Por Liliana Heker, escritora y crítica
Desde que nos conocimos en La Plata, en una revista oral de El escarabajo de oro, cuando él era un inteligentísimo estudiante de Historia y un fervoroso amante de la literatura, ese es el modo en que lo llamé. Y más allá de su obra contundente, que puedo releer y aun discutir todas las veces que se me ocurra, ese es el tipo que se me murió. En los últimos años, cada vez que nos encontrábamos nos dábamos un abrazo que yo sentía cargado de afecto, como de quien reconoce en el otro una historia en común. Me mandó un mail conmovedor hace poco, cuando recibió un libro mío. Y menos de un mes atrás me envió sus bellísimas crónicas sobre escritores norteamericanos. En la dedicatoria que me pone, y que alguien escribió a mano por él, usa una palabra hermosa, actualmente casi en desuso: fraternal. Leí el libro durante un viaje. Acabo de volver y hoy mismo pensaba escribirle. Quería que supiera el placer enorme que me dio releer esas pequeñas joyas que él escribió en 1967, para las Crónicas de Norteamérica. No me dio tiempo. O sí. Lo estoy escribiendo ahora. Me estoy valiendo de aquello que tanto amó las palabras y que nos hermana, para atenuar un poco la tristeza de su muerte. «
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