Washington decide intervenir con un mensaje que, bajo la apariencia de respaldo, revela la pretensión de condicionar el rumbo económico y político del país.

En ese marco, el Banco Central se vio obligado a desprenderse de 1.110 millones de dólares en apenas tres días, en un intento desesperado por contener la escalada del tipo de cambio mayorista. Lejos de constituir una señal de fortaleza, esta sangría de reservas refleja la vulnerabilidad extrema de la economía y la incapacidad de sostener la estabilidad sin hipotecar el futuro.
El oficialismo celebra la iniciativa como un salvataje, pero lo que está en juego es la apertura de un nuevo ciclo de endeudamiento que, de concretarse por fuera del Congreso, implicaría un avasallamiento de la división de poderes y una cesión ilegítima de soberanía. La Constitución Nacional es categórica: corresponde al Poder Legislativo contraer empréstitos, arreglar la deuda interior y exterior y aprobar el presupuesto de la Nación. El artículo 75, en sus incisos 4, 7 y 8, lo consagra con nitidez; el artículo 76 prohíbe la delegación de facultades legislativas; y el artículo 99 inciso 3 impide que los decretos de necesidad y urgencia reemplacen de manera permanente la intervención parlamentaria. No son tecnicismos jurídicos, sino pilares de la república que garantizan el control democrático de las decisiones que hipotecan el futuro colectivo.
La legislación vigente refuerza este principio. La Ley 27.612 de Fortalecimiento de la Sostenibilidad de la Deuda Pública obliga a que todo programa con el Fondo Monetario Internacional, así como las emisiones de títulos bajo jurisdicción extranjera, cuenten con autorización del Congreso. La Ley 24.156 de Administración Financiera reafirma que toda operación de endeudamiento debe ajustarse a autorizaciones legales y presupuestarias. Eludir estos mecanismos no es solo una irregularidad: es una regresión democrática que despoja a la sociedad de su derecho a conocer y debatir las condiciones de un endeudamiento que impactará sobre generaciones enteras.
La historia argentina advierte sobre los riesgos de ese camino. Desde la dictadura militar hasta el acuerdo stand-by de 2018 con el FMI bajo el gobierno de Mauricio Macri, los ciclos de endeudamiento externo sin control parlamentario se tradujeron en crisis recurrentes, pérdida de soberanía y sufrimiento social. No fueron simples errores de gestión: fueron decisiones que ataron al país a condicionalidades que se tradujeron en desempleo, pobreza y desindustrialización. Repetir esa historia sería insistir en un modelo que condena a la Argentina a la dependencia estructural y a la desigualdad social.
La dimensión geopolítica es insoslayable. En un mundo marcado por la competencia entre potencias, la deuda opera como instrumento de alineamiento político. Cuando Estados Unidos define a la Argentina como “aliado clave”, no busca únicamente estabilizar un mercado financiero: persigue asegurarse un enclave estratégico en el Cono Sur, donde están en disputa recursos naturales, energía, logística marítima y tecnologías críticas. El endeudamiento no es, en este marco, una herramienta económica neutral, sino un mecanismo de subordinación política que convierte la soberanía en simple garantía de capitales globales.
Aceptar ese camino significa hipotecar reservas, recursos y decisiones políticas a cambio de dólares prestados, perpetuando un modelo de desigualdad y exclusión. La cuestión no es técnica ni contable: es política, histórica y civilizatoria. Defender la Constitución, las leyes y el rol insustituible del Congreso no es un formalismo: es la condición para resguardar la democracia frente al avance de un tutelaje externo que amenaza con reducir la autodeterminación nacional a mera retórica.
El mensaje del Tesoro estadounidense, celebrado como un espaldarazo por el oficialismo, debe ser leído con cautela: es la confirmación de una estrategia de dominación que bajo la fachada de apoyo económico persigue moldear la política argentina en función de intereses ajenos. Resistir ese formato de dependencia, denunciar sus riesgos y afirmar la vigencia plena de la institucionalidad democrática es un imperativo de soberanía. El dilema no es si habrá dólares prestados: el dilema es si la Argentina se resignará a ser un enclave subordinado o si reafirmará su condición de Nación libre, capaz de decidir su destino con dignidad, justicia social y democracia plena.
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