El cordero y los rugbiers, escenas de un verano clasista

Por: Pablo Taranto

Puede parecer caprichoso, pero es pertinente como ejercicio periodístico, identificar el delgado hilo que articula las dos noticias que han acaparado la atención del público durante el verano: el brutal crimen de Fernando Báez Sosa, en Villa Gesell, a merced de una patota de jóvenes rugbiers, y la obscena imagen de un cordero decapitado arrojado desde un helicóptero a una piscina.

El cordero, que al principio se creyó un cerdo, fue el objeto de una supuesta broma gastada en José Ignacio, Punta del Este, por un argentino próspero a otro (la palabra “rico” está desaconsejada en el lenguaje noticioso, la prensa acuña para estos personajes un término que es al mismo tiempo concepto y atributo: “empresarios”). Eduardo “Pacha” Cantón le debía un cordero a Federico Álvarez Castillo, éste se lo reclamó, y aquél se lo tiró, con admirable puntería, en la pileta. Compartida para celebrarla inter pares, la gracia se viralizó y se les volvió en contra. Uno imagina que les costó, a priori, entender por qué, ajenos a realidades que atañen a la gente de a pie, como el rechazo al maltrato animal o, de modo más extendido, el hambre que campea en la Argentina posmacrista.

El componente de clase también resulta manifiesto en el asesinato de Gesell. Pulularon esta semana las disquisiciones respecto del mundo del rugby, su carácter elitista, el sustrato de violencia que anida en algunos de sus “valores” y la “superioridad física y moral” –de acuerdo a la carta también viralizada de un rugbier rosarino– que se arrogan quienes lo practican, y es una polémica que no se agota, de hecho sigue en las páginas de este diario. Pero los testimonios en las ruedas de reconocimiento son más certeros que cualquier elucubración sociológica: los imputados por el crimen de Fernando, morocho, hijo de inmigrantes paraguayos, le gritaban “te vamos a matar, negro de mierda”. Y lo mataron.

Está claro que los jóvenes de Zárate, hijos de funcionarios municipales o de supervisores de una planta automotriz, no son tan prósperos como Cantón o Álvarez Castillo, no integran la elite del poder en la Argentina, pero no es menos cierto que, consciente o inconscientemente, sus círculos de pertenencia (su clase social, el deporte que practican, el mandato de género que los guía) los empujan a reproducir, aspiracionalmente, las conductas de esa elite a la que querrían pertenecer.

La obscenidad del poder (económico, que es lo que detentan los “empresarios”, ni hablar los que calzan helicóptero propio) suele creerse impune. E impunes se habrán creído estos chicos, que usaron su superioridad física –pero sobre todo numérica– para matar a Fernando, y su moral perturbada para dejarlo tirado y seguir de vacaciones –también, obscenamente– como si nada. «

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