«Generación cochebomba»: esquirlas de los años ’80 en el Perú

Por: Nicolás G. Recoaro

Tras años de circular como un secreto a voces en fanzines y ediciones de culto, la novela fundamental de Martín Roldán Ruiz llega a la Argentina para narrar el pánico, la locura, el rock y la oscuridad de la historia peruana reciente.

“¿En qué momento se jodió el Perú?”. Es la primera pregunta que se hace el héroe Zavalita en Conversación en La Catedral (1969), obra cumbre del Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. Booms, cracs, dictaduras, conflicto armado que dejó 69.000 víctimas y eterno retorno a la crisis de por medio, no hay respuesta hasta el oscuro presente del país de los incas. Sin embargo, para los pibes que habitan las páginas de Generación cochebomba, la respuesta no se busca en los libros de Historia, sino en el pogo de un recital de punk o en el estallido seco de un transformador que deja a la ciudad de Lima a oscuras. La novela de Martín Roldán Ruiz, que acaba de ser editada en Argentina de manera conjunta por las editoriales Alto Pogo y Piloto de Tormenta, funciona como una descarga de 220 voltios sobre la memoria reciente de un país que no deja de sangrar.

Publicada originalmente en 2007 de forma independiente y convertida a esta altura del partido en un libro de culto, Generación cochebomba recorrió un camino salvaje. Pasó de circular en ediciones de autor y fanzines a saltar al catálogo de Seix Barral en Perú y Pepitas de Calabaza en España. Novela iniciática, manifiesto contracultural, ensayo sociológico, crónica ardiente del subsuelo del rock subte, el libro captura el desgarro juvenil de los años ochenta peruanos, cuando Lima era un campo de batalla invisible bajo el primer gobierno de Alan «Caballo Loco» García y la sombra de Sendero Luminoso que crecía desde Ayacucho.

La novela de Roldán Ruiz narra las andanzas y desandanzas de Adrián R., un pibe punk que encarna la «trapa»: esa trampa generacional, un callejón sin salida donde la abulia, la pobreza y la falta de destino son el único horizonte posible. No future.

Adrián R. no camina por la Lima de las postales turísticas; se pierde en las calles llenas de miseria, edificios que parecen ruinas de una guerra antigua y un aire denso, pegajoso como una sopa espesa, similar al que todavía se respira en las marchas de la Plaza 2 de Mayo contra los gobiernos títeres del Perú. Pero también hay antros, rock subte, cocaína, pasta y terokal, discusiones febriles sobre Marx, Nietzsche, anarquismo y el colapso de la civilización. La banda de sonido la ponen Leusemia, Narcosis y Bandera Negra: punk parido en el país andino amazónico.

En ese submundo de crestas y borceguíes, Adrián encuentra a Olga, cuya historia personal termina de cerrar el círculo del horror peruano. Olga es hija de un policía asesinado por Sendero Luminoso, una herida que encarna las contradicciones de un conflicto social que no dejó a nadie a salvo. A través de este vínculo, Roldán Ruiz construye un retrato generacional donde las víctimas y los victimarios se confunden en una prosa cruda y lírica, utilizando una jerga musical que parece escupida desde los márgenes de una ciudad sitiada.

El periodista Martín Roldán Ruiz (Lima, 1970) no es un observador externo. Su literatura es el resultado de haber puesto el cuerpo en las trinchera de la subcultura. Fue parte de la banda de hardcore-punk Dictadura de Conciencia y, con los años, se convirtió en una figura central del Comando Sur, la barra brava del Alianza Lima. Ese cruce entre el aguante del fútbol, la mística de los viajes y la resistencia cultural del punk es lo que define su obra: el libro de cuentos Este amor no es para cobardes y Podemos ser héroes.

Generación cochebomba es también un diálogo con la tradición. Si Sebastián Salazar Bondy sentenció en los ’60 que esta era «Lima la horrible», y el maestro Oswaldo Reynoso le dio piel y deseo a los jóvenes marginados en Los inocentes, Roldán Ruiz actualiza ese mapa del infierno sumándole la distorsión de los amplificadores quemados del under limeño en los sangrientos años de la masacre entre milicos y terrucos. Cuando Perú estaba jodido. Hoy sigue igual.

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