Entre la derrota de Brasil y el triunfo de Inglaterra, la FIFA anunció el indulto a Balogun. El fútbol -todos los poderes- suele manejarse con hilos invisibles. No existen leyes: existen conveniencias. Aquí, la brutalidad de Trump lo dejó al descubierto. Para la FIFA es una pésima imagen.

Cómo va Wall.
Qué domingo maravilloso para el fútbol. Y qué domingo infame, a la vez.
Empecemos por el triunfo de Noruega ante Brasil en Nueva Jersey, que seguí a la distancia, ya en el Azteca. Te confieso algo, y perdón por la autorefencia, pero también se trata de ser honesto: debo ser de los pocos argentinos que no disfrutó la derrota de Brasil. Polémico, sí, carne de zócalo, también. No tengo mucha más explicación que, en los Mundiales, hincho por los de mi barrio, aunque no sean de mi familia.
Dicho eso, entiendo cómo funciona el fútbol y, con la cabeza fría, puede ser una excelente noticia a futuro para la selección argentina. El cuadro se sigue abriendo. Vos estuviste en Qatar, escribiste de la tercera estrella y de Lionel Scaloni, y tenes muy claro que los jugadores festejaron minutos antes del partido contra Países Bajos cuando se enteraron que Brasil había perdido con Croacia, un rival más amigable para la semifinales. Brasil, recordemos, estaba en la llave de Argentina y era un posible rival en las semis, también en 2026. No nos adelantemos más.
Dicho eso, es notable cómo a Brasil le está pasando lo de Inglaterra: clubes triunfantes, selección sin aura. Quedaron eliminados en los últimos Mundiales, desde 2010, con europeos: Países Bajos, Alemania, Croacia, Bélgica y ahora Noruega. Nunca llegaron a las semifinales. Contrataron a un técnico europeo, el italiano Carlo Ancelotti -el técnico más mencionado por Scaloni, también sabés-, y ni así.
Luego comenzó un partido que seguramente quedará, a la hora del balance, entre los cinco mejores del Mundial -y tal vez me quedo corto-: el México 2-Inglaterra 3. Estuve hablando con varios ingleses durante el partido -que, por cierto, echaron de su sector a un húngaro que se entremezcló con ellos con la camiseta 10 de Argentina modelo 1986, la que usó Maradona en la que hasta ayer había sido la última visita de los inventores del fútbol al Azteca- y me contaban su fascinación por lo que habían visto en Ciudad de México: «Esto es un país de fútbol: se ven chicos jugando al fútbol en las calles».
Inglaterra jugaba contra México, la altitud de esta ciudad, la mística del Azteca y el recuerdo de Maradona en 1986. Había un dato extra: los locales sólo habían perdido dos veces en sus 89 presentaciones anteriores en este estadio. El equipo de Tuchel también terminó jugando contra un arbitraje localista. E igual ganó: se impuso la aplastante lógica del talento. Ambos planteles son incomparables. Es insólito, igual, que Peter Shilton, el arquero de 1986, siga enojado. Ayer tuiteó al respecto.
Podría haber sido un gran domingo de Mundial, y claro que lo fue, pero el día tuvo un protagonista aún mayor: ni Jude Bellingham ni Erling Haaland, que en la camiseta que utiliza en el Mundial también incluye el apellido de la madre. Por eso dice Braut Halland. En verdad fueron dos protagonistas: Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, y Donald Trump, a quien también habría que agregarle ese cargo, además de presidente de Estados Unidos.
El primer tiro en el pie de la FIFA en este Mundial fueron los cuatro tiempos a causa de la pausa de hidratación. El segundo es el indulto a la sanción que debía recaer sobre Folarin Balogun, el goleador de Estados Unidos en el Mundial. Al jugador del Mónaco lo habían expulsado en el partido anterior, contra Bosnia, y debía cumplir una fecha de suspensión para el cruce de este lunes ante Bélgica, por los octavos de final. Es la ley del fútbol: toda tarjeta roja implica al menos un partido de sanción para el partido siguiente.
A Trump, que nada le impide invadir otros países o inventar guerras, no lo iba a detener una regla del fútbol que no entiende. Se reflotó una foto de hace unos meses, cuando Infantino le explicó qué era una tarjeta amarilla y para qué servía una roja en una reunión en la Casa Blanca. Según contó primero The New York Times, el presidente de Estados Unidos le pidió -le ordenó- al de la FIFA que indultaran a Balogun. Lo consiguió. Solo habia pasado una vez en los Mundiales, en 1962, cuando Garrincha había sido expulsado en la semifinal y la FIFA consideró que, ya sin Pelé -lesionado-, Brasil no podía jugar el partido decisivo sin su otra estrella.
El fútbol -todos los poderes, todas las industrias- suelen manejarse con hilos invisibles, entresijos secretos que sospechamos pero no vemos. No existen leyes: existen conveniencias. Aquí, la brutalidad de Trump lo dejó al descubierto. Para la FIFA es una pésima imagen. Infantino seguirá al frente de la FIFA durante mucho tiempo más pero ya pasó una línea de la que difícilmente pueda volver.
La historia de Balogun es interesante, además, porque expone la doble moral de Trump. Hijo de nigerianos residentes en Inglaterra, nació en Nueva York porque sus padres fueron de visita y les impidieron volver por el embarazo avanzado. Se crió en Londres e hizo las inferiores en el Arsenal: hoy juega en el Mónaco.
Hace pocos días, el Presidente estadounidense quiso eliminar la ciudadanía por nacimiento que se concede a los hijos de inmigrantes sin papeles y visitantes temporales. No pudo: la Corte Suprema se lo impidió. Es decir, si fuera por Trump, Balogun no jugaría para Estados Unidos. Eso sí: pidió que le indulten la expulsión.
En fin, Wall. El Mundial se terminó en México. Hubo 1.300.000 personas agolpadas en el Ángel de la Independencia mirando el partido. Soportaron la derrota con hidalgía y volvieron a sus casas. Aquí ya no hay más partidos: quedan todos en Estados Unidos. Es lo que decidió Infantino, o seguramente Trump. Esta noche juega Balogun. Y mañana, Argentina y Messi, o Messi y Argentina, ya no me queda claro en qué orden.
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