El equipo de pilotos que combatía incendios y terminó en la guerra

Por: Sebastián Rodríguez Mora

Enfrentaban el fuego y hacían apoyo a poblaciones rurales en Tierra del Fuego. La Armada los incorporó al conflicto bélico. Nunca tuvieron un reconocimiento.

Cualquiera que haya salido de vacaciones a otra provincia sabrá que vivimos en un país enorme. Agarrar la ruta o subir a un avión permiten dimensionar las extensiones más allá del horizonte. Con Tierra del Fuego, a veces hace falta ir hasta allí para percibir la isla, una porción de territorio distanciada por agua profunda del continente. Y conectada íntimamente a Malvinas.

Cualquiera que conozca la historia de la guerra sabrá que hay cientos de pequeños relatos secundarios relacionados con ese relato general construido a través de estos 40 años. El de la Dirección de Aeronáutica de Tierra del Fuego es uno de esos casos en que durante las semanas de conflicto bélico, la vida de muchos y muchas dio un vuelco.

La dependencia provincial –entonces territorio nacional– fue creada en 1968 para traslados sanitarios aéreos, apoyo a poblaciones rurales y, sobre todo, para detección y combate de incendios forestales. Pero llegó la guerra. En abril de 1982, la Armada tomó el control de los medios de vuelo aprovechando que el equipo estaba muy bien dotado: helicópteros, aviones turbohélice e incluso dos Lear Jet. El equipo fueguino trasladó tropas, llevó municiones, sobrevoló puntos específicos para detectar posibles movimientos de tropas enemigas.

«Tengo 67 años y estoy jubilado ya hace diez años, pero sueño todos los días con volar», cuenta Luis Lavado, que integraba la Dirección de Aeronáutica durante esos días de guerra. Hacía cinco años que era piloto de helicópteros y participó junto con sus compañeros del enfrentamiento, pero desde Tierra del Fuego: es que el escenario de la guerra con el Reino Unido implicaba una hipotética conflagración con Chile. «Yo no tiré un tiro, pero colaboré. A mí me tocó sobrevolar la frontera con Chile durante todo el conflicto, que era una zona caliente por cómo venía la cosa de varios años antes. Las órdenes eran muy estrictas sobre cómo vigilar esa frontera. Se pensaba que los comandos británicos SAS podían entrar en la isla y atacar la base aeronaval de Río Grande, de donde salían los Super Étendard que atacaban la flota».

Más allá de toda apariencia y discurso, las fuerzas militares que invadieron Malvinas en 1982 abundaban en improvisación y falta de profesionalismo. Además, todas las guerras tienen confusiones, yerros, errores trágicos. A esto se refiere Luis cuando habla sobre la posibilidad concreta de morir: «Teníamos presente todo el tiempo el peligro. Al final, hubo peligro pero por fuego amigo: a mí me dispararon desde posiciones argentinas. A la vez, nos sentíamos seguros porque estábamos en Tierra del Fuego, lejos del teatro de operaciones y la Policía Provincial nos había dado armas. También la Armada puso chalecos antibala abajo de los asientos de los helicópteros».

Desde su perspectiva patagónica, Lavado lamenta que la guerra haya impedido la profundización de los acercamientos con la población inglesa en Malvinas. «En los años ’70, ellos tenían una predisposición porque había mucho movimiento con las islas. Venían a comprar ovejas, por ejemplo. Yo trabajé en LADE cuando los aviones iban y venían a Malvinas. Y estaban siempre llenos de gente en las dos direcciones. Me parece que políticamente se hubiera podido lograr algo, pero con la guerra, que fue tan sangrienta, en vano quizás, ya no hay chances».

La guerra pasó, pero la Dirección de Aeronáutica fueguina siguió combatiendo contra incendios forestales, el viento salvaje que todo vulnera, los naufragios. También la decadencia presupuestaria: en 1984, protagonizó el peor accidente de la historia provincial, cuando el gobernador Ramón Trejo Noel, su esposa, parte del Gabinete y legisladores, cayeron a las aguas del canal de Beagle al regreso de entrevistarse con el presidente Raúl Alfonsín. A partir de esa tragedia, sostener operativas las aeronaves se hizo más y más difícil hasta la situación actual en que ningún helicóptero o avión puede volar.

Sin embargo, Luis Lavado atesora esas historias de heroísmo anónimo. Recuerda el aterrizaje sobre la cubierta de un rompehielos ruso que pidió auxilio en el siempre tempestuoso Cabo de Hornos para salvar a una mujer herida de gravedad; también los peligrosos trayectos a la Isla de los Estados, siempre al filo del tanque vacío, para llevar a científicos. Además, se arroga junto con sus colegas la filmación aérea de ese perfil que maravilla de Ushuaia y que la ubica como uno de los destinos turísticos más atractivos del mundo.

A pesar de ese currículum extenso, nada se compara con lo vivido en los meses de la guerra: «Para mí, la experiencia fue reveladora, única. No viví nada parecido desde entonces”. Todos los grandes acontecimientos históricos incluyen relatos como el de Luis. Muchas veces, es en esas narraciones donde anida la verdadera épica, aunque en 40 años nunca fueron reconocidos. «

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