Despedimos a Luis Faraoni, nuestro compañero. A su personalidad erudita, a sus pinceladas de hosquedad, a su gran humanismo y don de gente.

Los periodistas gozaban entonces de prestigio y respeto y en las redacciones aún se respiraba cultura, tabaco y bohemia (no en ese orden). Las empresas hegemónicas del gremio pagaban con alguna generosidad y alentaban el profesionalismo, lejos de la realidad actual de precariedad rampante, métricas y clickbait.
En TEA, además del título de periodista, Luis se había llevado otros que le entregaron los compañeros de curso en la fiesta de egreso: el del más gruñón y uno al «yo ya lo sabía», distinciones que lo cuadraban perfecto. Había viajado mucho y ya era un sibarita, melómano y cinéfilo consagrado. Lo demostró, por ejemplo, cuando durante uno de los tantos ejercicios de la escuela le tocó entrevistar a Hermenegildo Sábat y charló de igual a igual sobre jazz y arte.
O cuando conducía un magazine semanal en una FM alternativa (la Latinoamericana, que funcionaba en una habitación de una iglesia de Coghlan). Esa inteligencia sobresaliente también le había permitido, antes de recibirse en TEA, comenzar a colaborar en La Nación e ingresar a la sección Economía de la agencia de noticias Télam donde enseguida aprendió el ABC del formato, las claves temáticas de la sección y la urgencia de la noticia.
En la empresa estatal estuvo hasta 1998 cuando, otra vez, la capacidad que tenía lo llevó a pasar de colaborador a quedar fijo como redactor en Information Technology. Era la primera revista de tecnología para ejecutivos de Latinoamérica, que gozaba de mucho prestigio porque se hacía un periodismo ético, riguroso y sin concesiones, condiciones difíciles de encontrar en el rubro. Ni la complejidad ni el celo de las empresas que presionaban por la información le impidieron crecer hasta convertirse, en 2002 en el jefe de Redacción.
Tuve la fortuna de acompañarlo desde TEA, ser honrado por su amistad incondicional y compartir otros muchos empleos, incluida la redacción de Tiempo, donde comprobé que el paso de los años, con alegrías y adversidades, no habían alterado su personalidad erudita, con algunas pinceladas de cierta hosquedad que, sin embargo, nunca eclipsaron un gran humanismo y don de gente. «
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