La educación israelí como fuente de construcción de una sociedad racista

Por: Alí Mustafá

Una investigación de la filóloga israelí Nurit Peled-Elhanan muestra el modo en que los planes de estudio justifican la colonización e invisibilizan y deshumanizan a los palestinos.

«Enseñar exige respeto a la autonomía del ser del educando (…)
Nadie es, si se prohíbe que otros sean»

 Paulo Freire

En la búsqueda por comprender de dónde nace la violencia israelí contra los palestinos, emergen opiniones que señalan un fenómeno de derechización de la sociedad y un creciente padecimiento del odio. Narrativas recogidas en encuestas, como la de Dalia Scheindlin, asesora política israelí,  sitúan a la mayoría de la sociedad israelí como racista. 

Desde la asunción de Benjamin Netanyahu, la alianza entre el Likud y sectores mesiánicos que buscan un Estado judío regido por la Ley religiosa se consolidó. Los factores que explican el alineamiento son: la instrumentalización mediática para presentar la seguridad como respuesta a la amenaza terrorista; la idea del derecho divino sobre esas tierras y la obligatoriedad del servicio militar, que configura a la juventud israelí y alimenta una cultura de violencia y agresión hacia los palestinos. 

Un aspecto menos visible, pero determinante, son los planes de estudios que, en la escuela primaria y la media, forman a niñas, niños y jóvenes en una visión que alimenta el odio hacia los árabes y, en particular, hacia los palestinos. En consecuencia los riesgos institucionales directos son la represión a la oposición, el silenciamiento de Derechos Humanos y censura a periodistas críticos a Netanyahu, generando un clima de miedo difícil de revertir. Este proceso de endurecimiento político, lejos de ser nuevo, se intensificó en las últimas tres décadas.

El dato empírico es la caída de la representación de la izquierda progresista en el parlamento israelí. De un total de 120 bancas, 69 eran de la izquierda en 1949; 39 en 1999; en 2019 eran once, y en la actualidad sólo cuatro parlamentarios son de izquierda. Hoy al menos 97 diputados apoyan la continuidad de la colonización, y otros tantos se oponen a un Estado palestino definido por las fronteras de 1967 con Jerusalén este como su capital, contraviniendo el derecho internacional.

La raíz de ese odio racial, señala la filóloga israelí Nurit Peled-Elhanan, se halla en los libros de texto que buscan legitimar al Estado, aún sus posturas controvertidas o crímenes fundacionales. En Israel, el currículo escolar se usa para justificar la colonización y la ocupación, describiendo a los colonizados con términos despectivos.

En el libro Palestina en los textos escolares de Israel, la filóloga analizó diez escritos de historia, seis de geografía y uno de educación cívica. En todos ellos descubre que continúan invocando estereotipos racistas y demuestra que “los palestinos apenas existen», pese a que más del 20% de la población israelí es de origen árabe-palestina.

En el prólogo argentino, Carolina Bracco, señala que en geografía se refuerza el etnonacionalismo. Los textos escolares enseñan a los niños judíos verse como los dueños de la tierra, sus recursos y pobladores, legitimando su dominación y expansión. 

Peled describe que uno de los libros de geografía muestra a las aldeas árabes como aisladas y rezagadas frente a la modernización, generando una narrativa que, al ver  el crecimiento demográfico como amenaza, justifica masacres y expulsiones. Otros textos citan la masacre de Deir Yassin (abril de 1948) como “problema demográfico” alarmante; otro registro recoge una descripción de Weizmann, primer presidente de Israel, sobre la huida palestina como “milagro”. Estas lecturas, buscan enfatizar una mayor presencia judía para seguridad frente a los palestinos. En general, los textos escolares reflejan y refuerzan el discurso dominante. Según el lingüista Gunther Kress, “los textos son una puntuación de la semiosis” que cambia con el poder.

La deshumanización o invisibilización de los palestinos en la educación israelí facilita  justificar políticas que afectan la vida de ese grupo. Si los niños aceptan la “verdad” representada, la violencia contra los palestinos podría parecer menos condenable. En este sentido, Yael Zerubavel en Raíces recuperadas (1995) señala que la construcción de la identidad israelí moderna usa técnicas discursivas que excluyen al sujeto palestino y esta omisión permite al Estado forjar una identidad colectiva. No busca comprender el pasado, tiende a «construir un pasado utilizable que justifique nuestra forma de vida y deslegitime la suya», sirviendo al presente de ocupación y a un futuro de mayor dominación.

El trabajo de Nurit Peled propone que el sionismo, concebido como construcción nacional, se apoya en estereotipos racistas y ejerce control sobre el espacio geográfico. El análisis invita a explicar la interrelación entre dos modalidades de violencia, denigración y control territorial dentro de un mismo proyecto, que utiliza un discurso racista para desvalorizar a las poblaciones originarias y justificar políticas de discriminación y exclusión. Dicho proceso, por ejemplo, se ilustra en los mapas escolares, donde los palestinos quedan ausentes y no hay ciudades árabes representadas.

La derechización israelí se apoya en un sistema multifactorial en el que el discurso educativo omite la historia de los palestinos y de sus derechos humanos, negándoles estatus social o legal y legitimando su eliminación como una necesidad de seguridad de Israel.

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