Ping pong con Débora Nishimoto: “En el teatro me siento más libre porque no me encasillan por mis rasgos”

Por: Marina Amabile

Revelación de "Envidiosa" y formada en Letras, la actriz habla de identidad y representación. También cuenta cómo el teatro físico, el boxeo y la escritura modelan su forma de trabajar.

Traductora de formación, actriz por instinto, cocinera por curiosidad y fanática de la moda: Débora Nishimoto explora distintas versiones de la sensorialidad. Casi todos empatizaron con Mei, su personaje en la exitosa serie Envidiosa, y Débora tiene un mundo interno que pareciera no encontrar fin.

–¿De chica ya sabías que querías ser actriz?

–No era algo consciente, tipo “mi trabajo del futuro”, pero mis papás registraban todo y en las filmaciones me veo siempre adelante de la cámara. Me encantaba hacer personajes, relatos de locutora y estar en mi mundo. Era una niña muy “pisciana”, imaginativa, que se hacía su propia bijouterie con mostacillas.

–¿Qué querías ser “cuando seas grande”?

–Pasé por todo: veterinaria (porque me encantaban los animales), paseadora de perros y hasta artesana cuando me dio por los collares.

–¿Tuviste mascotas de pequeña?

–¡Casi nada! Mis papás no me dejaban; lo máximo fue un hámster. Eso generó un “efecto adverso”: de grande me volví loca por los animales y hoy tengo a mi compañera, Suzuki Budín, una gata carey marmolada que parece un budincito.

–Estudiaste Traductorado de Inglés, ¿por qué?

–Me encantaba leer. Mi sueño era ser traductora de literatura. Después me di cuenta de que era difícil vivir de eso y me anoté en Letras, pero más por placer, para no exigirme tanto.

–¿Qué tipo de literatura te marcó en esa etapa?

–Me especialicé en literatura amerindia y en poetas no canónicos. Leí desde clásicos como Faulkner hasta literatura de esclavos, mujeres indias y literatura brasileña (Clarice Lispector, Tropicalia). Fue una apertura total.

Manuel Puig.

–¿Seguís leyendo con ese ritmo hoy en día?

–Antes leía dos libros por mes: hoy me incliné más por la poesía. Aunque cada tanto me engancho con una novela, como me pasó hace poco con Boquitas pintadas, de Puig. Intento mantener el hábito porque siento que hoy se lee cada vez menos.

–Un accidente cambió tu rumbo, ¿cómo fue eso?

–Fue un accidente de auto feo que me obligó a hacer un “parate”. En ese momento estaba muy exigida académicamente (estudiaba Letras, francés y japonés). Mi cuerpo me detuvo. Estuve un mes sin salir de casa y ahí empecé a indagar qué me quería decir mi cuerpo.

–¿Cómo llegaste al teatro desde ahí?

–Un amigo me recomendó un taller como terapia. Caí en lo de Nora Moseinco y fue una fortuna, porque ella trabajaba con el error y el vacío, no con guiones rígidos. Eso era justo lo que necesitaba para romper con mi estructura de planeamiento constante.

Clarice Lispector.

–¿Cómo fue pasar de un mundo tan “de la cabeza” como Letras al mundo del cuerpo en la actuación y el boxeo?

–Fue un cambio necesario. Yo siempre fui muy estudiosa y autoexigente, muy de lo académico. El accidente me obligó a bajar a la tierra y a escuchar qué me decía el cuerpo. Dejar la traducción literaria para entrar en un taller de danza o de teatro fue empezar a trabajar con el vacío y el error, algo que no se planea. Hoy el boxeo me da la fuerza y la descarga que necesito: después de años de yoga y danza, que son más “etéreos”, hoy elijo sentirme fuerte y presente físicamente.

–¿Cómo fue que empezaste tu emprendimiento gastronómico?

–Por el accidente perdí el olfato temporalmente. Para recuperar mis papilas, empecé a cocinar, a experimentar con especias, texturas y sabores intensos.

–¿Qué rol juega tu herencia japonesa en tu proceso creativo actual?

–Es una influencia que atraviesa todo, pero especialmente mi gastronomía. Mi emprendimiento se llama Kaori, que es mi nombre en japonés, y a través de él busco un equilibrio entre la intensidad y la sutileza. Me interesa mucho trabajar con el tiempo y la paciencia, como hago con los fermentos. En la moda también me marcó: viajar a Japón me dio la libertad de jugar con mi imagen sin miedo al “qué dirán”, algo que en Buenos Aires me costaba más por mis rasgos.

–¿Cómo definís tu estilo actoral?

–Me gusta la escucha y lo que surge con el otro. No soy de empujar las cosas; prefiero que se den naturalmente. En el teatro me siento más libre porque no me encasillan por mis rasgos: he hecho desde una señora de Recoleta hasta una serpiente o una brasileña.

–¿Cómo construiste a Mei, tu personaje en la serie?

–La imaginé como una chica “dicharachera”. Aunque viene de una cultura que puede ser reservada, ella va para adelante, es ácida y desfachatada. Le presté mi paciencia y mi liviandad, porque no soy tan neurótica como el personaje de Vicky (Griselda Siciliani).

–¿Qué es lo que más y menos te gusta de filmar?

–Lo que menos, los tiempos muertos y las esperas de horas en el set. Lo que más, la magia de transformar un espacio y el juego de ser otra persona. Es casi una terapia.

–Se nota que te importa mucho la estética, ¿siempre fue así?

–¡Sí! A los 13 años iba a inglés vestida toda de un solo color (un día rosa, otro celeste). Hoy elijo mucho lo que uso, me gusta la ropa vintage y los diseñadores independientes. No me gusta pasar inadvertida.

–¿Cómo es un día de descanso para vos?

–Tengo dos polos. Me encanta salir, ir a fiestas y estar con amigos. Pero cada vez valoro más quedarme en casa en silencio, mirando el balcón con mi gata y escribiendo.

Débora Nishimoto

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