A 20 años del último y mítico show de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

Por: Adrián Melo

Fue el 4 de agosto de 2001 en el estadio Chateau Carreras de Córdoba. Ni el Indio ni Skay sabían que nunca más volverían a compartir un escenario. Crónica de una noche memorable y un legado que no se apaga.

No podía ser un “Adiós Sui Generis”, ni un “Chau, Soda Stereo”. El sábado 4 de agosto de 2001, en el Chateau Carreras -hoy Mario Kempes- de Córdoba, una multitud desbordante de alrededor de 50 mil personas -con 2500 fans afuera- asistió a un recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota sin saber que se trataba del último.  

El hecho de que no fuera una despedida programada o premeditadamente comercial guarda cierta coherencia con el espíritu originario del grupo musical masivo por antonomasia que supo o quiso encarnar el símbolo de la rebeldía. Algo perduró: durante casi dos décadas la banda que nació hapeninng contracultural, si bien fue en cierta forma absorbida por el mercado no dejó de reflejar en sus letras los aires de los tiempos a través de un prisma insumiso.  

Esa capacidad poética de absorber el Zeitgeist, aparece desde Gulp!, el festivo álbum debut editado en plena primavera alfonsinista cuando la esperanza en la democracia parecía alcanzarlo todo. Allí, las letras alentaban “A brillar mi amor” y hasta había atisbos de redención feminista avant la lettre en “Barbazul versus el amor letal” o “Superlógico”. El optimismo ricotero alcanza su clímax en el feliz 1986, año de edición de Oktubre que parece soñar (“No lo soñé”) con la radicalización social a través de una rebelión a lo bolchevique con alusiones al Che Guevara. Sin embargo, las reminiscencias a estas utopías más igualitarias o comunistas siempre aparecían amenazadas: ya sea por el reo semental que guardaba la prisión machirula, por Chernóbil, la televisión o el “mercado de todo amor”.  

A su vez, ya desde el título Un bión para el ojo idiota (1988), anticipa tiempos más oscuros y acuña frases que se volvieron emblemas de más de una generación: “Todo preso es político” o “El futuro llegó hace rato”. Lo propio hacen los nombres de las canciones: “Masacre en el puticlub”, “Noticias de ayer”, “Vencedores vencidos”… En 1991, en forma concomitante con la ascendente fascinación neoliberal menemista se denunciaba que el “lujo es vulgaridad” en La mosca y la sopa y en uno de sus recitales el joven Walter Bulacio terminaba víctima de esa policía hija del proceso que no resignaba su desdén a la vida.  Su sucesor, Lobo suelto/Cordero atado, duplicaría el fervor del rocanrol y transformaría a los Redondos en una banda de estadios. Le sucederían Los últimos discos plenos de desasosiego, opresión y fobia –Luzbelito,  Último bondi a FinisterreMomo Sampler-dan cuenta del fin del todos los sueños de los renegados y presagian la debacle del 2001.  

 A la vez que el país estallaba, las luminosas guitarras daban lugar también a acordes más sombríos, más rockeros y alguna impronta electrónica -en Último bondi a Finisterre por ejemplo- y las rispideces entre los miembros del grupo, sobre todo entre el Indio Solario por un lado y Poli y Skay por el otro, se agravaban. A Bulacio le siguieron otros muertos y heridos y no siempre víctimas de la violencia policial. Los recitales de River de abril de 2000 dejaron el saldo de múltiples heridos y un muerto. Parecía el correlato miniatura de la gran guerra de pobres contra pobres del escenario nacional.  

Muchos de los fanáticos que asistieron al recital de Córdoba desde diferentes puntos del país cumplieron con los preparativos y los alegres rituales del viaje comunitario coreando las canciones y desdeñando el rumor de que podían separarse. Se sabía y no se sabía que podía ser el último recital. En todo caso, la mayoría quería creer que el sueño aún no había terminado.  

Más allá de las complejidades del grupo y de la época, el final fue apoteósico y devino fiesta y mística. El show comenzó al atardecer y como si inconscientemente se supiese la verdad recorrió los grandes hitos de cada etapa –“El pibe de los astilleros”, “Vamos las bandas”, “Mi perro dinamita”, “Juguetes perdidos” (en honor a Bulacio) y el ineludible “Ji Ji Ji” -sinónimo del pogo más popular de Argentina-, a la vez que daba menor espacio a los temas del último disco.  

Fue el último resplandor, iluminado por el mismo fuego que en los ’90 brindó aire, voz y gritos a la dignidad de los nadies y a la resistencia política. Se ofrecía por última vez ese espacio que los cobijaba con instantes felices mientras el Estado los condenaba a la pobreza e ignoraba hasta sus necesidades más básicas. En diciembre de ese mismo año la separación sería un hecho concreto y oficial. Unos meses antes, Los Redondos pasaban a la única eternidad e inmortalidad que conocemos los humanos: la memoria.

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