Flavio Daniel González: «Yo quise conocer la trayectoria de mis antepasados»

Por: Mónica López Ocón

El titiritero de Azul Flavio Daniel González publicó Hilos, guantes e ilusiones, un libro que comenzó como un relevamiento de los colegas de su ciudad anteriores a él y que se dilató hasta comprender desde los títeres prehispánicos a la historia más reciente del títere en el país.

“La historia del títere en América se remonta a la historia prehispánica. Según la leyenda, Hernán Cortés trajo titiriteros en su barco para entretener a su hueste”, dice Felipe Pigna en el prólogo de Hilos, guantes e ilusiones (Ed. Escénicas Sociales) del titiritero y estudioso de la historia del títere Flavio Daniel González.

“Pero no hay ninguna prueba –continúa– de que esto haya sido así y sí de su gran sorpresa cuando al llegar a Tenochtlitlán, la gran capital azteca, advirtió que en esa parte del mundo también había títeres y titiriteros y en su viaje de regreso a España, lleva a un grupo de ellos para que actúen ante el emperador Carlos V. A partir de entonces, centenares de artistas callejeros, volatineros y malabaristas vienen a ‘hacerse la América’”.

En Hilos, guantes e ilusiones, González parte de ese lejano origen del títere en América para llegar a los títeres y titiriteros de su propio pueblo de la Provincia de Buenos Aires, Azul. De hecho, en el gran parque de esa ciudad cuyas columnas de entrada fueron realizadas por Francisco Salamone, corre un arroyo. Allí, en una pequeña isla llamada Isla de los Poetas, se levanta el primer monumento de un titiritero en América y, posiblemente, en el mundo: el monolito dedicado a Otto Alfredo Freitas, fundador del teatrino La Nube. A su lado se ubican los de otros dos titiriteros, César López Ocón, creador del teatro de títeres Trotacaminos, y su hermano Eduardo quien también participó de él junto a Herminia De Robertis y Antonia Semelis.

Entre las dedicatorias “de fantasía” de su libro, el titiritero incluye una que dice: “A Galerín, al Negrito Mushinga, a la niña María, el Astrólogo, el inventor, los fantasmas de la casa embrujada, a la princesa Rosaluz y a todos los títeres del teatrino Trotacaminos”. Me resulta particularmente emocionante porque se refiere a los personajes del teatro de mi padre, César López Ocón.

Quizá de los títeres hechos de papel de diario mojado y triturado hasta convertirse en pulpa y mezclado con pegamento, la antigua técnica del papel maché, aprendí que de las palabras desechas, amasadas y mezcladas pueden surgir seres maravillosos.

Azul, además, donde pasábamos en familia  todos los meses de febrero de mi infancia, es el paraíso perdido de mis hermanas y yo y también del primo Daniel cuyo testimonio figura en esta historia de los títeres.

Que Felipe Pigna haya escrito el prólogo de Hilos guantes e ilusiones no es casual. En su infancia visitó varias veces esa ciudad debido al trabajo de su padre, Gabriel Pigna. Tal como cuenta en el prólogo, su padre, por entonces Director de Cultura de Azul, organizó allí la Semana del Títere junto a la Asociación de Titiriteros de la Argentina (ATA).

El libro de González, de casi 500 páginas (realizado con el aporte del Instituto Nacional del Teatro), está precedido por el prólogo mencionado más un editorial de Mónica Berman y tiene ilustraciones de Omar Néstor Gasparini. Es el resultado de un enorme trabajo de investigación que incluye tanto la consulta de bibliografía como cientos de entrevistas.

Como dice acertadamente Berman refiriéndose a González: “Parecería que su propósito era –tal como lo señala al inicio del libro– reconstruir la historia del títere en Azul. Pero ese propósito se expande, desborda. Probablemente algo del objeto con que trabaja habilita de manera fluida esa expansión. Entonces nos encontramos leyendo algo sobre el Virreinato y sobre las máquinas reales y sobre los pupi en el barrio de La Boca en la ciudad de Buenos Aires (basten como ejemplo)”.

Como corresponde a un titiritero, un ser trashumante por definición, esta entrevista con el autor se realizó cuando estaba por viajar a México para presentar allí su libro y ofrecer funciones con su teatro Pim, Pam, Pom.

