Más allá de las militancias, el terrorismo de Estado desarticuló vidas anónimas y dejó fracturas que aún hoy no cierran. Una crónica sobre el dolor persistente, las paradojas del destino y la vigencia de una herida que duele en el presente.

Su yerno recuerda el terror de aquella mañana cuando ella apareció gritando: se lo llevaron, se lo llevaron… Piensa también en su infantil reacción al acompañarla a la policía, a los cuarteles cercanos por donde no sabía ni cómo se puede acceder.
Recuerda con miedo el haber sido encañonado por hombres de civil que acechaban su barrio y le insultaron porque llevaba un libro de Branko Horvat: Economía y Socialismo en Yugoeslavia, por cierto, un crítico del comunismo.
Piensa en las paradojas de la vida, pues tras la desaparición de su joven cuñado, deciden con su mujer exiliarse junto a su pequeño hijo de menos de dos años, en Caracas. Y ¿porque esa ciudad?, porque allí habitaban desde hace años sus tíos. Entonces llora, una lágrima tras otra surgirán una y otra vez a lo largo de su vida, con gritos que no llegan a atravesar su garganta y le perforan el corazón. Es que a poco menos de dos años de vida allí, en un exilio originado en el miedo, su joven esposa embarazada de ocho meses es arrollada por un vehículo. Y el milagro ocurre. Recuerda hoy con la exactitud con la cual es posible recordarlo, cómo su vida transcurrió en esos días en los cuales subía a ver a la bebé y bajaba a la sala de terapia intensiva.
La vida y la muerte juntas en una sola y única clínica, en un país lejano, de costumbres diferentes, donde les había costado mucho esfuerzo arraigarse. Y así en el transcurso de menos de dos semanas este hombre, tan joven él, tan joven ella, se convierte en viudo con un hijo pequeño y una bebé recién nacida. A partir de allí su vida cambiará para siempre y la pregunta: ¿por qué a mí?, no hallará una respuesta, como tampoco puede saber si el supuesto accidente fue solo eso. Esos jóvenes siquiera tenían filiación política alguna, ni militancia, ni vínculos con la guerrilla. Tampoco su cuñado hasta donde él sabe, pues al día de hoy figura como desertor del ejército, dado que claro, la madrugada en la que se lo llevaron era aquella en la cual cuando se convirtiese en mañana, debía presentarse al servicio militar obligatorio.
Sin duda el caso de esta gente es lo que se llamaría: “un efecto colateral”.
Pero para él y para su anciana suegra es la herida más lastimosa que recorre sus vidas, no puede saber con exactitud qué piensan sus hijos al respecto, pues el dolor ha creado barreras invisibles y autodefensas inescrutables.
Él se enoja mucho cuando el actual gobierno en su brutal discurso antihumano minimiza estos hechos o los justifica o hasta reivindica. No puede entender la crueldad, pues su sufrimiento lo ha curtido en otra dirección. Le duele su país, le duele el mundo, le duelen las mentiras, la doble moral, la horrible corrupción y llora al ver a los desplazados, a los civiles muertos, a los niños y niñas bajo escombros aquí y allá en países lejanos y a su gente humilde maltratada, insultada, ignorada. A su Patria ser entregada y vendida una y otra vez.
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