El Parlamento del Ecuador la segunda semana de julio ha sido un aquelarre.

En ese mundo incierto, pocos reparan en la llaga purulenta que es la situación ecuatoriana.
El Parlamento del Ecuador la segunda semana de julio ha sido un aquelarre donde las y los asambleístas se han enfrentado no para discutir leyes que traten de atender los temas importantes de sustituir la Constitución del 2008, de reducir la inseguridad y la pobreza, que laceran a la población, sino las situaciones de pedofilia, de desprecio a la minusvalía física de una asambleíta, amenazas de 14 asambleístas de abandonar las filas del correato.
Esas situaciones que estremecen al movimiento Revolución Ciudadana, cual bombas de tiempo estallan en la Asamblea Nacional y ocupan los espacios noticiosos.
Los actores de reparto de este grotesco espectáculo son un asambleista correista, Santiago Díaz, acusado de pedófilo; una asambleísta correísta Jhajaira Urresta, comunicadora profesional que perdió un ojo por represiones en el gobierno de Lenin Moreno y otros 14 asambleístas correistas que amenazan con dejar el movimiento.
Los actores estelares son Rafael Correa, que aún funge como caudillo de ese movimiento, Luisa Gonzáles, última candidata presidencial del correato y Ricardo Patiño, jefe del bloque parlamentario correista.
La trama de ese sórdido espectáculo tiene tres actos.
El primer acto es la violación de una niña de 12 años por Santiago Díaz, antiguo militante, hombre de confianza de Correa que ya había intentado legislar para legalizar la pedofilia, según declaran sus propios compañeros de bancada legislativa.
El segundo acto es la denuncia pública que hace la periodista asambleísta Urresta contra la Luisa Gonzáles por haber ofendido su dignidad llamándola “tuerta de mierda”, razón por la cual Urresta abandonó el movimiento.
El tercer acto es el anuncio de más de una decena de asambleístas que amenazan con abandonar el movimiento Revolución Ciudadana si no sale Ricardo Patiño, a quien acusan de autoritario transmisor de las instrucciones despóticas de Correa, asilado en Bélgica desde hace varios años.
Lo grave de esta situación con resonancia en los medios es que involucra pedofilia, desprecio a la minusvalía física de una representante popular, que son delitos internacionalmente castigados, despotismo prepotente de líderes de la segunda fuerza política del Ecuador y desplazamiento de la centralidad que en la agenda pública deben tener los temas claves: inseguridad, pobreza y urgente necesidad de sustitución de la Constitución de Montecristi y sus engendros legales e institucionales. Que sea por consulta popular o por reformas sustantivas que modifiquen su esencia normativa y sus nefastos efectos.
Como escribe Simón Espinoza en el diario Primicias, el presidente Daniel Noboa debe “cerrar y no administrar el ciclo de Montecristi”. Para eso y para reducir la inseguridad y la pobreza lo eligió el pueblo ecuatoriano con aplastante mayoría.
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