
El componente de clase también resulta manifiesto en el asesinato de Gesell. Pulularon esta semana las disquisiciones respecto del mundo del rugby, su carácter elitista, el sustrato de violencia que anida en algunos de sus “valores” y la “superioridad física y moral” –de acuerdo a la carta también viralizada de un rugbier rosarino– que se arrogan quienes lo practican, y es una polémica que no se agota, de hecho sigue en las páginas de este diario. Pero los testimonios en las ruedas de reconocimiento son más certeros que cualquier elucubración sociológica: los imputados por el crimen de Fernando, morocho, hijo de inmigrantes paraguayos, le gritaban “te vamos a matar, negro de mierda”. Y lo mataron.
Está claro que los jóvenes de Zárate, hijos de funcionarios municipales o de supervisores de una planta automotriz, no son tan prósperos como Cantón o Álvarez Castillo, no integran la elite del poder en la Argentina, pero no es menos cierto que, consciente o inconscientemente, sus círculos de pertenencia (su clase social, el deporte que practican, el mandato de género que los guía) los empujan a reproducir, aspiracionalmente, las conductas de esa elite a la que querrían pertenecer.
La obscenidad del poder (económico, que es lo que detentan los “empresarios”, ni hablar los que calzan helicóptero propio) suele creerse impune. E impunes se habrán creído estos chicos, que usaron su superioridad física –pero sobre todo numérica– para matar a Fernando, y su moral perturbada para dejarlo tirado y seguir de vacaciones –también, obscenamente– como si nada. «
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