Élites, antiperonismo y felicidad

Por: Nahuel Sosa

A lo largo de nuestra historia, el antiperonismo ha demostrado que su  única forma  de lidiar con este “hecho maldito” ha sido negando su existencia.

La concepción eurocéntrica de las élites criollas es tal vez uno de los mayores legados del poder colonial. Para el sociólogo y pensador nacional Hernández Arregui, el proyecto de la “Generación del 80” triunfó al instalar la colonización del pensamiento en nuestro país y al darle continuidad a la perspectiva de Sarmiento y Bartolomé Mitre que colocaba al ser nacional como un ser sin conciencia histórica, exento de comunidad, un ser sin pueblo, incapaz de decidir su propio destino. En su obra Imperialismo y cultura, Arregui remarcaba “la oligarquía, vale decir, no se identifica con los valores nacionales, su forma de interpelar el mundo se basa en la cultura extranjera”. Sin embargo, el eurocentrismo no consistía únicamente en imitar los valores de  Europa, sino que también implicaba desarrollarnos en función de las necesidades del viejo continente. La lógica del progreso versus el atraso por un lado es etapista y lineal, sólo se avanza en tanto y en cuanto se  imite los pasos de las potencias pero por el otro lado se parte de una noción de ser inferior

Las élites criollas tienen en su esencia una conducta depredadora y excluyente. Salvo algunos casos particulares en su  mayoría no pretendieron desarrollar un proyecto inclusivo  del cual sean parte todos los actores sociales y económicos. En el siglo XX estos debates al interior de las facciones del capital dominante  se dieron en torno al rol de la clase trabajadora.  Predominaban las posiciones que la colocaban en una condición subordinada o  directamente la marginaban del proyecto económico y político. De hecho, la exclusión permanente de este nuevo sujeto social será una oportunidad para el peronismo ya que hará todo lo contrario al poner a los sindicatos y a los obreros como columna vertebral del nuevo proyecto nacional. Sin embargo, para el economista Eduardo Basualdo hubo ciertas excepciones las cuales se pueden observar con el Plan Pinedo, en tanto “la expresión orgánica más acabada que impulsa esta fracción de la oligarquía” en  donde se concede cierta participación a los sectores populares e incluso se menciona la nacionalización de los servicios públicos para constituir un proyecto exportador alternativo. Pero en el resto de los comportamientos históricos las elites ligadas a la oligarquía tradicional, una parte luego diversificada, han tenido el mecanismo de exclusión como condición de desarrollo.

Pero más allá de esta mirada principalmente económica, si nos centramos en sus aspiraciones, deseos y valores culturales han girado en torno a que la única forma de que Argentina sea un país normal es suprimiendo una parte de su población: indios, gauchos, o negros que cagan en un balde.

En este marco, el antiperonismo tiene una condición singular y es la siguiente: se configura como una corriente política y cultural cuya razón de ser se basa en eliminar al peronismo y todo lo que este movimiento expresa. El propio prefijo “anti” nos demuestra sus limitaciones para proponer un horizonte inclusivo. Pero no se trata solo de la contracara, la antítesis o una postura  contraria al peronismo, que asume el antagonismo como forma de marcar una distancia política.  Se trata más bien de  una lógica compleja, de carácter binaria y autoritaria cuyo plan es una Argentina sin peronistas y no teme recurrir a la violencia para ejecutarlo. Es un plan racional y a su vez un deseo irracional, una emoción negativa que suele apelar a la estigmatización y el odio hacia aquellos grupos considerados peligrosos. Es una corriente que construye una otredad negativa basada en prejuicios infundados que luego legitiman diversas formas de violencias, simbólica y material, “negros”, “ peronchos”, “grasas”, “vagos”, “parásitos” son parte de su repertorio.

En ese sentido, no es casualidad que el antiperonismo siempre haya buscado atraer a la clase media apelando a sus aspiraciones aunque a esta clase le haya ido muchas veces mejor en términos de patrimonio y poder adquisitivo bajo gobiernos peronistas. De hecho, antes de 1945 el concepto de “clase media” no se utilizaba con frecuencia, salvo en algunos ámbitos académicos. Cuando irrumpe el peronismo, el antiperonismo lo acuña y lo utiliza como una forma de distancia social y resistencia a lo popular.

Luego de aquel fatídico 16 de junio, consumado el golpe de Estado y con Perón en el exilio, el antiperonismo avanza en su cruzada cultural para “desperonizar” a la sociedad, una cruzada para anular la felicidad en tanto categoría política, en tanto momento de goce de una comunidad. De hecho, la felicidad está en el centro del proyecto peronistas “para que reine en el pueblo el amor y la igualdad”. Es una concepción que atiende al deseo, al ocio y al reconocimiento de ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas de esparcimiento. Irse a Mar del Plata, convivir con otros, salir a pasear a la peatonal. La cantidad de restoranes y de bares que proliferaron en la ciudad de Buenos Aires en el primer peronismo fue increíble. La cantidad de compra de camisas  se cuadruplicó  durante esos años. Era el  mayor consumo per cápita de camisas de todos los países de Latinoamérica. ¿Por qué? Porque la gente se las compraba pero no solamente para tenerlas y mostrarlas, sino justamente para ir a la calle Corrientes, al cine, al teatro, a formar parte de esa polis, a formar parte de esa sociedad, de esa ciudad y ser feliz en sociedad, ser feliz justamente en lo colectivo.

Una corriente cuya esencia consiste en negar la existencia al otro, en quitarle cualquier tipo de reconocimiento, una corriente que solo puede realizarse en la medida que ese otro desaparezca, es una corriente profundamente antidemocrática.

Si los bombardeos fueron la faceta militar del antiperonismo, la proscripción y el autoritarismo pretendieron ser su faceta cultural-política. En su libro Peronismo y revolución, William Cooke sostiene que el peronismo es un movimiento antiimperialista ,”capaz de discutir el sistema capitalista en un país semicolonial”, es el “hecho maldito” de la política argentina porque su empuje es el de las clases que tienden a la destrucción del statu quo. En su mirada, el peronismo representa a pesar de sus burócratas un peligro para las clases dominantes, ya que no lo pueden domesticar.

A lo largo de nuestra historia, el antiperonismo ha demostrado que su única forma de lidiar con este “hecho maldito” ha sido negando su existencia. En cierta forma el antiperonismo se inscribe en un legado de colonialidad, basado en la falsa dicotomía entre civilización o barbarie, construido a partir de la concepción de las elites criollas que colocaban al ser nacional como un ser sin conciencia histórica, exento de comunidad, un ser sin pueblo, incapaz de decidir su propio destino.

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