Doctrina Monroe: sueño largo del mal, dos siglos igual

Por: Gerardo Szalkowicz

Se cumplen 200 años de la piedra fundacional de la política exterior estadounidense hacia América Latina y el Caribe.

El 2 de diciembre de 1823, en el epílogo de los procesos independentistas en América Latina, el presidente estadounidense James Monroe presentaba ante el Congreso una doctrina elaborada por su secretario de Estado, John Quincy Adams. “América para los americanos” fue la frase que condensó el espíritu de ese ideario y marcó la cancha de lo que sería el vínculo de la naciente potencia con los pueblos que habitan al sur del Río Bravo.

La doctrina se buscó justificar como un instrumento de defensa ante la amenaza de una recolonización europea tras las guerras napoleónicas. Monroe advirtió que cualquier intervención en el hemisferio sería tomada como una “amenaza a la paz y la seguridad” de Estados Unidos. Pero el tiempo fue desnudando que ese pretexto encubría la ambición expansionista y hegemónica norteamericana desplegada casi sin matices durante los dos siglos que sobrevinieron.

“América para los americanos” no significaba entonces la soberanía del continente sino el remplazo de la dominación europea por la estadounidense: la piedra fundacional de la política exterior de Washington hacia América Latina y el Caribe, región a la que empezó a autopercibir como su “patio trasero”.

Todas las administraciones de la Casa Blanca han echado mano a la Doctrina Monroe, a la que se le fueron agregando diversas actualizaciones como el corolario Roosevelt de 1904, que proclamaba “el deber y el derecho” de EE UU a intervenir en Latinoamérica no sólo ante conflictos con potencias extraregionales sino también ante el peligro de revueltas políticas.

Se fue consolidando un injerencismo crónico evidenciado en las más de 100 intervenciones militares estadounidenses en países de la región.

Tan lejos de Dios…

Bajo el paraguas de la Doctrina Monroe, y esta premisa de considerar a todo el continente como su área de pertenencia, el imperio naciente comenzó a extender sus fronteras con la conquista de tierras por parte de los plantadores esclavistas. Ese expansionismo precipitó el despojo de México, que terminó perdiendo en 1848 la mitad de su territorio. Faltaba más de un siglo para que se popularizara la frase “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

Los tentáculos del Norte se extendieron luego hacia el Mar Caribe, con la colonización de Puerto Rico en 1898 y las sucesivas ocupaciones de Cuba, Haití y República Dominicana. Washington pasó a controlar las aduanas, a manejar los puertos y a apropiarse de las plantaciones de azúcar de las islas caribeñas.

Otro gran hito del proyecto expansivo norteamericano que afianzó la Doctrina Monroe fue la construcción del Canal de Panamá (inaugurado en 1914), forzando la “independencia” de ese país para convertirlo en una colonia bajo su dominio. Así logró el monopolio del paso interoceánico, la conexión de las dos costas de su territorio y se aseguró el comercio del Pacífico.

En 1917, una modificación importante de la Doctrina Monroe fue impulsada por el presidente Woodrow Wilson, quien planteó expandirla hacia todo el mundo, abriendo paso a la figura del “gendarme global” y a la intervención económica y militar de EE UU en otros continentes.

Los años que siguieron se caracterizaron por el avance económico estadounidense sobre su rival británico, consolidando una contundente primacía al finalizar la Segunda Guerra. América Latina fue el gran mercado de arranque para una economía que se expandió a un ritmo vertiginoso a costa, en gran parte, del saqueo de sus recursos naturales.

Una dominación que asumió formas de control militar con la imposición del pacto bélico TIAR en 1947 y la creación de la OEA un año después, para alinear a toda la región contra el fantasma del comunismo.

Durante la segunda mitad del siglo XX, tanto los gobiernos demócratas como republicanos apelaron al recurso de instalar y/o apoyar dictaduras en la región, ya sea para derrocar presidentes reacios a su tutelaje o para garantizar la permanencia de gobernantes serviles.

Bajo el pretexto de la “cruzada anticomunista”, sólo entre 1962 y 1968 EE UU gestó 14 golpes de Estado, con la presencia encubierta de la CIA como en Guatemala en 1954 o con incursiones directas de los marines como en República Dominicana en 1965. Luego, la historia más conocida: la coordinación aceitada de las dictaduras latinoamericanas en los ’70 y ’80 bajo el Plan Cóndor digitado desde el Norte, para imponer el proyecto neoliberal y convertir a la región en terreno fértil para los monopolios transnacionales.

Nuevo siglo

Ya en el siglo XXI, y al calor del ciclo de gobiernos progresistas que recuperaron ciertas dosis de soberanía y dejaron atrás el “Consenso de Washington”, hubo cierto amague de desechar la Doctrina Monroe. En 2009, Barack Obama anunció el inicio de una nueva “relación entre iguales” e incluso John Kerry, su secretario de Estado, llegó a decir que “la Doctrina Monroe ha terminado”.

Ese viraje, al menos en retórico, fue sepultado por Donald Trump, quien en 2018 señaló ante la ONU: “Ha sido la política formal de nuestro país desde el presidente Monroe que rechacemos la interferencia de naciones extranjeras en este hemisferio”.

El excéntrico referente de la ultraderecha, en rigor, sinceraba la continuidad de un principio que nunca fue abandonado. Tampoco por Joe Biden, quien ratificó la actualidad de la doctrina excluyendo a Cuba, Venezuela y Nicaragua de la Cumbre de las Américas y manteniendo el bloqueo económico contra esos países.

Al cumplirse 200 años de una doctrina que implicó el intervencionismo político, económico, militar y cultural en América Latina y el Caribe, y condicionó sus perspectivas de desarrollo, sorprende la vigencia de la premonitoria frase de Simón Bolívar, quien ya en 1829 denunciaba que “los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.

Los golpes del siglo XXI

En las últimas décadas EE UU no precisó de las botas para torcer el rumbo de gobiernos “díscolos”. Más solapadamente que antaño, pero se involucró en los derrocamientos o intentos de golpes que se sucedieron en este siglo.
El primero fue Hugo Chávez, el 11 de abril de 2002, en un golpe articulado por la oposición, la cámara empresarial y los grandes medios con el apoyo explícito del gobierno de George W. Bush. Dos días después, el líder venezolano retomó el poder gracias a la movilización popular y a la lealtad de un sector de las Fuerzas Armadas.
El 29 de febrero de 2004, el presidente de Haití, Jean-Bertrand Aristide, es depuesto y secuestrado por un comando de fuerzas de élite estadounidenses.
En 2008, Evo Morales logró abortar una intentona planificada por EE.UU. No pudo hacer lo mismo en noviembre de 2019: esa vez, el rostro más visible fue el del secretario general de la OEA Luis Almagro.
Otro golpe a la clásica fue el que vivió Manuel Zelaya en Honduras en 2009, donde EE UU impuso y reconoció inmediatamente a Porfirio Lobo. Vinieron luego los golpes parlamentarios contra Fernando Lugo en Paraguay (2012) y Dilma Rousseff en Brasil (2016).

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