neoliberalismo arremete para quedarse con la parte que le faltaba de la sartén y del mango. Aunque, ante la brutalidad de su personero, que el propio FMI corre al gobierno por izquierda… ¿Será otra fachada?

No alcanzaría un libro para detallar todas las imágenes del naufragio. ¿Qué nos pasó para llegar a este extremo? La pregunta se difumina en una sociedad sumida en un cóctel de perplejidad, angustia, desazón y tristeza que reclama un límite y lleva a posturas impensadas para quienes transitamos el horror y el dolor de la dictadura y embebimos el sagrado respeto de las instituciones. Pero hasta Mempo Giardinelli puso en negro sobre blanco la teoría de reclamar sin culpa el fin del experimento. «Pedir la renuncia de un sujeto tan dañino como éste es sumamente democrático», dijo el pensador que calificó al gobierno como «el farsante y su banda de cipayos». De otro modo, lo expuso Jorge Aleman: «¿Cuándo y con quién aparecerá el límite?». Antes de que sea demasiado tarde y que, lo que cueste sea una realidad que desborde de muerte. Se requieren agallas, decisión, y una amplia unidad. Aunque no nos una el amor sino el espanto.  «

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