Había una vez un circo..

Por: Juan Cedrón

Columna de opinión.

Mi primer recuerdo de un circo es de fines de los años ’40, en Munro, por la avenida Vélez Sarsfield, cerca de la fábrica Luminton. Era otro Buenos Aires, otro país, otro mundo. Nosotros vivíamos en Puente Saavedra, cerca de la sifonería Bottegoni, que era de un tío mío, bandoneonista. José Bottegoni era también cachivachero, compraba y vendía de todo. Me acuerdo de que tenía varios bandoneones, uno de ellos el que hoy toca mi sobrino Manolo. 

No me acuerdo el nombre, pero aquel de Munro era un circo pobre; nada de leones ni elefantes… ¡los amaestrados cuando mucho eran perros! De verdad. Para que lo entiendas, lo explicaba así Tuñón: «Un circo pobre. Un circo pobre es igual que un circo rico. Pero pobre.» 

Nos íbamos hasta allá con mis hermanos, a veces también con mis viejos. Y ahí vi por primera vez Juan Moreira. Era el famoso circo criollo, que en la primera parte tenía los payasos, equilibristas y otros números, y en la segunda una representación de teatro nacional. Pero si te digo la verdad, de lo que más me acuerdo era del viaje. Nos fascinaba. Nosotros tendríamos apenas 8 o 10 años e íbamos en el colectivo 230, uno negro y rojo. Era de los colectivos de antes, cortitos, que tenían una puerta a la izquierda del chofer; y en la escalerita de esa puerta viajábamos nosotros, hablando de igual a igual con el tipo. Y éramos nenes. 

Tiempo después, mismo en Saavedra, sobre Cabildo y Vedia hubo otro circo, el de los hermanos Rivero. Ya era un circo más grande, menos pobre. En el mismo predio había otras atracciones, como una calesita tirada por un caballo. Con los ojos vendados para que no se asuste, el pobre matungo daba vueltas y vueltas por un espacio que había entre el centro de la calesita y la parte donde van los pibes con sus autitos o en los caballitos de madera. «Alegrías infantiles / que cuestan una moneda / de cobre, pegasos, lindos pegasos…», diría Machado. 

Y cuando nos mudamos a Camet, en medio del campo, íbamos al circo de Mar del Plata, en la avenida Independencia y Almafuerte. Ahí lo bueno fue que ya éramos un poco más grandes, y nos colábamos, volando de excitación, como un vértigo de lo prohibido. Había que saltar un vallado y nos metíamos por atrás de la carpa, pasando primero entre los carromatos y las jaulas de las focas, los leones, y después por bajo las gradas, viendo a contraluz los pies de la gente. 

Ya más grande y en Buenos Aires, más precisamente en La Boca, ese mundo funambulesco volvió a nosotros con Javier Villafañe. Él era mayor que nosotros, pero fuimos muy amigos, como familia. Era un tipo fascinante, charlatán. Y era muy gorila, discutíamos mucho sobre política. Me acuerdo de que, años después, mi hermano Jorge le reprochaba porque Javier no había querido que el gobierno –Perón– le editará su libro El Gallo Pinto para llevarlo a los pibes en las escuelas. «¿Y para qué lo querés al libro, viejo de mierda?», le decía. «¿Para que lo lea quién escribiste el libro?» «Tenés razón, tenés razón», le reconoció un día. 

Villafañe ya parecía viejo cuando era joven. La barba, el pelo, sus modales. Iba con su espectáculo a todos lados, a los barrios, la escuelas. Me acuerdo de que se había hecho un teatrito portátil, que llevaba sujeto como un corset, que tenía por delante una cortinita por donde aparecían los títeres. Y sus muñecos eran los personajes de la comedia del arte: el Polichinela, Colombina, Arlequín… y el Diablo, que al final de las historias siempre lo corrían y apaleaban. Pero creo que nunca se moría, ¿no? Ya en Europa, Javier vivió un tiempo en «el Chateau», como le decíamos a un ranchito que yo había conseguido hacerme en la afueras de París. «Pórtense mal, pórtense mal», nos decía siempre cuando se despedía. 

Titiritero como Johnny Walker, el trotamundos que por los años ’20 hacía sus números en un circo de Ingeniero White, cerca de Bahía Blanca. Tuñón lo conoció en vida, y de él tomó su personaje Juancito Caminador. Raúl nos contaba que Walker hacía el truco de la calavera y el conejo. El tipo mostraba al público una calavera y le daba de comer hojas de lechuga… que desde atrás se las comía un conejo que nadie veía. Hasta que un día se terminó la lechuga. Y bueno, se murió el conejo. 

Me crucé con otros circos después. Y ahora, con La Musaranga, volví a encontrar uno bien, pero bien pobre. Uno con guirnaldas, florcitas, arena, telones remendados, amplificadores con sonido metálico, como los de antes, hecho todo con cosas recicladas. Un circo bien criollo donde veo a Nelly Omar con poncho federal cantando con sus guitarristas o a Feliciano Brunelli tocando frenético un pasodoble. Mientras por delante pasa un barquito que navega entre olas de juguete, o colgado de la carpa trastabilla un equilibrista de madera, entre gallos, perros y loros que cantan. Tienen también un ventrílocuo de carne y hueso, una cabeza de payaso que habla, tres perros de lata que cantan un vals y una máquina que expende poemas. La moneda que ponés en la ranura no es de 20 centavos, pero te hace ver la vida color de rosa. «

El Cuarteto Cedrón y la Compañía Nacional de Autómatas La Musaranga ofrecen su espectáculo El Puchero Misterioso los sábados 15 y 22 de abril y 20 y 27 de mayo en Teatro El Popular, en Chile 2080

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