Flavio Daniel González

–¿Cómo fue que te dedicaste a los títeres?

–Nací en la ciudad de Azul. Mi papá tenía allí un grupo de teatro que se llamaba Los juglares. Yo iba de gira con ellos. Así conocí muchos teatros. Me encantaba jugar en los escenarios de los teatros antiguos españoles e italianos. Cuando tenía seis años, en la revista Patoruzito y en otras revistas de la época vendían cursos por correspondencia: “sea investigador”, “sea detective”. Yo me anoté en un curso de mago apenas comencé primer grado. A los ocho años me dieron un diplomita. Tuve que ir a dar el examen a Buenos Aires, a la escuela de Fu Manchú.

Cuando mi maestra de tercer grado se enteró que era mago me hizo hacer un show en la escuela. Salió bien. A partir de ese momento comencé a hacer números de magia en los cumpleaños de mis compañeros. Cuando terminé la primaria, hice un gran show para toda la escuela y entre el público había una profesora de teatro. Me preguntó si quería participar del grupo y acepté. Participé como mago porque entre un número y otro había magia, pero así me incorporé al teatro.

Titeres de guante

¿Cómo pasaste a hacer teatro de muñecos?

–Una vez me llegó una invitación para un festival de títeres en Mar del Plata. Yo hacía magia, teatro y un poco de música para chicos, no era titiritero. Pero no me podía perder esa invitación porque era un festival nacional. Fui de cara rota. Un periodista del diario de Azul El Tiempo, que era poeta, me armó una obra y con eso me fui al festival en el que estaban grandes titiriteros como Javier Villafañe, Pepe Ruiz, Luis Olguín.

En la primera fila se sentaron los periodistas de espectáculos de Clarín, La Nación… Me mataron. Salí en las notas como el peor espectáculo de títeres del festival (risas). A partir de ahí no te puedo decir la cantidad de directores que me llamaron porque querían ver el espectáculo. No podían creer que fuera tan malo. Me llamaron incluso del Teatro Cervantes.

Eso que pudo haber sido terrible para mi carrera fue lo que me impulsó. Me empezaron a invitar de todas partes. Los titiriteros que después fueron mis grandes maestros lejos de dejarme afuera, me ayudaron. Comenzaron a enseñarme, a darme  ejercicios de manipulación, a orientarme. Recuerdo que en un encuentro de la Unión Internacional de la Marioneta (UNIMA) en Zárate me pasó algo muy gracioso.

Me encontré con Luis Olguín que me preguntó si realmente yo quería ser titiritero. Le contesté que sí entonces me dijo: cruzá el Puente Zárate-Brazo Largo, te vas a entre Ríos y seguís por el río Uruguay haciendo títeres, después pasás a Uruguay, luego a Brasil, das toda la vuelta a Latinoamérica y cuando vuelvas ya vas a ser titiritero.

–¿Y cómo reaccionaste?

–Hice lo que me dijo. Cumplí su consejo (risas). Me convertí en titiritero.

–¿Cómo nace la idea de hacer un libro históricamente tan abarcativo?

–En realidad no nace como un libro. En el mismo encuentro del que te hablé Olguín me dijo: «así que sos de Azul, de los pagos de César». Le pregunté de qué César y me dijo que de César López Ocón que cómo no lo conocía. Cuando volví a mi pueblo, luego de esa gran gira fui al diario y me puse a investigar quién era. Ahí conocí su historia y, obviamente, también la de Otto Freitas.

Así empiezo a darme cuenta de que en Azul hubo una enorme cantidad de titiriteros. Llegué a encontrar una veintena de grupos de títeres, de marionetas del siglo XX. No sé si hay otra ciudad  en Argentina que tenga esa cantidad. En ese momento me surge la idea de escribir la historia de los titiriteros en Azul pero como una genealogía para mí, para conocer la trayectoria artística de mis antepasados.

La marionetas están realizadas por Ariana Iglesias

–Pero terminaste haciendo un libro con un trabajo de investigación enorme y más de 200 entrevistas. Hay un dato curioso en tu libro que contradice la creencia generalizada de que fue Hernán Cortés quien trajo los primeros titiriteros a América.

