“El sistema de salud está en terapia”, afirmó el funcionario. No por las condiciones estructurales ni por la falta de inversión estatal, sino por la “hipocresía” de las gestiones anteriores y el supuesto mito del derecho irrestricto a la salud. Lo que para cualquier sociedad moderna es un principio innegociable, para Lugones parece ser apenas una “mentira populista”.

“El sistema de salud está en terapia”, afirmó. No por las condiciones estructurales, ni por la falta de inversión estatal, sino —según él— por la “hipocresía” de las gestiones anteriores y el supuesto mito del derecho irrestricto a la salud. Lo que para cualquier sociedad moderna es un principio innegociable, para Lugones parece ser apenas una “mentira populista”.
Resulta alarmante escuchar a un funcionario de su rango afirmar que “no se puede decir que todo el mundo tiene derecho a todo”. Porque lo que está en juego no es una consigna ideológica, sino la base ética del sistema de salud. El acceso igualitario a la atención médica no es un privilegio, es una obligación del Estado. Cuestionarlo desde una posición de poder no es sólo una provocación: es una amenaza concreta.
Más preocupante aún es el plan que subyace tras este discurso: un proceso deliberado de desfinanciamiento, recentralización de responsabilidades sin recursos, y concesión de hospitales al sector privado. Bajo el eufemismo de “volver a los orígenes”, se impulsa una estrategia de desmantelamiento institucional que no busca eficiencia, sino rentabilidad. La salud pública se convierte, así, en un nuevo botín para el mercado.
El ministro no habla desde la inexperiencia ni desde la ingenuidad. Su trayectoria como empresario y operador lo posiciona como una figura de poder real, mucho antes de su designación formal. Su ascenso, vinculado al entramado de relaciones con consultoras privadas y actores clave del oficialismo, explica en parte por qué se siente habilitado a formular este tipo de declaraciones sin temor a consecuencias.
Pero cada palabra pronunciada en ese escenario empresarial tiene implicancias gravísimas. Porque mientras Lugones desmantela presupuestos, recorta medicamentos y desatiende a personas con discapacidad, millones de argentinos enfrentan diariamente un sistema que aún, con todas sus fallas, resiste gracias a profesionales comprometidos y comunidades organizadas.
Nuestro pensamiento no es una defensa de un modelo perfecto. Es, sí, una advertencia firme: bajo la retórica de la eficiencia y la moral del sacrificio, se esconde una lógica de exclusión. Si la salud deja de ser un derecho, pasa a ser un lujo. Y cuando el Estado abdica de su responsabilidad, lo que queda no es libertad, sino desamparo.
Mario Lugones no diagnostica el sistema de salud. Lo socava. Lo erosiona desde la cima del poder, con un discurso que naturaliza el ajuste, desprecia la equidad y se arropa en el pragmatismo para justificar la crueldad, una conducta inimaginable en alguien que alguna vez fue médico y cardiólogo. La sociedad no puede aceptar, en silencio, que se reemplace el deber público por el negocio privado. Porque la salud no se negocia, se garantiza.
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