Jamás podían faltar para compartir charlas con los paisanos y ni qué hablar en fiestas y celebraciones. Las hace inolvidables el toque de licor y la opción almendrada.

Las que hacía mi guiaguiá eran su receta. Porque cada región, cada casa y cada abuela le pone algo distinto: un ingrediente o un secreto imposible de anotar.
Mi propia madre cuenta que en su casa nunca faltaban. La abuela Poulia (Πoulia) trabajaba todo el día en la verdulería que funcionaba en la misma vivienda y, aun después de jornadas larguísimas que le reclamaba su tarea, los viernes se paraba firme en la cocina para prepararlas.
El procedimiento era siempre el mismo: sacaba el mantel de hule, dejaba al descubierto la madera gastada de la mesa y ahí empezaba el ritual que tanto nos seducía. Ella, previamente, calculaba producción necesaria para cubrir toda la semana. Además, porque los fines de semana siempre caían visitas de los “paisanos”, que no podían avisar porque no había teléfono. Y, además, porque no hacía falta. Era un hecho recurrente: alguien iba a pasar.
Y cuando alguien pasaba, las curaMbiedes (o las kourabiedes, como se prefiera denominarlas) debían estar para ser servidas.
Justamente se servían en una bandeja con una tacita de café griego (nunca decíamos “turco”), una copita de ouzo, que es el licor de anís típicamente griego, y también un vasito de agua fría.
Así se recibía a los vivitantes es esa casa: con algo dulce, con algo fuerte y con el tiempo necesario para charlas interminables, que generalmente rondaban por los recuerdos sobre anécdotas de sus pueblos, esas tierras a la que muchos nunca pudieron volver pero que siempre estaban muy presentes en cada uno de ellos.
Años más tarde, ya jubilada mi guiaguiá, me sumé como su compinche en la cocina. Debo confesar que mamá nunca aprendió a hacerlas, porque no le gusta nada que tenga que ver con el arte de amasar. Pero a mí, en cambio, siempre me encantó. Y, así, en esa misma mesa en que la amasaba mi abuela, que todavía conserva mi mamá, nos ponemos manos a la obra.
Pero la alegría de esos momentos no era (y sigue siendo) sólo hacer masitas, sino que hecho de compartir. Siempre fue ese tiempo en el que, mientras aprendía la receta, mi abuela me contaba historias de su vida que parecían no terminar nunca.
Las curaMbiedes siempre fueron la excusa perfecta.
Los kourabiedes (o polvorón helénico) son uno de los dulces más emblemáticos de la gastronomía griega, tradicionalmente asociados con las celebraciones de Navidad, aunque también se suelen prepararse para ser servidos en bodas y bautizos… Tiene que ver, claramente, su color blanco, que simboliza la pureza y la buena suerte.
Aunque hoy son puramente griegos, su origen está ligado a una familia de dulces de Oriente Medio. La palabra proviene del turco kurabiye, que a su vez deriva del árabe qurabiya. Durante la ocupación otomana, el intercambio cultural llevó estas galletas de manteca a través de los Balcanes. Cada región adaptó la receta. Mientras que en otros países pueden ser más secos, la versión griega se distingue por el uso generoso de manteca de leche de cabra u oveja y el toque de licor. La característica más llamativa de los kourabiedes es la espesa capa de azúcar impalpable que los cubre.
* En Grecia, se les llama «el dulce de la alegría».
* Se sirven en las bodas porque el blanco representa la pureza del nuevo comienzo.
* En Navidad, la nieve de azúcar evoca el invierno, y se dice que quien los come empieza el año con dulzura.
Ingredientes
• 200 g de manteca pomada (bien blandita).
• 1 huevo.
• 4 cucharadas de azúcar.
• ½ cucharadita de ralladura de limón.
• 1 copita de Coñac o licor.
• 2 ½ tazas de harina leudante (aproximadamente).
• Una pizca de sal.
• Opcional: Almendras trituradas a gusto (el toque de distinción).
• Azúcar impalpable, cantidad necesaria
Preparación
El inicio: Empezamos batiendo la manteca con el azúcar hasta que no se sientan los granitos. Ahí le agregamos el huevo, la ralladura de limón y mezclamos bien.
El sabor: incorpo-ramos el licor y la pizca de sal.
La harina: aquí viene lo importante. Vamos agregando la harina de a poco. Primero usamos un tenedor y, cuando tome cuerpo, pasamos a las manos. Ojo: no hay que amasar. Solo unir. Si le damos mucho calor con las manos, la manteca pide más harina y las masitas quedarán duras. Si sobra un poquito de harina de la cuenta, no pasa nada.
Toque final: sumamos las almendras. Armamos bolitas, les hundimos un poco el centro con el dedo y las acomodamos en una placa.
Horno: deben estar apenas unos 10 minutos en horno precalentado. El secreto es que la base esté doradita, pero por arriba deben quedar blancas.
Presentación: una vez que estén frías, las cubrimos con azúcar impalpable.
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