Recrean el bombardeo del 16 de junio, y también lo que vino después. El silencio, la falta de culpables: "no había adonde ir a reclamar". El pedido para que se considere como lesa humanidad.

“Mi abuelo trabajaba en la Aduana de Buenos Aires. Ese día, como a las 12 iba a haber un acto y un desfile aéreo, se decretó asueto. Mi abuelo quería volver a su casa en Ramos Mejía. Se tomaba el Subte A. Cuando se abre el bombardeo la metralla de los aviones le atraviesa la espalda. La mayoría de las víctimas fue de ese momento: fue como una trampa mortal”, describe María Daniela sobre el crimen de su abuelo, Juan Carlos.
En la casa de los Marino se recordaba el bombardeo cada 16 de junio. Pero el resto del tiempo predominaba el silencio. “Mi papá no hablaba todo el tiempo del tema, le costaba mucho. Cuando pasó, él era muy joven y se tuvo que hacer cargo de mi abuela y dejar los estudios. Después los pudo retomar”, relata María Daniela, en diálogo con Tiempo. “Por los familiares que conocí, todos tuvieron historias muy terribles en cuanto a lo que siguió. Gente que no tenía sostén económico, que quedó con temas psiquiátricos. Además lo tuvieron que transitar en silencio: no había adonde ir para reclamar –remarca la mujer-. A los tres meses lo derrocaron a Juan Domingo Perón en la llamada ‘Revolución Libertadora’ y todos los que habían estado en el bombardeo pasaron a ocupar cargos políticos. Después vinieron las dictaduras. Hubo gente que quedó excluida del sistema”.
Fue su papá, Miguel Ángel Marino, quien comenzó a recabar información, pruebas y testimonios para llevar el tema a la Justicia. “Él impulsó el primer juicio, que terminó siendo el único. Le reclamaba al Estado una indemnización, porque mi abuelo falleció por el accionar de las Fuerzas Armadas. Pero se lo rechazaron”, cuenta Daniela. Abogada igual que su papá, cuando él murió ella decidió seguir sus pasos.
A través de un trabajo “de hormiga” encaró una investigación histórico-jurídica “para tratar de demostrar que fue un crimen de lesa humanidad”. Durante ese rastreo de datos supo de la existencia de un expediente abierto tras el bombardeo a pedido de Perón. “Se pensaba que lo habían quemado, pero existía. Pude tener acceso y ahí encontré no sólo datos oficiales y nombres de las personas que habían sido víctimas, también una lista preliminar de trasladados a hospitales y heridos. En base a esos nombres empecé a llamar. Así se formó la Comisión”.
A Guillermo Franco le quedaron grabados los relatos que su papá le contó entre llantos: que el 16 de junio de 1955, cuando tenía 29 años, peregrinó por distintos hospitales hasta dar con su hermano Luis Enrique, de 45. Que lo encontraron en la Asistencia Pública, contabilizado como la víctima número 118 del bombardeo. Que ya no tenía ni brazos ni piernas. “Mi papá decía que cuando entraron a Asistencia Pública se impresionó porque se le pegaban los pies al piso. Era por la sangre”, cuenta Guillermo.
Su tío, Luis Enrique Franco, trabajaba en la tienda Gath y Chaves, en la sección de menaje. “Los recuerdos son deshilachados. Mi madre tiene 100 años, pero le pregunto y me cuenta que ellos almorzaban cerca del cuartel de Policía en la calle Moreno. Ella trabajaba en una casa de carteras y al mediodía se juntaban a comer con la mujer de mi tío”. Más allá de las reconstrucciones incompletas, “el tema fue muy silenciado, incluso familiarmente”, sostiene Guillermo.
Preguntando y a través de contactos conoció a Daniela y se integró a la Comisión, donde ya no quedan sobrevivientes. “Es muy necesario. Es importante contar estas historias, ni chicos ni grandes tienen idea. Estamos haciendo una tarea de hormiga, de boca en boca, con organizaciones. Tratando de contar estas historias que fueron trágicas y de mucho silencio. Mi padre era un hombre de conciencia política, pero fue muy doloroso. Hasta que Néstor (Kirchner) revive la historia. Hasta que se volvió a nombrar”, afirma, en referencia al discurso del expresidente en 2005, a 50 años de la masacre, cuando pidió perdón a las víctimas en nombre del Estado.
“El bombardeo lo que tiene de particular es que fue a todos. El objetivo supuestamente era matar a Perón o eso quisieron hacer trascender. Pero bombardearon a niñas, mujeres, extranjeros. No era un grupo sublevado que estaba en la plaza, no había Estado de Sitio, ni guerra civil declarada. Había un desfile aéreo y ahí se organizó la masacre. Se atacó a una población civil de manera generalizada. Es algo que no pasó en ningún lugar del mundo”, remarca Daniela. Y sigue: “siempre destaco que fue un crimen de lesa humanidad. Desde el punto de vista de los familiares, el silencio implicó que siguiera la victimización. Porque no fueron víctimas sólo los que fallecieron. En todos los hechos de terrorismo de Estado más allá de lo que le pasó al desaparecido los familiares también son víctimas, con consecuencias prolongadas en el tiempo”.
Del bombardeo poco se supo las décadas siguientes porque el tema fue ocultado en las escuelas, las fechas y los medios. Tras años investigando el tema, Daniela apunta a lo que aún no se conoce: “hay 309 personas fallecidas con documentación respaldatoria, pero estimamos que el número es mucho más grande. Porque hay gente que quedó grave y falleció después. Estimamos que fueron miles. Hay miles de heridos con los que no sabemos qué pasó”.
Igual que Guillermo, recuerda cuando “Néstor pidió perdón y fue el primer presidente que habló del tema. A partir de ahí hubo muchas conmemoraciones, hoy hay libros, documentales, placas. Pero falta. Porque todavía a nivel educativo no está visibilizado. Es un tema que merece un aniversario en nuestro calendario, como un hecho que tuvo trascendencia y quedó en silencio. Saber lo que pasó y quiénes fueron los responsables hace que uno pueda unir cronológicamente y entender lo que sucedió después en el país. Al bombardeo del ’55 lo consideramos como la apertura del terrorismo de Estado”. «
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