¡Feliz Newtondad! El año más largo de la historia no fue 2025

Por: Claudio Cormick / Valeria Edelsztein

¿La Tierra tarda 365 días en girar alrededor del Sol? Casi. Y ese “casi” es un problema, porque sus pocas ganas de adecuarse a nuestro deseo humano de tener calendarios ajustados impacta sobre la fecha del grandioso nacimiento que celebramos cada 25 de diciembre.

Como todos los años, el 25 de diciembre celebramos un aniversario del nacimiento de una figura colosal, que cambió la historia de la humanidad para siempre.

Todos sabemos de quién se trata, obviamente: el señor (nos ponemos de pie)… Isaac Newton. Como ya contamos en una historia anterior, la física newtoniana fue durante siglos considerada el ejemplo de teoría científica verdadera, así que don Isaac bien se merece nuestro brindis del miércoles a medianoche en su honor. Pero, curiosamente, también podríamos celebrar su nacimiento el 4 de enero.

Momentito… ¿Cómo que Newton tiene doble cumpleaños y nosotros no?

Newton, los calendarios y las «intercalaciones»

Cuando Newton nació, existían dos calendarios en Europa. Según el juliano era 25 de diciembre de 1642. Este calendario estaba vigente en Inglaterra (su país natal), de religión oficial anglicana, en la Europa protestante —como lo eran partes de la actual Alemania— y en la ortodoxa. Según el gregoriano, vigente en la Europa católica romana, era 4 de enero de 1643.

La diferencia entre ambos calendarios era inicialmente de diez días pero, para el momento de la muerte de Newton, el 20 de marzo de 1727 según el calendario juliano y el 31 de marzo según el gregoriano, la diferencia ya había crecido a once. ¿Cómo fue que llegamos a esta locura?

Empecemos por el comienzo.

Así como el calendario gregoriano reemplazó al juliano, llamado así por su impulsor Julio César, el de don Julio había venido a reemplazar uno anterior, el que hoy conocemos como “calendario romano”. Como nos cuenta el historiador Tito Livio, fue Numa Pompilio, el segundo rey de Roma, quien introdujo un calendario de doce meses (qué bien), pero… lunar (qué mal).

Ni a Tito ni a Numa se les escapaba que, como cada mes lunar dura menos de 30 días, tener doce meses guiados por las fases de nuestro satélite natural implicaba un año más corto que el solar, con lo cual las fechas del calendario no coincidirían con hitos del año solar tales como las estaciones y, consecuentemente, actividades humanas como las siembras y cosechas. Así fue que Numa habría instituido “meses intercalares” agregados a su año lunar, de modo que cada ¡veinte años! el inicio de un año calendario coincidía con la misma posición aparente del Sol.

El problema es que las “intercalaciones”, necesarias como eran, dependían de la voluntad política de las autoridades y estas no siempre cumplían en tiempo y forma (más o menos como con la ley de emergencia en discapacidad o el presupuesto universitario). Así es que Suetonio, por ejemplo, se queja de que para la época de Julio César las fiestas de las cosechas ya no caían en verano, que es cuando ocurrían las… cosechas. En el 46 antes de Cristo (que en ese momento no se llamaba así porque no había ningún Cristo), el César decidió dos cosas.

La primera fue resolver el desajuste temporal agregando unos cuantas semanas al calendario para que dejara de estar desfasado respecto de las estaciones, con lo cual, créanlo o no, el año más largo de la historia no fue este insoportable 2025 —con discurso homofóbico en Davos, estafa Libra, coimas del 3% para Karina, más de 170 muertos por fentanilo “desregulado”, ¡dos! salvatajes financieros del FMI y el Tesoro norteamericano y elecciones de medio término— sino aquel 46, con ¡445! días, que llevó a que lo llamaran “annus confusionis”. Segundo, y muy pragmáticamente, Julio César decidió borrar de un plumazo el raro calendario lunar de doce meses y pasar a uno lo más parecido posible al año solar: 365 días con un día agregado cada cuatro años, origen de los años bisiestos.

