Entre Catamarca, Palermo y las islas de Entre Ríos, tres historias del Censo 2022

Por: Celeste del Bianco

Ariana Escotorin recorrió durante siete horas caminos pedregosos a 3000 metros de altura hasta llegar al paraje La Flautilla, en Belén, Catamarca con sus planillas del Censo 2022. Comenzó el trayecto a las siete de la mañana en la ciudad cabecera Pozo de Piedra y recorrió zonas de rocas y precipicios, que generalmente se hacen a lomo de burro, hasta llegar a la comunidad Las Vallas.

Se trata de una zona donde las paredes de las casas son de adobe, los techos de paja, caña y pupo, una planta del lugar. Construcciones bajas que se resguardan del viento Zonda. Al atardecer, caminó otras dos horas hasta llegar a la escuela en la que pasó la noche. Juntó leña, encendió el fuego y cenó fideos. A la mañana siguiente, otra vez entre montañas hasta llegar al Paraje Agua del Monte.

Durante dos días, Ariana caminó 18 horas para censar a 47 personas que se reparten en once familias de distintas zonas de esa región del centro de la provincia. “La falta de oxígeno complica la caminata. Es un poco peligroso porque cuando uno baja lo hace derrapando y hay que estar muy concentrado y atento porque con un pequeño tropezón te podés ir por el precipicio”, le dijo a Tiempo.

Por primera vez, el cuestionario del INDEC preguntó sobre la autopercepción índigena o de pueblos originarios. En ese lugar del interior de Catamarca, el 100% respondió con naturalidad de manera afirmativa: son comunidades diaguitas y calchaquíes.

En cambio, la otra novedad del censo sobre identidad de género se percibió de manera diferente. “Les parecía graciosa la pregunta sobre cómo se autopercibían. Como estamos hablando de lugares hostiles, de difícil acceso, cuesta trabajar sobre estos temas de la diversidad de género o violencia. Entonces, cuando llegaba la parte donde uno preguntaba si era travesti o trans se reían y mucho”, describió la mujer de 35 años que trabaja en la municipalidad Pozo de Piedra y es madre de tres hijas.

“Me vine con el alma un poco desgarrada porque la última casita que censé, en Agua del Monte, vive una familia totalmente desprotegida. No cuentan con baño y tienen un pocito cubierto con palos. La mayoría de esa gente no tiene agua dentro de sus casas y la tienen que buscar afuera, desde la vertiente”, agregó.

Palermo

A más de mil kilómetros de Catamarca, en la Ciudad de Buenos Aires, Pedro Giovagnoli tocó timbre en un edificio de la calle Santa Fe al 3900. Tiene 19 años y fue censista en el barrio de Palermo. Lo atendió el encargado del lugar, que improvisó una oficina en el hall. Le ofreció café y le dijo que espere allí mientras él iba llamando a cada una de las personas. La mitad realizó el censo digital y el trámite fue muy rápido.

“Por suerte, la mayor parte de las personas me trató bastante bien y el portero me ayudó en todo”, contó Pedro después de recibir mensajes de compañeros a los que les pasaron el código del censo digital a través del portero eléctrico. “Un hombre me trajo un chocolate de regalo”, señaló.

En las planillas de Pedro ninguna persona indicó orígenes indígenas o afro. “Con respecto a la identidad de género, se autopercibían con el sexo designado al nacer. Pero varios me dijeron que estaba muy acertada la pregunta, que era bueno que se pregunte. Fue un cambio que a la gente le cayó bien”, describió el joven.

Las islas del Paraná

En Entre Ríos, Itatí La Paz, de 42 años, recorrió islas de la zona de Villa Paranacito. Salieron a las siete de la mañana en un grupo de cinco personas: dos censistas, una colaboradora, el patrón de la lancha y el conocedor del lugar.

La semana pasada, recorrieron quince arroyos y censaron a 20 familias en más de medio día. La primera fue a dos horas y media de viaje, después de hacer el recorrido amontonados en la cabina del patrón por las bajas temperaturas. “Hacía un frío que te cortaba el alma y la lancha era descubierta. Pasamos por un montón de arroyos y ríos, si no hubiese sido el conocedor nos hubiésemos perdido mal. Él nos guiaba y nos decía a qué río y arroyo entrábamos para ir organizando las planillas”, le dijo a Tiempo la docente de la Escuela 23 del Arroyo Nelson Page.

“La experiencia fue muy fuerte, no esperaba que hubiese tanta gente en lugares tan, tan distintos. Me asombró mucho encontrar personas adultas mayores viviendo solas: mujeres que estaban a cargo de sus fincas, que se dedicaban a la forestación y hombres que vivían solos. Me sorprendió que no había edades intermedias, no había adolescencias. O eran niños pequeños que iban a la escuela primaria o adultos muy mayores. Una experiencia muy fuerte, enriquecedora”, comentó.

Allí las casas son de material y están elevadas para evitar las crecidas. No tienen servicio de agua, sino que recogen del río y la electricidad es con generadores propios o pantallas solares. “Ninguno se reconoció como pueblo originario y algunos contaban que eran descendientes de alemanes o polacos. En la otra pregunta, directamente esbozaban una sonrisa y contestaban que se consideraban del sexo con el que había nacido, les parecía raro pero no lo tomaban a mal”, recordó Itatí.

También le sorprendió la soledad que rodean los arroyos: “Una característica era la necesidad de hablar, no te largaban. Te contaban tantas cosas hermosas que percibís la soledad que sienten y cómo extrañan a sus nietos e hijos que por razones laborales se fueron”.

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  • Muy interesante este artículo que ayuda a enriquecer la mirada sobre la identidad y las codiciones de vida de lis argentinos. Gracias

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