Graciela Favilli: “La IA hackea la evaluación en las escuelas porque ya no podemos controlar nada”

Por: Solana Camaño

A propósito de su nuevo libro, la especialista en educación señala cómo la tecnología obliga a repensar las aulas. La obsesión por el control y la necesidad de diseñar consignas auténticas que eviten la repetición de información.

En la escuela se aprenden contenidos y habilidades fundamentales para la vida, pero también un oficio: el del estudiante. ¿Quién no ha escrito un examen pensando en qué tipo de respuestas prefiere leer su docente? Más largas  que reflejen «complejidad» o más breves y contundentes, reflexivas o al hueso. Y casi siempre, con el fin pragmático: la búsqueda de aprobar.

Graciela Favilli, licenciada en Ciencias de la Educación y especialista en Didáctica y Curriculum, acaba de publicar el libro La evaluación de los aprendizajes en jaque. Cómo diseñar prácticas genuinas (Noveduc), que será presentado este jueves a las 19:45 en la Biblioteca Obrera Juan B. Justo (Caballito), donde aborda cómo la Inteligencia Artificial relanzó discusiones históricas en torno a esa danza de la evaluación educativa. Y la necesidad de que la escuela se repiense y diseñe consignas «auténticas».

¿Con qué búsqueda surgió el libro?

–Dediqué casi toda mi carrera profesional a la capacitación de docentes de los cuatro niveles educativos en torno a enseñanza, currículum y, lo que me obsesionó los últimos años, la evaluación. Es el gran hueso duro de roer. Muchos docentes se animan a incursionar en nuevas estrategias de enseñanza, en propuestas interesantes con altos niveles de participación de los estudiantes, pero cuando llega el momento de la evaluación aparecen las ansias de control: “saquen una hoja”. Entonces, quise escribir un libro para docentes. No es un texto para mis colegas pedagogos que traiga novedades teóricas. Lo que aporta son análisis de casos, escenas que recogí en el diálogo con muchas maestras y profesores y planteos que buscan inspirarlos para modificar prácticas en torno a la evaluación.

¿Cómo se actualizan los desafíos que implica la evaluación en tiempos de Inteligencia Artificial?

–Hay tensiones históricas entre la calificación numérica y lo cualitativo, la mejora y el control. La idea de tema 1 y tema 2 en un examen refleja esa necesidad de controlar. Antes, por ejemplo, nos fijábamos si los estudiantes sacaban información de Rincón del Vago. Cuando llega el momento de la evaluación, los mismos pibes que tal vez se habían enganchado con un proyecto de educación ambiental o con la lectura de una ficción, se convierten en sospechosos. La prueba es “la prueba” en el sentido más judicial del término. Los docentes piensan cómo evitar que se copien, el fraude. Y lo que planteo en el primer capítulo del libro es que la IA hackea la evaluación porque ya no podemos controlar nada. Casi nunca pudimos. De tan rígida que es, la evaluación se vuelve un eslabón frágil y termina quebrando el vínculo educativo.

Esas ansias de control pueden responder a tradiciones bien disciplinares de la didáctica, pero a veces se explican por una vocación genuina de recabar evidencias de aprendizaje, de dar cuenta de que hubo un proceso de incorporación de saberes. En ese sentido, la IA dificulta identificar si hubo trabajo propio de los estudiantes.

–Las evidencias de aprendizaje nunca llegan a ser tales porque el aprendizaje es un proceso subjetivo. Los docentes tratamos de hacer una aproximación, pero no tenemos certezas absolutas de que el otro aprendió. Muchas veces, el estudiante nos dice lo que esperamos leer y al otro día lo olvidó. Puede parecer una muestra de aprendizaje, pero ese aprendizaje no es profundo, duradero o auténtico. Hay que asumir eso. No significa renunciar a evaluar, porque como vos decís, siempre vamos a estar en la búsqueda de ver que nuestras acciones de enseñanza tienen un resultado.

¿Qué se puede revisar de las propuestas de evaluación para que esa búsqueda logre mejores resultados?

–En el libro ofrezco algunos ejemplos de consignas que no se pueden resolver con IA o sería un trabajo muy grande. Hay una secuencia didáctica de una maestra de sexto grado de CABA sobre cuentos de misterio y terror que incluye una visita a la biblioteca de la escuela, una presentación, la lectura de la biografía de Edgar Allan Poe y de uno de sus cuentos, escuchar la canción Corazón Delator de Soda Stereo y ver el capítulo de los Simpson La rival de Lisa. Para su resolución, se deben poner en juego distintas competencias: leer, escribir, dibujar, comprender, clasificar, completar un cuadro, emitir opiniones, establecer comparaciones, ir y venir de un texto al otro. Si bien es posible que las y los alumnos consulten la IA, el tipo de respuestas que exige no podrán ser resueltas mecánicamente. Creo que ahí hay una clave: preguntas más auténticas que permitan poner en juego procesos cognitivos más complejos que la simple repetición de la información. Y la otra cuestión es involucrar a los que aprenden en ver cómo van a demostrarlo. El único que puede saber si aprendió o no aprendió es el propio sujeto. El asunto es que a veces no sabe porque no tiene la posibilidad de autoevaluarse, hay que brindarle las herramientas para que lo haga.

En el libro subrayás la necesidad de explicitar a los estudiantes los criterios de evaluación. ¿Por qué?

La construcción compartida y pública de criterios le permite a los estudiantes conocer qué se espera que demuestren y así autorregularse, organizarse, enfocar sus esfuerzos hacia el logro de aquello que se espera. El docente tiene todo el derecho de plantear sus criterios, aunque sean arbitrarios. El asunto es explicitarlos y también señalar las prioridades. Muchas veces advertimos como criterio la capacidad de establecer relaciones complejas entre conceptos, por ejemplo, y después queremos bajarle la nota a un trabajo desprolijo o que se entregó fuera de término, aunque nunca hablamos de la prolijidad o de la puntualidad como parámetro.

Una metáfora que organiza el libro es pensar la escuela como una orquesta. ¿Podrías explicarla?

–En la idea de la evaluación subyace una búsqueda de la uniformidad. A mí me gusta, en cambio, pensar a la escuela como una orquesta donde hay violines, guitarras, contrabajos, arpas que no suenan igual. Pero desde esa diversidad de instrumentos, ritmos y voces se arma una polifonía interesante. Una escuela, como una obra, requiere mucho trabajo, horas de ensayos, errores y práctica. Hay una partitura, un guión, pero también interpretaciones, versiones y casi nunca la primera vez sale lo mejor. Lo que quiero decir es que la evaluación no es un cierre y listo, jaque mate, sino una nueva oportunidad para seguir. Siempre hay tiempo para aprender.

No estaría siendo una prioridad

En Argentina, según el Observatorio Argentinos por la Educación, la educación no es prioridad: se ubica en el séptimo lugar dentro del ranking de los principales problemas del país, por detrás de temas como economía, política, desempleo, inseguridad, entre otros.

Solo el 5% de la ciudadanía considera a la educación como la preocupación más relevante. En América Latina, el promedio es aún más bajo: 3,4%.

El porcentaje en nuestro país crece entre las mujeres y las personas de nivel socioeconómico alto.

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