Cuba nos permitió estar en su trinchera gloriosa y nos alejó por unos días de los males del mundo.

En estos últimos meses aumentaron los problemas. En el último trimestre entró un sólo barco con petróleo. Entonces, después difunden la noticia de que Cuba está sin luz durante diez horas y lo están pasando con muchas dificultades. Pero hay que ver lo que es este pueblo. Hay fastidio, pero esa situación no parece quitarle el buen humor. Qué grata es esa grandeza: encontrarlos con esa sonrisa de dientes tan blancos, con esa salud y esa educación que la Revolución les dio.
Cuando tenía once años, en 1959, en la escuela me nombraron director del diario escolar. Fueron unos 300 ejemplares de Siboney. Lo compraban los padres. Siboney, porque estábamos en el año en que Cuba era la revolución y la utopía. Hacía pocos meses, había triunfado, y nosotros, los chicos, tomábamos nota.
Hoy los cubanos están con problemas. Lo están porque están acosados. Lo dijo Lula, casi a los gritos: “Estoy preocupado por Cuba, muy preocupado. Tiene problemas, son problemas del pueblo cubano. ¡Detengan este maldito bloqueo y dejen que los cubanos vivan sus vidas!».
Estuve pocas horas en Cuba e incluso adelanté mi regreso para relatar el superclásico. Fui por el Quinto Coloquio Patria: una oportunidad para escuchar, aprender, conmoverse y sentir que acompañamos la lucha de ese pueblo entrañable.
Estuve allí en la mañana en la que celebraron el aniversario de la decisión de convertir a Cuba en un estado socialista, el día del discurso famoso de Fidel Castro. A las 7 de la mañana porque a las 10 quema el sol. Vi mucha gente, pero me pregunté: ¿cuántas más hay? Me subí a un murito -no me es fácil, ya- para ver por encima. Y se me cayeron las lágrimas. No podía creer que un pueblo sea tan resiliente, que tenga tanto coraje, que pueda desafiar la intemperie de ese modo. Cuadras y cuadras hasta el infinito de la amplia avenida. Gentes con una pequeña banderita que agitaban cuando algo ocurría en un inmenso escenario alzado en la esquina histórica del discurso de Fidel. De verdad, una lección de vida tan pero tan grande, tan profunda.
¿Por qué no respetarlos? ¿Por qué no dejarlos vivir su vida? Es lo que quieren vivir los cubanos. Ese sentido revolucionario. Esa idea de que están mal, pero que no se ven las grandes e insolentes riquezas. Es un país de América Latina sin la élite de ricos y, a la vez, sin indigencia. Es un país con salud. Es un país que tiene educación. La educación y la salud. La gente dice: “Ganan 10, 15 dólares”. Al menos, eso le queda limpio porque en Argentina hay que gastar lo que no le alcanza a la mayoría, se deja a la gente sin un centavo después de cobrar el salario. Los cubanos tienen derecho a vivir lo que quieren. ¿Es justo decir que tras 70 años “no funciona el socialismo porque están con problemas”? ¿Por qué no miran a China a la que no le va nada mal? ¿Por qué no miran ese socialismo? Son críticos del socialismo de Cuba porque lo rodearon. ¿Quién podría, ustedes, yo, quien fuese, hacer una vida económicamente sustentable si no nos dejan ni vender ni comprar, ni salir ni entrar, si no nos permiten la entrada de la luz ni de los elementos imprescindibles para la vida de un país?
Estuve allí esa mañana. Aún escucho la entrañable música de Raulito Torres, uno de los referentes en darle voz y homenaje a la partida de Fidel y a la de Hugo Chávez. De los primeros en componer desde el dolor, el reconocimiento y la admiración: un poeta extraordinario. También escucho la voz del presidente Miguel Díaz Canel, un hombre de los extraordinarios que hay en el mundo. Siento como un privilegio de la vida, haberlo conocido, tratado, dado la mano, conversado con él. Estaba en el centro de ese acto. Habló ante la multutd: «El socialismo es la única garantía de justicia social. El único camino a la emancipación real de todos. Y en nuestro caso ha sido y es además la posibilidad real de dar respuesta colectiva al castigo colectivo que se nos ha venido imponiendo en todos estos años. No, señores de la manipulación y la mentira: Cuba no es un estado fallido. Cuba es un estado cercado, un estado enfrentado a una agresión multidimensional, guerra económica, bloqueo energético. Cuba es un estado amenazado que no se rinde. Aquí no se rinde nadie. Aquí lucharemos. Aquí, como dice la canción, fuego vamos a dar”.
Cómo no sentirse abrumado ante ese discurso cuando, por esas mismas horas, uno escucha a Milei decir en Argentina que la inflación subió por la guerra. Y no puede dejar de preguntarse si hablará alguna vez en serio. ¿De qué puede quejarse quien tiene a sus pies al FMI, a los prestamistas del mundo, si en vez de producir, gobierna pidiendo prestado? ¿Se imaginan lo que podría hacer Cuba si le dieran, así de golpe, U$S 200 mil millones? Por supuesto se las rebuscaría mejor, con una diferencia sustancial: seguro habría distribución, y no lo que pasa hoy en Argentina.
Este viaje a Cuba para mí fue el más emocionante de todos los muchos que tuve la suerte de realizar. Cuba nos permitió estar en su trinchera gloriosa y nos alejó por unos días de los males del mundo. De ese mundo que nos hace tanto daño, que estando allí no nos podía tocar. Viviendo la fe inconmensurable de los cubanos en su revolución y en su destino de nación cubierta de gloria.
Cuba es un símbolo, el símbolo de la utopía, el de los que queremos un mundo más justo. Aunque sea un poco.
Sobre todo ahora, cuando Trump intenta salir del laberinto en el que se metió él solo con Irán. Con su propia torpeza, se lanzó sobre una presa que creía derribar en pocos días, y ahora el enredo lo está demorando. Pero como está tan fuera de eje, parado en medio de la cobardía del planeta, es capaz de intentar un desastre también en Cuba. Quisiera Trump borrar ese símbolo de la faz de la tierra, pero no va a poder con el significado de esa palabra.
Ardiendo en su propio infierno, cuando Caronte se lo lleve, ahí estará Trump. Y Cuba seguirá iluminando el camino de la dignidad.
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