–Sí, eso es los que se afirma. Incluso en Francia hay una obra en la que aparecen los titiriteros de Cortés. Lo cierto es que eso no consta en ningún lado. Fue tomado del libro de Bernal Díaz del Castillo, pero es un malentendido. Lo que en realidad hubo fue un empadronamiento de todos los que iban en una expedición que hizo Cortés de Tenochtlitán hasta Las Higueras. En ese empadronamiento, los últimos que figuran son dos músicos y un titiritero sin sus nombres, de lo que deduzco que eran originarios o criollos porque todos los españoles figuran con sus nombres. 

–En cuanto a los títeres que llegaron a La Boca, los primeros fueron los pupi sicilianos, ¿no es así?

–Son los que más se conocen, pero el primer titiritero que llegó no se instaló en La Boca, sino en San Rafael, Mendoza, quizá al lugar ya le dijeran San Rafael, porque la ciudad se fundó un año después de su llegada. Este hombre era panadero y en sus ratos libres hacía títeres. Le va muy bien con la primera obra, tanto que logra poner un restaurante en el que, además de ofrecer comida, actuaba. Él vuelve a Europa en 1914 como tantos otros europeos. No sé si fue uno de sus hijos o toda la familia la que continúa con los títeres. Al terminar la guerra, el titiritero se va Estados Unidos y funda allí un teatro de pupi que pasó de generación en generación y perdura hasta hoy. 

–¿Que Ariel Bufano se estableciera en el San Martín fue un punto de inflexión para los títeres en Argentina?

–No sé si fue un punto de inflexión. Fijate que la primera escuela de títeres se funda en Tucumán en 1956, como consecuencia de la cantidad de titiriteros argentinos que había. Si bien Javier Villafañe es la figura central, en la primera mitad del siglo XX nacieron muchos más. Mi libro intenta separar la historia de Buenos Aires y contarla más desde las provincias.

Liniers, Álzaga y el titiritero Juan Cortés

Felipe Pigna, quien pasó parte de su infancia en “la querida ciudad de Azul, un lugar muy importante para el desarrollo de este género artístico en el país”,  rescata en el prólogo de Hilos, guantes y emociones un hecho histórico: 

“A principios del siglo XIX

-dice-, llegan muchos titiriteros, que luego, con la invasiones inglesas se dispersan por las pampas. «

«Pero en Buenos permanece el titiritero Juan Cortés quien provocó una disputa entre Liniers y Álzaga y en la que el titiritero queda en el medio: Liniers da el permiso para que se construya un teatro de títeres, pero el Cabildo, a través de Álzaga, lo revoca pero el persistente artista logró su cometido y no habiendo ningún espectáculo en Buenos Aires desde la reconquista de la ciudad, el público colma su teatro una y otra vez, al punto de que debe abandonarlo y contratar la plaza de toros para albergar a toda la gente que quería verlo. Hay episodios históricos, que recuerda Flavio González, que revelan la presencia de los títeres en las décadas siguientes a la Revolución, incluso en plena guerra civil. Por ejemplo, un intento de asesinato al Brigadier López en una función titiritera, del que se salvó gracias a un informante”.

 

Los titiriteros anarquistas

“Carlos Fos –dice- Flavio González- publicó todo un libro dedicado a los titiriteros anarquistas en el que figura un dato muy interesante que yo no tenía: un titiritero anarquista italiano, Genaro Chiozza, se instaló en Azul y la ciudad funcionó como un lugar de encuentro.

Los titiriteros anarquistas se  encontraban en Azul y de allí se dispersaban hacia distintos caminos porque su trabajo con los títeres era de militancia.

Chiozza tenía una casa en la estación de tren –la mayoría de los anarquistas eran ferroviarios- y en esa casa se hacían reuniones clandestinas porque cuando se hacían en las fábricas o en las estaciones de tren, enseguida llegaba la policía.

Chiozza y un titiritero de Buenos Aires escribieron una obra sobre Severino Di Giovanni, cuyo objetivo era cerrar la grieta que se estaba abriendo entre los anarquistas que estaban a favor de Di Giovanni y aquellos que estaban en contra”.

 

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