En su última y delirante novela, “Pesadilla americana”, Leandro Ávalos Blacha imagina una Argentina que avanza hacia su destrucción final y en donde todo parece una puesta en escena televisiva.

Y no es que la obra de Ávalos Blacha sea indigna de formar parte de ese canon, en el que rigen los Borges, los Saer o los Piglia. Todo lo contrario: sus libros suelen ser artefactos literarios complejos, pero que deliberadamente hunden sus cimientos en lo popular y, desde ahí, trabajan con géneros que suelen tener mala prensa entre la crítica y la academia.
Su última novela, Pesadilla americana (editorial La Pollera), vuelve a tomar como plataforma narrativa a la comedia, la máscara menospreciada de la dualidad dramática, para contar desde ahí una historia en la que se acumulan las marcas de nacimiento del terror, que sin dudas es el menos prestigioso de los géneros, aunque ahora se esté poniendo de moda.
Nada que ya no haya sido hecho por el pulp, la historieta, el cine e incluso la literatura, aunque siempre con los estigmas de lo bajo y con la etiqueta de “consumo para las masas” marcado a fuego. Pesadilla americana, como las novelas previas de Ávalos Blacha, vuelve a tener todas esas señas de origen, pero también confirma la potencia de una prosa formidable que no solo no le teme a esos “barros” literarios, sino que abraza ese linaje bastardo que, no es ninguna sorpresa, constituye una rama muy fuerte dentro del árbol genealógico de la literatura argentina.
No es una novedad que Ávalos Blacha es uno de los alumnos más destacados de Alberto Laiseca, un escritor para cuya obra todo lo dicho en los párrafos previos (y más) resulta insuficiente. De hecho, el autor de Pesadilla americana aprovecha a uno de los protagonistas de la novela, un diablo niño que recorre la Argentina al cuidado de un grupo de monjas satánicas sembrando el terror, el caos y la destrucción, para rendir un homenaje nada velado a su maestro. Un pequeño demonio que habla un español precario, al que le gusta ver en YouTube los videos de un “viejo bigotudo” que “fuma pucho y cuenta historia de susto”.
Ni el recurso del humor absurdo ni los imaginarios de la narrativa de terror le impiden al autor que su novela funcione como un espejo de la realidad. Por empezar, todos sus personajes son exponentes de distintas manifestaciones de la idiosincrasia argentina. El diablo chiquito, por ejemplo, es un devoto consumidor de una cultura folklórica en la que lo demoníaco siempre tuvo un lugar destacado, desde personajes mitológicos como el zupay andino hasta el Fausto criollo de Estanislao del Campo.
Pero también está la figura del político “tranza”, los que no dudan en entregar su alma con tal de obtener poder. Pactos que, por otro lado, no temen romper para volver a abrazar la cruz según convenga, quedando siempre parados del lado del que va ganando. Cualquier parecido con el escenario político actual, por supuesto, no es mera coincidencia.
Otra característica que atraviesa la obra de Ávalos Blacha es la utilización de versiones fantásticas de las divas de la televisión argentina como personajes vitales en las tramas de sus novelas. Si en Malicia (Entropía, 2016) una versión apenas disimulada de Moria quedaba en el centro de una ola de asesinatos dentro del elenco de su obra teatral, o si en Los quilmers (Caballo negro, 2023) era Susana la que ponía su programa para establecer contactos del tercer tipo, en Pesadilla americana le llega el turno a Mirtha.
Será ella la que logrará desenmascarar al diablito y la que finalmente, junto a su mucama Elvira, terminará salvando al mundo. Por desgracia, a esa altura la Argentina ya ha sido literalmente congelada por un candidato surgido de un reality show, como única solución posible para los problemas de un país empeñado en no hallar ninguna mejor. Así que, políticos con aspiraciones pero faltos de ideas: lean Pesadilla americana. En una de esas encuentran alguna que los ayude a ganar la próxima elección.
La editorial chilena La Pollera también acaba de publicar Obsolecencia programada, libro de cuentos del escritor argentino Manuel Cantón que recibió el premio Fundación Proa. Sus relatos utilizan la historia argentina para poner en escena una serie de narraciones vinculadas al desarrollo tecnológcio, siempre a partir de los mecanismos del género fantástico.
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