La decisión del gobierno libertario de retirar el sable corvo del General San Martín del Museo Histórico Nacional busca tergiversar la historia y el destino que le dio el padre de la Patria.
Nos informamos en estos días que ese sable volvería al Regimiento de Granaderos a Caballo. Lo que parece un movimiento natural, para el descanso de ese sable que luchó por la libertad.
Pero no lo es tan así. Es una sutil manera de tergiversar la historia sin que nos demos cuenta de que el agua de la ignorancia pasa por debajo de la puerta y nos está inundando.
Ese sable, que San Martín adquiere en Londres en 1811, en su camino hacia el puerto de Buenos Aires, es un sable de cuño arábigo. Es bello, elegante y fue referencia del mando y la carga de la caballería hacia la independencia Sudamericana.
Un sable al que se le juró no desenvainarlo nunca en contra de sus compatriotas. Un sable que fue legado al Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas, en reconocimiento a su defensa de la soberanía nacional, después de los sucesos de Vuelta de Obligado. Aquella gesta contra las armadas inglesa y francesa, con algunos marineros vernáculos que desenvainaban su sable contra su patria y a favor de una compresión extranjera de la libertad de comercio.
Ese fue el legado directo de San Martín, un militar de carrera, que entregó su sable, con el significado que tiene ese acto. El sable que supo tener el Restaurador de las Leyes, fue donado luego por su hija Manuelita para que sea parte del acervo histórico público y sea admirado en el Museo Histórico Nacional.
Esa fue la voluntad que hubo en el recorrido del sable. En la década del sesenta, dos veces fue sustraído de su lugar por acciones llevadas a adelante por la JP para denunciar la entrega del país a los capitales extranjeros. El símbolo era rescatado por su significado. Fueron jóvenes que se resistían a la proscripción política de otro general, sanmartiniano, desterrado.
Es así que en épocas dictatoriales de Onganía se decide que éste sea custodiado por el regimiento creado por el Libertador. No con la idea de que descanse en la casa de sus hijos, aunque viole su mandato original, sino para custodia de del Ejecito Argentino, ya desvirtuado de su batallar popular y liberador.
Había que sustraer el símbolo para exhibición interna y no para que el pueblo lo vea y con él recupere sus gestas. Se lo apropia para encadenarlo al ostracismo burocrático de la re presentación vacía y oligárquica. Se lo podía blandir de ese modo a su gusto como reliquia.
En estos días nos enteramos de la renuncia de Gabriel Di Meglio, a quien no tengo el gusto de conocer, más allá de la lectura y de sus trabajos de divulgación histórica en el Canal Encuentro, a la titularidad del Museo Histórico Nacional.
Me entero que Di Meglio renunció ante la voluntad del actual gobierno de volver a mudar el sable, según nos da entender el diario La Nación hace unos días. Este nuevamente volvería a manos de los militares. Parece que fue la gota que rebalsó el vaso para quien fue absolutamente desfinanciado en el museo que bajo su gestión multiplicó las visitas y su calidad expositiva.
Los símbolos viajan en el tiempo y este es un caso muy interesante, por la disputa que se da a su alrededor. Una disputa de sentido ante la que San Martín fue muy claro con respecto a su uso y delegación, como así también quien fuera su última heredera.
Es obra de este gobierno agotar toda instancia que invoque la posibilidad de entender el verdadero sentido de la historia y libertad por la que ese sable seguirá dando batalla.
*presidente de Nuevo Encuentro Ciudad de Buenos Aires.
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