La renuncia de Joe Biden y el avance electoral de Donald Trump luego del atentado en Pensilvania son todo un símbolo de este momento del mundo.

Podrá decirse que la estrategia de Trump roza lo inhumano, lo que se destaca fundamentalmente cuando se refiere a la salud del actual mandatario. Lo demostró en la campaña de 2020, cuando lo llamaba “Sleepy Joe”, dormilón. Y es de cajón que todos los cañones en lo que resta hasta el 5 de noviembre iban a estar enfocados en la senilidad evidente de Biden, y en el peligro que representaría para los estadounidenses confiar su futuro a una persona con particularidades que, además, se irán profundizando con el paso de los días.
La vejez es una enfermedad que ataca a todos -los que llegan- pero en algunos se ensaña con mayor crueldad. Por otro lado, el cargo de presidente de una de las potencias nucleares más grandes del planeta, cuando se le avecinan desafíos que lindan con lo definitivo en Europa y Medio Oriente, genera un desgaste adicional. Lo mejor para la salud de Biden y de Estados Unidos seguramente será contar en la Casa Blanca con una persona en sus cabales y con la frialdad suficiente para hacerse cargo del cargo.
Se podrá argumentar que tal vez Trump tampoco sea la persona indicada, que es disruptivo, que en sus cuatro años al frente ya demostró intemperancia, creó enemistades adentro y afuera del país y que en los dos ámbitos mantiene amistades, además, que al establishment le irritan especialmente. Y que, además, tampoco es que sea tanto más joven que Biden. Son apenas cuatro años de diferencia, aunque por momentos da la impresión de que fueran más. Hábil, el empresario inmobiliario siempre busca hacer notar ese detalle como para parecer mucho más joven.
Lo que revelan tanto la renuncia de Biden a seguir en carrera como el atentado en Butler, Pensilvania, en todo caso, es otro tipo de decrepitud peligrosa para la humanidad. La de un imperio que se debate contra ese tiempo que se escurre de entre los dedos, el del auge del imperio global omnímodo y sin oposición. Alguna vez ocurrió la caída del imperio romano, del español, del otomano, ¿por qué no le pasaría lo mismo al anglo-estadounidense?
Y lo saben, vaya si lo saben, de allí que en think tanks y organizaciones de toda laya se analicen estrategias para estirar lo más posible la preminencia de Estados Unidos y Europa, que se aferra como a un madero a esa estructura llamada Occidente, que ganó la Guerra Fría y ahora se ve amenazada en varios frentes simultáneos. Una estrategia es la de Trump, otra es la de los demócratas y el “estado profundo”.
Mientras en Ucrania y Medio Oriente se le desnudan cotidianamente esos rasgos de senilidad económica, militar y ética, Estados Unidos se debate entre un candidato que jura tener las cartas como para terminar con la guerra en un chasquear de dedos y otro que propone estirar el liderazgo occidental a como dé lugar a través de su vicepresidenta, Kamala Harris.
Habrá que ver qué tiempo es el que se viene, pero los aliados de Washington ya están rebobinando para ver cómo se habrán de acomodar desde el primer martes de noviembre.
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La vejez no es una enfermedad. La gerascofobia, sí.