El experimento Milei

Por: Ricardo Ragendorfer

La reciente visita del secretario de Estado norteamericano, Anthony Blinken tuvo un momento sublime: ambos en el balcón de la Casa Rosada, donde el anfitrión, ante el desconcierto del visitante, saludaba con los brazos a una multitud imaginaria.

La reciente visita del secretario de Estado norteamericano, Anthony Blinken, a Javier Milei tuvo un momento sublime: ambos en el balcón de la Casa Rosada, donde el anfitrión, ante el desconcierto del visitante, saludaba con los brazos a una multitud imaginaria, tal como ya lo hiciera el 28 de diciembre –Día de los Santos Inocentes–, con el agravante de que esa vez lucía una gruesa campera de cuero bajo una temperatura que arañaba los 34 grados a la sombra.

Tal recurrencia exhumó del olvido un episodio personal, sucedido en un taxi poco antes del balotaje, cuando el chofer soltó el siguiente razonamiento:

–Si todos presidentes que nos arruinaron eran personas normales, a lo mejor ahora un loco pueda arreglar las cosas.

Ese hombre era uno de los votantes de Milei.

Por entonces ya no eran un secreto ciertas aristas de su ser. Como los diálogos que mantiene con su finado perro Conan o que se cree el elegido de Dios para una misión en la Tierra, entre otras extravagancias mesiánicas.

Pero a sólo diez semanas de su asunción, sus únicos milagros fluctúan entre una escalada inflacionaria sin precedentes, el aumento geométrico de los índices de pobreza (57%) e indigencia (15%), la eliminación de organismos cruciales del Estado, de planes sociales y programas sanitarios, junto con aumentos siderales en las tarifas de servicios, medicina prepaga y educación privada.  Todo eso cruzado por piquetes, movilizaciones y huelgas, en medio de un clima represivo que no se respiraba desde 1983. Nunca en tan poco tiempo un gobierno consumó semejantes calamidades. 

«Vamos por el buen camino», repiten a coro sus ministros y secretarios, una troupe compuesta por outsiders de toda laya: economistas que sueñan con privatizar el mar, adoradores de la última dictadura, fascistas y nazis volcados al ultraliberalismo, exfuncionarios de pasado sombrío, influencers y simples oportunistas. Sus dislates y yerros serían graciosos si no fueran las postales de una tragedia histórica. Es el Estado Manicomio en su esplendor.

Lo cierto es que los actos y actitudes de Milei causan azoro en propios y ajenos, aun en quienes lo siguen apoyando, ya sean bicicleteros de delivery o popes del establishment. En tanto, sus críticos se preguntan a qué sector del capital hegemónico él realmente reporta. Porque hasta el mismísimo Paolo Roca lo tiene entre ojo y ojo. Sin embargo, Milei es a todas luces el fruto de una construcción. Pues bien, en este punto no es un hecho menor que aún sea un enigma la identidad y filiación de los titiriteros que convirtieron a este tipo solitario, acomplejado y vulnerable en el depositario de la suma del poder.

Claro que este interrogante conduce hacia una conjetura: ¿acaso Milei es el cobayo de un experimento del campo se la sociología psiquiátrica? Un experimento tendiente a medir los efectos causados por alguien que gobierna un país sin estar en sus cabales.

En tal caso, ¿hasta qué punto él es consciente de ello?

–Soy loco, pero no boludo–, dijo días pasados en Corrientes durante un evento libertario. El público aplaudía a rabiar.

Paralelamente, se hacían oír las primeras voces que advertían el asunto en términos reales: el dirigente de la Federación Agraria (FA), Eduardo Bussi, no vaciló en sugerir la posibilidad de un juicio político a Milei «por insanía», mientras el senador de UP, José Mayans, pedía para él una pericia, puesto que –según sus dichos– «tiene problemas de salud mental».

Tales declaraciones fueron asimiladas por la opinión pública con dosis equilibradas de indiferencia y naturalidad.

Claro que si la hipótesis del experimento fuera cierta, su concreción no podría prescindir de otros 45 millones de cobayos.

Una multiplicidad de imágenes televisivas muestra la vida cotidiana que se les impuso de un plumazo a partir del 10 de diciembre: interminables filas para acreditar la tarjeta SUBE, el aumento de personas en situación de calle, la compra de alimentos en cuotas y los jubilados que salen de las farmacias sin haber podido adquirir medicamentos, entre muchas otros nuevos hábitos. En la atmósfera se respira una pesadilla colectiva, la de llegar al día siguiente sin caer por la angustia o la inanición. Así es el actual paisaje urbano.

«No hay plata», declama Milei como un mantra.

Claro que si la hipótesis del experimento fuera cierta, sus hacedores no dejarían de reparar en cada una de sus palabras, reacciones y gestos.

Hay que verlo, por ejemplo, en las entrevistas que concede a la señal La Nación+. Siempre sentado en la punta de la silla, con las manos entrelazadas, sin moverlas. Y los ojos clavados de soslayo en un punto indefinido, mientras sus palabras brotan muy despacio, con pausas, casi en trance, como si leyera con dificultad un texto escrito en su cerebro.

Ese individuo que parece dopado es el mismo que en las madrugadas se entrega a la furia, canalizándola en maratónicas sesiones de X (ex Twitter).

Durante horas ante la pantalla, ha llegado a efectuar en una sola noche más de 600 posteos, ya sea con textos propios o genialidades ajenas. Esa es su ventana al mundo. A través de ella interpreta la realidad y configura sus vínculos, además de dirimir toda clase de entuertos. La red de su adorado Elon Musk es el laberinto de su soledad. Y desde allí cultiva el lazo humano que a él más lo emociona: la enemistad. 

Ya se sabe que, al respecto, su cosecha más reciente es impresionante: desde todos los gobernadores (incluso los de Juntos por el Cambio) hasta los diputados colaboracionistas, pasando por antiguos aliados (Carolina Píparo y Ricardo López Murphy) y periodistas amigables (María O’Donnell, Alejandro Borensztein y Silvia Mercado). Pero, desde luego, nada es comparable al odio que le profesa a Lali Espósito.

Es curioso que, entre las hendijas de aquellas circunstancias, los medios inyecten una normalidad casi abúlica: coberturas noticiosas sobre veraneantes en la playa y publicidades con fabulosas promociones en productos esenciales, además de algún romance entre dos famosos; aunque sin escatimar imágenes tomadas por cámaras callejeras para no omitir el «flagelo de la inseguridad». 

Mientras tanto, el experimento continúa. «

Ver comentarios

  • Espectacular la fotografia de JM, realmente increible la chifleta que nos gobierna. Muy bueno el análisis, toca los puntos sensibles que nos planteamos, cual será el resultado del experimento?.

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