Golpe al corazón

Por: Ariel Prat

Alguna de mis crónicas son en sí historias vividas o escuchadas en relatos, o simplemente recordadas por mí así a través de los años y en algunas de ellas, por pudor o por cobardía, los nombres no son los verdaderos. En este caso, Tom Waits o Francis Ford Coppola serían ellos mismos.

Como previo a esta lectura, debo decir, más que aclarar, porque a veces se corre el riesgo de oscurecer, que alguna de mis crónicas son en sí historias vividas o escuchadas en relatos, o simplemente recordadas por mí así a través de los años y en algunas de ellas, por pudor o por cobardía, los nombres no son los verdaderos. En este caso, Tom Waits o Francis Ford Coppola serían ellos mismos. Me hubiera gustado, sí, haber sido Raúl Juliá o simplemente escribir la letra de «Una emoción».  Por esa razón es que en venganza voy a integrar ese tango a mi repertorio, en breve. Si al menos pronunciara decentemente un good morning, intentaría atreverme con Tom, pero ya me leerán…

En la inmensa casa que tenía por el barrio de Caballito, una vieja amiga alquilaba varias habitaciones temporalmente. En casi todos los casos se trataban de extranjeros que venían a Buenos Aires, por estudio, por cursos, por trabajo. Podías encontrarte allí gente de Alemania (recuerdo que a uno, muy divertido, al que le enseñamos que acá se despedía con un «¡Boludos para todos!» y así lo hacía invariablemente), de España, de Francia, en fin…

En este caso, conocí a D. una tarde en la que fui a encontrarme con mi amiga, la casera y afines amistades, en ronda de mates en el patio de ese bonito convento moderno. De una de las piezas de abajo (otras se hallaban arriba, en la terraza), salió de repente una chica rubia muy guapa que en un español agringado pero bastante piola se sumó a la rueda. Nos presentaron.

One from the heart

Resultó que D. estaba haciendo una pasantía por un par de meses en un diario muy conocido y era oriunda de San Francisco. Obviamente, periodista. Se fue dando una muy buena onda entre los dos y hubo de a poco un acercamiento cómplice en el tapete de la suerte loca. Con azar y sin premeditación. Me ayudó en la corriente de simpatía una guitarra que pintó al vuelo (y esas cosas que tenemos quienes cantamos) para que nos veamos otra tarde ya fuera de la casa. Así se apersonó adonde yo vivía, entonces, para pasar un día largo, intenso y amoroso.

En un momento de complicidad íntima quise, con mi torpe inglés, cantarle al oído un tema de Tom Waits que me sigue encandilando: «One from the Heart». Canción que fue banda de sonido y nombre de una película extraordinaria de Coppola: Golpe al corazón, se llamó en Argentina (en España, creo que Corazonada). Ella me lo siguió cantando en susurro. Y el tema no sé, pero nosotros sí que terminamos a dúo como el mismo Tom con Crystal Gayle, en la pieza aludida. Luego se habló de cine, de por qué me gustaba tanto esa peli… 

Dice la leyenda que Coppola montó un Las Vegas alucinante replicado en estudio y que además ese film casi lo llevó a la ruina total.

Bajo ese manto de piel y honestidad, se quedó pensativa y un poco melancólica, sentada con la cara hundida entre las rodillas. Recién entonces, de a poco y en su castellano permitido y correcto, me contó lo suyo bajo la luz de un fósforo idílico del tango…

Drácula

Un amor intenso la había unido al hijo mayor de Francis Ford Coppola. Durante el rodaje de Drácula, a principios de los ‘90 estaban juntos y, según su relato, él había sido prácticamente quien se puso al hombro el film con el guiño de su padre. Durante ese lapso fue que conoció en el set a Tom Waits y se hicieron amigos (Tom hizo de Renfield, el loco interno del manicomio del doctor John Seward). Por lo tanto su relato ya cerraba un círculo interesante con la entrañable confesión. Era evidente que fue una relación intensa, pasional y por tal, uno de los motivos de su viaje a la Argentina: precisamente para alejarse a tiempo de aquel ambiente y del muchacho de entonces, todo según sus palabras.

Tuve que consolarla en el medio tiernamente mientras me iba narrando, porqué la emoción la quebró y todo el ambiente de aquella película de los ‘80 por la cual se disparó la situación, cobró cuerpo y sentido. Ya no como guion musical, sino en modo y reflejo existencial. De pronto fui una especie de ese Raúl Juliá receptor danzante, rodando bajo estrellas en ese desparramo de amor en remolino ahogado que protagonizó Teri Garr.

Una emoción

Aquella tarde noche. Una habitación cualunque de Villa Ortúzar se transformó en un set sin luces, ni directores o asistentes de testigos. Desaté torpe pero románticamente un nudo motivante. Como Una emoción, de tango que escribió el poeta José María Suñé: «Vengan a ver que traigo yo / en esta unión de notas y palabras, / es la canción que me inspiró / la evocación que anoche me acunaba. / Es voz de tango modulado en cada esquina, / por el que vive una emoción que lo domina».

Y jamás hasta hoy, desde aquellos días, pude explicarme ni podré, lo que hubiera pasado si yo no hubiera intentado con una horrible pronunciación desatar ese sentimental lazo que finalmente de chispas se hiciera humo. Como el del ambiente que genera un tema del gran Tom, mientras que el corazón desfilaba en traviesa conexión sin fronteras de carne o geográficas.

No supe más de ella desde el día en que mi amiga le hizo en aquella casa una suerte de fiesta de despedida. Allí nos vimos y nos abrazamos como viejos amigos, pero ya no ocurrió nada más intenso que un beso, y ni siquiera me quedé con su correo.

Tom Waits pudiera ser tango tranquilamente desde otras esquinas coppolianas o no. Y fue una alta emoción desde el corazón que no se detuvo nunca. Música, maestro…

Besos de esquina y abrazos de cancha. «

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