Crónica desde el cordón industrial donde el perfume del caucho se volvió asfixia y despojo. Detrás de la motosierra social, asoman los rostros de quienes resisten el desguace planificado, defendiendo la fábrica como el último refugio de la soberanía y el trabajo.

El pasado 18 de febrero, el portón de la calle Blanco Encalada amaneció con un candado y un cartel de lona que, con la frialdad administrativa del patrón, anunciaba que la empresa de Javier Madanes Quintanilla decretaba “extinguir” los contratos. No decía “despedir”, decía “extinguir”. Como si los 920 trabajadores fueran una especie en desuso. El resto arqueológico de una Argentina que supo fabricar valor agregado.
El sol de marzo no tiene piedad. Cocina a fuego lento la tierra del acampe y hace brillar el cansancio sobre las remeras negras del sindicato, esa segunda piel que los laburantes del neumático no se sacan ni para dormir en las carpas iglú. El color del Sindicato Único de Trabajadores del Neumático Argentino (SUTNA) se funde con el hollín del oficio; es la marca de pertenencia que hermana al gremio en la calle y en la línea de montaje.
Arriba, en el techo del tanque de agua de la fábrica, un grupo de operarios recortados contra un cielo azul. Levantan los dedos en V: antenas de una fe obrera en resistencia. Abajo, en el campamento, las banderas argentinas con el “No se cierra” flamean como escudos.
La puerta de hierro de la fábrica es un altar de amor proletario: pegados con cinta scotch, hay mensajes y dibujitos hechos por los hijos de los trabajadores. Con letra imprenta de nene tatuada sobre el papel, se lee en la cartulina: “No al cierre de Fate, piensen en los trabajadores y sus familias”. Es la fragilidad de un trazo de fibra frente a la violencia del despojo patronal y la motosierra del régimen libertario. Esta misma semana, en medio del acampe y los reclamos, el presidente Javier Milei declaró: «Usted no puede pretender que no haya sectores que desaparezcan”.
La crisis en Fate no es una tormenta de verano; es un clima de época. Un industricidio planificado con precisión: la decisión política de transformar un polo productivo nacional en un desierto de consumo importado. Los fríos guarismos no mienten: según la Asociación de Fábricas de Componentes (AFAC), la entrada de neumáticos extranjeros subió un 44% interanual. Sólo en 2025, ingresaron al país casi 8 millones de cubiertas, la mayoría de origen asiático, para un mercado que apenas digiere 10 millones. Para la gestión peinada por la mano invisible del mercado, la producción nacional no es soberanía; es un mechón rebelde que hay que cortar al ras porque desafía el dogma de la apertura absoluta.
El contraste es obsceno. Hace apenas un suspiro, en abril de 2023, el sector era el emblema de la prosperidad compartida, con la fábrica Bridgestone repartiendo ganancias y bonos por más de un millón de pesos entre sus empleados. Este mediodía, la planta luce un silencio sepulcral. Pesadilla digna de los hermanos Lumière: un film mudo de terror donde el movimiento constante de los laburantes fue reemplazado por el patrullaje de las camionetas de seguridad privada, que circulan en loop por el desierto de los galpones mudos. “Una película que ya vimos, una reedición de los años noventa”, dicen los trabajadores más veteranos. Tiempos modernos, tiempos violentos. La historia se repite como acelerada tragedia libertaria.
Alejandro Otranto tiene 58 años y la mirada curtida de los que pelearon muchas batallas. Entró a la planta a los 27, en plena primavera flexibilizadora del menemato. Tres décadas después, siente que la historia es tan circular como perversa. “Lo paradójico es que entré con una flexibilización y me voy con otra”, dice mientras intenta conjugar un verbo que le quema en la garganta: ‘trabajaba’.
Para Otranto, quedarse sin laburo es un mazazo, pero asegura que va a seguir peleando: “Yo tengo la decisión tomada de aguantar hasta el final. La prioridad es que esto pueda volver a la actividad, que arranque de nuevo con todos los compañeros. Esta es mi última posibilidad de seguir trabajando en relación de dependencia. Después no sabría qué hacer. Tengo familia, tres hijos. Decime qué hago”.
La pregunta del laburante del caucho queda flotando triste en el aire del acampe. Los quechuas llamaban al caucho “el árbol que llora”. En el arrabal de San Fernando, la resina amarga es el sudor de los que ya no tienen fábrica.
