
El gran mérito del Gauchito Gil es el de haber trascendido esta invisibilización y desprecio, haciéndose ver a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional. A diferencia de la Difunta Correa, salió de las rutas para instalarse en los barrios –generalmente, pero no sólo– del Conurbano bonaerense. Las banderas rojas que pueblan los altares son indisimulables y su imagen, cada vez más familiar, es difícil que no remita, por un lado, a nuestro gaucho matrero arquetípico, el Martín Fierro, y por otro, con la cruz roja que lleva detrás, al Salvador martirizado que cada domingo propone la Iglesia Católica. Quizás en estas resonancias culturales resida su amplia aceptación social.
Aunque el santuario de Mercedes, Corrientes, sigue siendo la meca a la cual sus «promeseros» deberán peregrinar al menos alguna vez en su vida, los grandes santuarios públicos del Conurbano (en Alejandro Korn, San Vicente, Montegrande, Bernal, Florencio Varela, Ingeniero Budge, pero también cerca del Cementerio de la Chacarita) constituyen espacios igualmente sagrados, de mayor o menor extensión, donde rezar, dejar cigarrillos y botellas de vino tinto, escuchar chamamés y bailarlos en honor al santo. También, claro, para encontrarse con otros devotos, e intercambiar historias milagrosas del «Amigo que nunca te abandona». «
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