Descubrir un rostro nuevo, distinto

Por: Andrea Testa

Columna de opinión de Andrea Testa, cineasta

La película Pibe Chorro la comenzamos a filmar en el año 2010 con la intención de construir junto a un grupo de jóvenes, que se estaba organizando en el barrio 22 de Enero de La Matanza, un debate sobre la estigmatización y sobre la criminalización que ellos sufrían. A fin de ese año, lo mataron a Gabriel y con su muerte esa película se desvaneció. Descubrir un rostro nuevo, distinto, fue la motivación que persistió en los siguientes años que nos preguntamos qué hacer. ¿Era necesaria una película? ¿Cuál era esa película? 

La realidad transitó delante de nuestra cámara y tuvimos que hacernos cargo de eso, con toda la incomodidad, con todas las contradicciones. Nosotros podíamos seguir pensando en salir a filmar, en escribir, en proyectar las ideas. Desde el principio sentimos que teníamos que construir juntos la voz de la película, darles voz a los que no tienen voz, poner las cámaras al servicio de los oprimidos. Muchas frases del quehacer del documentalista iban y venían a nuestras discusiones, cuál iba a ser nuestra postura moral en esta nueva etapa, en la preproducción de esta nueva película. Intentamos reproducir la experiencia, buscar un nuevo grupo de jóvenes y volver a preguntarnos enconjunto qué pasa con esta idea del “pibe chorro” pero esa intención no pudo persistir, había algo que nos había marcado fuerte y no podíamos correr la mirada, apuntar para otro lado. A Gabriel lo mató otro chico, de su misma edad, 17 años. Ese chico se llamaba David y también terminó asesinado. 

La muerte se interpuso y el silencio continuó insistente. La voz de Gabriel ya no estaba para ser filmada pero su ausencia se nos hacia presente. Dibujamos su rostro y escuchamos juntos su silencio. El grito, ahora, se volvía más real que nunca. La película también. 

La criminalización de la pobreza se desata violenta, pase el gobierno que pase, es estructural de este sistema que, en palabras del poeta Vicente Zito Lema, es un sistema en el que unos se devoran a otros. La muerte persiste violenta. La exclusión violenta. Vicente, quien toma voz en la película, nos interpuso un conflicto, casi trágico, en el que nos presentó a la sociedad como una sociedad que estaba produciendo niños que matan, niños que nacen para la vida, matan. Matan porque ya están muertos. Desde su primer grito. Y en la muerte del otro, igual no renacen. Negar la atroz sociedad que estamos produciendo fue su principal alerta. Hacernos cargo de la historia que teníamos en nuestras manos, incomodarnos con ella, no pintar de otra manera el rostro de Gabriel, ni de todos los posibles Gabriel. La vida en Espanto es la vida en exclusión, la vida en la muerte, la vida sin recursos, pero la vida al fin. Que persiste, que se organiza, que lucha colectivamente para transformar esta realidad. 

¿Cuál era el rol, entonces, de esta cámara inquieta? Poder filmarnos en esta contradicción. Elevamos la imagen y mostramos el muro de la lucha de clases. De un lado, las casas precarizadas de un barrio obrero; del otro, otras casas con sus grandes piletas y su lago artificial. Un mundo y otro, reproduciéndose violentamente. Separados por condiciones materiales, por algo tangible, real. Cuando entrevistamos a gente, en la cotidianidad, en un paseo por algún parque, sobresalía la idea de que eran necesarias más cárceles y más educación para que puedan aprender valores y que puedan decidir. Pocos, muy pocos, ponían el eje en la falta de recursos materiales como una de las causas del delito. Gustavo Gallo, uno de los protagonistas de la película, abogado, defensor oficial de menores, nos puso en evidencia una de sus contradicciones: que al dar la libertad a los chicos no punibles, muchas veces, debían volver de nuevo a la calle, a situaciones de extrema vulnerabilidad y que volvían a cometer delitos para poder comer en el instituto. Gabriel nunca cometió ningún delito y, sin embargo, murió. Murió como tantos jóvenes que mueren en manos del gatillo fácil o mueren por falta de políticas públicas que los protejan. El dolor de la muerte es igual en cualquier clase social, pero es peor en esas muertes que no tienen nombre y parecieran no tener historia. 

Descubrir un rostro nuevo, distinto. Que lo peligroso no invada sus miradas perdidas, frágiles, dolientes. Los rostros hablan con sus gestos, la cámara los capta y los inmortaliza. Gabriel puede mirar a los ojos y que su ausencia se replique en cada pantalla. Y que esa mirada sea la de tantos jóvenes que mueren día a día, que sea la mirada de los que siguen vivos pero que están condenados a vivir en la extrema pobreza. Vuelvo a preguntarme si la película que hicimos era la película necesaria. No puedo responderlo pero sí compartir que en cada una de las proyecciones que tuvimos pudimos pensar colectivamente, comprometiendo nuestro lugar. No sé si resolvimos el dilema de quién tiene la cámara y el para qué, seguir preguntando el rol del cine posiblemente sea el camino. <

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