La película de Guadalupe Yepes indaga en el vínculo emocional de dos personajes atrapados en sus propios mandatos. Paralelamente, retrata la complicidad entre militares, empresarios y la Iglesia.

Dentro de un modelo clásico de narración, Luis Machín construye un personaje anómalo. Desde lo físico, con una gestualidad que contrasta con la parquedad de los hombres con los que convive. Mientras ellos responden al cargo y al rol social, Carlos, ansioso, angustiado y violento, no es el estereotipo de empresario exitoso. Un peluquín movedizo, su amor incondicional y asfixiante, el rol oscuro que cumple en relación con el poder hacen del personaje de Machín alguien imposible de encasillar.
“Esto empezó hace muchos años, con una primera versión que me acercó Guadalupe (Yepes). Desde aquella génesis estaba la idea de que yo encarnara a este hombre. Conocer las distintas versiones de un guion te va dando una idea de cómo se contará la historia. Lo del peluquín estuvo siempre. Y es un dato que no es menor: la aparición de semejante quincho en la cabeza cuenta cosas. Ese intento de coquetería es -sobretodo- un intento de emparchar algo. Y habla sobre su mirada respecto de las apariencias de los otros”.
Carlos colecciona mariposas exóticas y, para Machín, lo que tiene en las pequeñas cajas de cristal donde las conserva puede ser algo que hable de la relación entre él y Gina. “Eso nos habla un poco de lo que él piensa de su mujer, a la que conserva como en una especie de casa de muñecas. Haciendo un parangón con la obra de Ibsen, con Nora dando el portazo al final, escapándose de ese hombre que tanto la acobardó en su vida doméstica. Es un hombre que construye hacia afuera y se afana en proteger a esa muñeca que es la mujer. Esa forma en la que se recorta al personaje de Carlos del resto me parece que también tiene que ver con quién es hacia adentro, porque es un hombre enamorado. Eso vale decirlo, porque nos hemos acostumbrado mucho a ver estereotipos y este no lo es. En su mente, él cree que le está dando a Gina lo mejor, y lo mejor es darle un hijo a como dé lugar. Carlos, más allá de nuestro juicio de valor, es una persona que está totalmente errada en esa relación, con su extraña forma de entender la pareja amorosa”.
Gina desea, es deseada y quiere ser madre. Un encuentro ocasional con un cuidador de caballos la pone frente a algo que se parece a la pasión y, por qué no, a un posible embarazo. Si Carlos es transparente hasta la brutal honestidad, en Gina las decisiones son más silenciosas, más calculadas. Es así hasta una particular revelación que transforma todo su universo y resignifica la ficción familiar.
Lo que en La historia oficial, película con cuya estructura dramática puede emparentarse, era todo ocultamiento, acá es todo evidente, gracias a la trama de negocios y amistades. Carlos lleva lo turbio a su casa, a la luz del día y a la vista de todos: “Lo hace porque en su mundo hay impunidad. Todas son situaciones de total impunidad, se dan abiertamente. Eso de alguna manera lo valoriza como el paterfamilia que es. Es él quien lleva adelante los negocios para que la empresa sea próspera y que todo funcione. Es un hombre que no duda de lo que hace, que no se interroga. No oculta a nadie la presencia de los militares. Por eso habla a las claras sobre el modo en que puede darle un hijo a Gina. En eso también está presente su vínculo con la Iglesia.”
Desde el guion, Desbarrancada pone en blanco sobre negro la existencia de la tríada cívico-militar-eclesiástica. Pero por fuera de eso siempre hay gestos interesantes que desplazan el registro de ese realismo clásico. Las cajas de bombones que Carlos regala a todos los personajes, la escena de psicoanálisis que no es sino una charla sobre ilegalidades con el obispo amigo. Las relaciones eróticas, que parecen ser siempre una frustración, una fugacidad.
“Me parece que se construye bien la historia sobre cómo se van imbricando estos distintos actores de la sociedad: la Iglesia, el gobierno militar y el empresariado. Creo que la película cuenta sin altisonancias el modo en que los empresarios hacían negocios con los militares y cómo la Iglesia era partícipe de eso. Te lo muestra desde lo cotidiano. Si bien es un relato clásico, en estas cosas me parece que el guion te va haciendo entrar en la historia de una manera que, en un relato más clásico, tal vez no aceptarías.”
Este drama íntimo de una mujer de clase alta en los años 70, lleno de silencios heredados, mandatos de género y mecanismos de control, como definió su directora, se estrena en un momento de reaparición del negacionismo en el habla política. “Me resulta interesante que se estrene en este momento, sobre todo cuando el ministro de Defensa es militar e hijo de un militar que tuvo una participación activa en la época del Proceso -puntualiza Machín-. Poder estrenarla ahora es importante. Desbarrancada habla de algo que creíamos totalmente extirpado de nuestra sociedad, pero estaba latente «. «
Dirección: Guadalupe Yepes. Guion: Guadalupe Yepes y Laura Santoro. Intérpretes: Luis Machín, Carla Pandolfi, Pepe Monje, Francisco Andrade, Daniel Valenzuela, Nacho Gadano. Estreno 11 de diciembre. En cines.
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