«El cuento de la criada», June regresa para el esperado final, cada vez más cerca de la revolución

Por: Adrián Melo

Se estrenaron los primeros dos capítulos de la última temporada de exitosa serie. El régimen teocrático de Giled debe caer y la protagonista buscará aliados inesperados.

Después de una espera de casi tres años desde el último capítulo de la hoy lejana quinta temporada, llega el final para El cuento de la criada. Esto supone un largo adiós para una serie que comenzó con todos los bríos (y se llevó todos los premios Emy en su primera etapa) y cuya narración tendió a volverse perezosa y despareja con el transcurrir de las últimas temporadas.

El desafío recurrente para los adaptadores de la novela de Margaret Atwood, con Bruce Miller a la cabeza, fue convertir una breve y genial novela distópica, pero de escenario efímero, en una serie larga a medida que se acrecentaba el éxito y la popularidad de la ficción y traía aparejado consigo un público fanático a nivel global que pedía cada vez más. Eso tuvo algunas consecuencias negativas (un alargamiento forzado de algunas tramas y subtramas, cierta repetición en tópicos y argumentos) y algunas positivas de las que se aprovecha el presente estreno.

El final de la quinta temporada encuentra a la protagonista y heroína absoluta de la serie, June Osborne (Elisabeth Moss), huyendo en un tren de refugiadas hacia Canadá para salvar a su hija recién nacida. Sin embargo, en el andén es arrestado el esposo y amor de su vida Luke Bankole (O.T. Bangele) y en Gilead quedó secuestrada Hannah (Jordana Blake), la otra hija de ambos.

No hay alternativas y la resistencia lo sabe.

Entre las consecuencias positivas del forzado alargamiento de la ficción, sin dudas y definitivamente, una fundamental ha sido el arco y la evolución narrativas del personaje de Serena Joy (soberbiamente interpretado por la actriz australiana Yvonne Strahosvki). Al comienzo es una villana despótica, antifeminista, ultraconservadora, católica hasta lo ultramontana, autora del libro El lugar de la mujer (donde señala básicamente que el lugar de la mujer es el hogar, el marido y la maternidad) y esposa algo frígida del comandante Fred Waterford. Sin embargo, con el correr de las temporadas, víctima y victimaria de la sociedad autoritaria y machista de Gilead, con la pasión puesta en un nuevo interés amoroso y con un hijo varón a cuestas, su personaje tiende a rebelarse –así sea por mandato divino– contra algunos aspectos de la Nueva Belén que constituye Gilead.

De igual manera la relación de Serena con June fue mutando notablemente. De ser la cruel y despótica ama y esposa que somete a su criada a los peores maltratos y humillaciones posibles en los inicios hasta convertirse, según le convenga, en aliada, antagonista o sorora a medida que transcurría la ficción.

Por ello, uno de los grandes aciertos del primer capítulo de la sexta temporada es que encuentra a las antaño enemigas irreparables juntas y con sus respectivos hijos en el mismo tren. El objetivo es huir de la siniestra Gilead, Nueva Belén o como quiera llamarse esa forma contemporánea del infierno. En un ámbito cerrado en donde se ven obligadas a compartir el espacio, las dos mujeres se enfrentan a un terrible pasado y a ese presente compartido. En el caso de June, ese encuentro obligado la pondrá frente a disyuntivas que pondrán en cuestión sus dotes de heroína sin ambages.  Dilemas éticos que hubieran hecho las delicias de la filósofa y pensadora política Hannah Arendt, tales como ¿qué hacer con esas ofensas y crímenes que no se pueden castigar ni perdonar? ¿Hay redención en la esposa de un criminal de guerra? O, dicho de manera más llana: ¿se puede perdonar lo imperdonable?

Sostenidos en las siempre impecables y potentes interpretaciones de Moss y Strahosvki –que, en sus duelos llegan al paroxísticos tour de force actorales– tanto el primer capítulo, como los siguientes suponen una especie de prólogo e incluso de paréntesis al desenlace que el público espera desde hace años: la confrontación definitiva entre las criadas y los dictadores de Gilead y sus aliados. Es decir, el momento crucial en que las mujeres se den cuenta de que no tienen nada que perder salvo sus cadenas y en cambio tienen un mundo por ganar. Y por ende, el tiempo en que las criadas toman el poder de las armas y se confrontan en la batalla final contra el poder autocrático y patriarcal. En ese sentido, una de las preguntas del millón será ¿qué papel jugará Serena en la revolución? ¿Pesará más el sojuzgamiento compartido de las mujeres que las afrentas entre féminas del pasado? La respuesta parece ser dada subrepticiamente cuando June afirma: “Usaremos a todos nuestros aliados. Cualquiera y todos los que odian Gilead. Para finalmente decir ¡basta!”. Pero, habrá que ver.

A su vez, la hipotética participación de sendas mujeres en la rebelión pueden llegar a plantea preguntas de carácter universal en relación a los procesos históricos: ¿quiénes producen cambios más perdurables: las revolucionarias radicales que llevan en su cuerpo y su corazón el fuego sagrado del ideal de justicia a lo June o las líderes reformistas, frías y calculadoras a lo Serena?

A pesar del lógico agotamiento que produjeron tantos giros argumentales a través de los años, los capítulos siguen siendo impecables en su lógica y estructura, conservan su magia e incluso esos diálogos de antología (tal como aquella línea en donde una criada le increpa a la católica Serena: “Dios es una excusa para que los hombres usen dos cosas: el pene y las armas”.

Elisabeth Moss en la premiere internacional de El cuento de la criada.

Después de tantas idas y venidas donde la revolución parecía cerca y al alcance de la mano finalmente estamos en condiciones de decir que el momento llegó. Lo dice la propia June cuando enarbola discursos con reminiscencias de Marx tales como: “Nunca deberían habernos dado un uniforme si no querían que fuéramos un ejército. La revolución está aquí”. O “Durante años les tuvimos miedo. Ahora es su turno de temernos a nosotras”.

Es sabido que para pensar la sociedad postapocalíptica de Gilead (situada en lo que solía ser Estados Unidos), un lugar contaminado de mujeres infértiles y donde las mujeres menos privilegiadas en el estatus social son sometidas a ser criadas, esclavas sexuales y vientres de alquiler de las familias adineradas allegadas al poder político y militar, Atwood se inspiró en el ejercicio sistemático de la apropiación de bebés de la última dictadura argentina. A lo largo del tiempo la serie se convirtió en inspiración política y hasta símbolo de las luchas de las mujeres tales como la campaña por el aborto en la Argentina. En ese sentido, nació en los tiempos oscuros del primer Trump y Macri y se vuelve necesaria y cobra particular fuerza en estos nuevos tiempos de Trump y Milei donde los brujos no es que piensan en volver, sino que ya volvieron. Ojalá que el final de la ficción brinde esperanza antes de que llegue Los testamentos, la continuación de la saga basada en la novela homónima de Atwood y que ya está en proceso de producción. «



El cuento de la criada

Sexta temporada. Showrunner: Bruce Miller. Elenco: Elisabeth Moss, Yvonne Strahovski, Ann Dowd, Samira Wiley. Por Paramount+. Estrenos: todos los miércoles.



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