Alejandro sabe leer la superficie de los neumáticos. Cuenta que su oficio es el control de calidad; un saber visual y táctico, una especialidad de ojo experto que detecta el defecto invisible en la banda de rodamiento. Cerca de los 60, se siente un “muerto social”, un despojo de la sociedad que el modelo actual imagina como un paraíso del capitalismo de plataformas donde el operario calificado ya no tiene lugar. Desarma y sangra el corazón industrial.
En la ciudad del caucho, el tiempo se mide en turnos rotativos. Durante décadas, los laburantes habitaron el “sistema americano”: siete días de fábrica por dos de descanso, rotando entre mañanas, tardes y noches. Esa coreografía del sacrificio lejos de la mesa familiar parió una hermandad de trinchera. “Es una comunidad y una familia; la vamos a defender”, sentencia Roberto Ambrosio, con 23 años en la planta. Suspira y señala los galpones tras el alambrado: “Si miro para adentro, más allá de las máquinas, veo nuestra casa”.
Fate no es un hecho aislado. Nombres históricos de la industria y el comercio argentino están cerrando, despidiendo o en vistas a irse del país: Peabody, Carrefour, Topper, Lumilagro. El último martes se publicó un estudio de la Facultad de Económicas de la UBA. Remarca que la industria perdió en promedio 160 puestos de trabajo por día desde el inicio de la gestión de Milei,
En el campamento, la resistencia tiene cara de mujer y la fuerza de un guiso de combate. Maqui Beitia y la Comisión de Mujeres organizan la olla y el afecto. Maqui relata cómo, en la zona norte, la fábrica es el corazón que bombea sangre al barrio: si Fate se detiene, el kiosco, la farmacia y el taller de enfrente entran en coma.
“Tengo 70 años y me crié acá. Los trabajadores no se merecen este trato; los echaron como perros. Es una lucha entre el gobierno y los empresarios, y ellos quedaron en el medio”, lanza Andrea, una vecina que chusmea por el alambrado. La solidaridad es un goteo incesante: un jubilado acerca un paquete de galletitas; otro vecino arrima el mate. También están las compañeras del Polo Obrero, como la cocinera Águeda Fernández, que viajaron desde la profundidad de La Matanza para picar decenas de cabezas de ajo y zanahorias. El guiso de pollo ya humea bajo un sol que no perdona.
Impulsada por el gremio, los trabajadores, el Frente de Izquierda y Unión por la Patria, este viernes se realizó en el Congreso la audiencia pública en Diputados, donde Alejandro Crespo, secretario general de SUTNA, pidió para Fate «la figura legal de ‘ocupación temporánea’, para frenar el desmantelamiento y garantizar los puestos de trabajo”. Lautaro Mendoza entró a Fate a los 18, directo desde el colegio técnico Raggio. A los 32, representa a esa juventud obrera que el modelo busca convertir en esclavos de aplicación. “No queremos indemnización, queremos entrar a trabajar”, es el mantra que repite mientras patea las avenidas para sostener el fondo de lucha. Sabe que el mercado laboral hoy sólo ofrece mochilas de Rappi: “Cada vez más gente se queda afuera. Nos quieren a todos haciendo Uber; nos vamos a chocar entre nosotros en la calle”.
“Las indemnizaciones duran lo que un hielo en el desierto”, sentencia Crespo, mientras arenga a los compañeros en la permanencia. El conflicto sigue abierto: la conciliación obligatoria se estira mientras la empresa insiste con los retiros voluntarios. De repente, el canto hermana a los laburantes: “Unidad de los trabajadores, y al que no le gusta, se jode, se jode”. En la esquina, un mural de cal y lucha sentencia: “Sin entregas se acaban los retrocesos y se construyen las conquistas”.
“Desde noviembre de 2023 se perdieron 100.000 puestos de trabajo en el sector: 160 empleos por día”, señalaron los investigadores de la Facultad de Económicas de la UBA al presentar el informe esta semana sobre la situación laboral del país. Los autores explicaron que el cálculo se basó principalmente en datos de empleo registrado en el sector manufacturero. Y advirtieron que la pérdida total podría ser mayor, ya que se suma el empleo informal y otras actividades asociadas a las cadenas productivas: el deterioro de la actividad también suele trasladarse a trabajadores no registrados, proveedores y servicios vinculados al entramado productivo, que no siempre se reflejan en las estadísticas.
La industria argentina opera apenas al 57% de su capacidad. Y actualmente es la segunda peor del mundo. Mientras, el tejido social se sigue resquebrajando. La UCA apuntó que más de la mitad de los trabajadores saltea su alimentación por motivos económicos. En dos años se triplicó la asistencia alimentaria en municipios del conurbano y ya supera a la crisis del 2001.
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