La flamante temporada sobre las aventuras de Eliseo insiste en un sistema que convierte la miseria humana en rutina. Cohn y Duprat sostienen una fórmula que muestra signos claros de agotamiento.

A lo largo de cuatro temporadas, El encargado fue la culminación de ese sistema, con un protagonista sinuoso y por lo menos polémico que ha sobrevivido a decenas de zancadillas gracias a ser más vivo, más sucio y más tramposo que aquellos que lo persiguen o que quieren limitar sus negocios un tanto espurios. Eliseo no es ejemplo de nada: es corrupto, ventajero, mentiroso, “no da puntada sin hilo” y cada relación que establece funciona de acuerdo con esas normas. Y si alguien -sea un vecino, un competidor o alguna persona con supuesto poder- se le opone, deberá atenerse a las consecuencias.
Al culminar la temporada anterior, Eliseo Basurto (Guillermo Francella) había armado una empresa propia, se había enfrentado al gremio de encargados de edificios y, gracias a sus dotes para el engaño y la victimización, había ganado la contienda legal y en la opinión pública. A tal punto se transformó en un ícono que el mismísimo presidente (Arturo Puig) lo convoca a la Casa Rosada para hablar con él y tenerlo como asesor y consejero. Y la curiosa relación que establece con el primer mandatario será uno de los ejes de estos últimos episodios.
Por fuera de eso, la cuarta temporada se va expandiendo en distintas subtramas que le permiten a Eliseo, inicialmente al menos, salirse siempre con la suya: hace mucho dinero con un negocio, se queda con la casa de una vecina fallecida y sigue como encargado del mismo edificio brutalista de siempre. Hasta que el abogado Matías Zambrano (Gabriel Goity) inicia un elaborado plan que ha armado para sacárselo de encima de una vez por todas. ¿Podrá ganarle alguna batalla a Eliseo? ¿O el encargado encontrará, como siempre, maneras de dar vuelta cualquier situación incómoda?
El esquema es, como siempre, reiterativo y un tanto tedioso, con personajes secundarios que entran, salen y -salvo uno, que involucra la reaparición de Daniel Aráoz- se olvidan rápidamente. En un momento, Eliseo tendrá, gracias a su relación con el presidente, más poder afuera -proponiendo peculiares soluciones para el país- que dentro del edificio. Pero cualquiera que haya visto medio episodio de la serie sabrá que al hombre no hay que darlo por vencido ni aún vencido.
Con un guion que ya no sabe qué nuevo truco y microagresión presentar, una personificación de Francella que ya agota por su repetición de recursos y un sistema narrativo mecánico y reiterativo que consiste, básicamente, en enfrentar a Eliseo con tipos iguales o peores que él, El encargado llega a su fin cansada, sin más ideas para desarrollar que no sean encontrar ciertos resquicios para ofender a las almas sensibles y “progres” con sus burlas y comentarios ácidos de todo tipo.
Quizás lo más sensible (lo único, bah) que la temporada tiene para ofrecer es algo que se dio de casualidad. Se trata de la reaparición de Luis Brandoni como el linyera apodado “El Polaco”, que se reencuentra con Eliseo en un momento complicado de la pelea por su departamento y trabajo. En unos minutos, y a partir del arsenal de recursos que uno le conoce bien al actor, uno encuentra de un modo milagroso algo que se parece a la genuina emoción. No por lo que sucede en la pantalla, sino por las connotaciones que su aparición tiene con la vida real, por saber que esas fueron sus últimas escenas captadas por una cámara.
Pero fuera de ese segmento, todo sigue igual de sistemático y áspero que siempre. Debe ser agotador, uno imagina, dedicarle una filmografía casi entera (hay mínimas excepciones al sistema) a crear personajes bastante repugnantes enfrentándose a otros iguales o peores que ellos una y otra vez. Y la idea de escribir guiones cuyo único eje sea hacer combatir a gente horrible entre sí suena bastante agobiante. La impresión que queda es que el sistema, como lo probó Homo Argentum, está bastante agotado.
Ese cinismo y esa misantropía que transmiten los personajes de El encargado -y del resto de la filmografía de Cohn y Duprat- terminan por resultar deprimente no solo como entretenimiento, sino como filosofía de vida.
Cuando Basurto llegue a su momento personal más bajo y uno piense que, por fin, podrá encontrar otra manera -más solidaria- de ver las cosas, en el fondo sabrá que es un truco de guion de poco alcance. Habrá otra trampa a la vuelta de la esquina para que todo vuelva a esa horrible normalidad que nos tocó en suerte.
De Mariano Cohn y Gastón Duprat. Con Guillermo Francella, Gabriel Goity, Daniel Aráoz, Gastón Cochiaralle, Miriam Odorico, Mariano Argento y Benjamín Vicuña, entre otros. Disponible en Disney+.
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