“Bueno, si resolvemos el desfasaje entre año lunar y solar ya estamos, ¿no?”. Pues… no. Porque la solución implementada por Julio César, por ingeniosa que fuera, presupone que la Tierra tarda 365 días y un cuarto en completar una vuelta alrededor de la estrella más cercana. O sea, tendrían que ser 365 días y seis horas. Pero a la Tierra no le importan nuestras emociones, ni las de Julio César, y resulta ser que una revolución completa del planeta alrededor del Sol toma un poco menos: 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos.

Si un calendario con años de 365 días subestima esta duración real, y por eso necesitamos los bisiestos, un calendario con años de 366 días cada cuatro años la sobreestima, y entonces, al cabo de algunos siglos, el año calendario se había ido atrasando respecto del solar: la Tierra se movía más rápido que lo que Julio César había calculado.

El exceso de años bisiestos (los romanos se excedían hasta en esto, se ve) hizo que el equinoccio de primavera en el hemisferio norte, que “debía” caer en 21 de marzo, pasase en cierto año a caer el 20, algunos años después el 19, y así hasta que, cuando en 1582 el papa Gregorio promulgó el nuevo calendario, la diferencia entre el año solar y el del calendario era de nada menos que 10 días. De allí la medida drástica del Papa: eliminó de golpe y porrazo los días entre el 4 y el 15 de octubre de 1582. Después de todo, para algo uno es Papa, caramba.

Con este DNU divino entró en vigor el calendario gregoriano. Los 10 días desaparecidos dieron lugar a situaciones insólitas. Por ejemplo, la monja Santa Teresa de Jesús, fundadora de la orden de las Carmelitas Descalzas, murió el 4 de octubre de 1582 y fue enterrada al día siguiente… el 15 de octubre.

Irse a domir el miércoles 2 y despertarse el jueves 14

Pero volvamos a nuestro amigo Isaac. El cambio al calendario gregoriano no fue simultáneo en todos los lugares: después de todo, Gregorio era, justamente, un Papa, una figura de la Iglesia Católica contra la cual se habían rebelado, entre otros, los anglicanos. Así es como Inglaterra recién lo aceptó en 1751: como el año juliano empezaba el 25 de marzo, pero el gregoriano el 1 de enero, el año híbrido 1751 duró entre el 25 de marzo y el 31 de diciembre, tan solo 282 días. 

El año siguiente, 1752, tampoco duró lo mismo que cualquier año porque le sobraban días. Cuando se impuso el calendario gregoriano hubo que suprimir 11 días de 1752: los diez que Gregorio ya había eliminado dos siglos antes más uno que se había sumado porque habían pasado algunos años. 

Es decir que los británicos que se fueron a dormir el miércoles 2 septiembre de 1752, se levantaron el jueves 14. Una historia muy difundida nos dice que en Inglaterra hubo turbas de manifestantes que reclamaban “¡Devuélvannos nuestros once días!”, creyendo que el cambio del calendario les había quitado tiempo de vida, aunque los historiadores consideran hoy que en realidad esta creencia surge simplemente de un malentendido sobre un detalle de un cuadro satírico del pintor William Hogarth, en que se representa, probablemente a fines de parodiar a los “tories” británicos, un cartel que reclama justamente esa “devolución”.

Como sea, no hace falta ser un Isaac Newton para darse cuenta de que 1642 fue bastante antes de que los ingleses aceptaran el cambio de calendario, con lo cual al padre de la física clásica le tocó nacer en Navidad… aunque en la Europa católica ya hacía varios días que habían terminado de brindar. Así que ya saben: si sir Isaac tiene doble cumpleaños no es por sus méritos científicos, sino porque le tocó nacer entre ingleses, que, antes de robarse islas y un planeta, despuntaban otro vicio: el de la terquedad.

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