La liberación de CFK será un acto de soberanía porque su prisión fue impulsada por Estados Unidos.

El mileísmo trató al principio de su gestión venderse como una derecha distinta, un partido conservador con anclaje popular que no centra su discurso en el rechazo al peronismo. Sin embargo, con el paso del tiempo el presidente se transformó en una nueva expresión -degradada- del clásico odio gorila, el mismo que gozaba cuando a Evita se la devoraba el cáncer.
Lograr la libertad de Cristina es un acto de justicia y una reparación para millones de argentinos que la quieren y aspiran a verla recuperando los derechos que le sacaron. Pero hay otro punto central: esa prisión tiene por objetivo dar una lección histórica, un gesto disciplinario para la dirigencia política actual y la que viene. Es un mensaje para los pibes y pibas que hoy pueden estar sumándose a la militancia y soñando con cambiar el país. Es para que vean y les quede claro cómo termina una persona que gobernó a favor del pueblo y de la soberanía argentina.
Se puede hacer el siguiente ejercicio imaginario: ¿qué hubiera pasado si Juan Perón no hubiera vuelto a la Argentina después de 18 años de proscripción y exilio? ¿Qué huella hubiera quedado en la Historia? Que el liderazgo popular termina sus días expulsado y humillado. La vuelta de Perón, más allá de lo que ocurrió después, dejó la marca de que al final del camino, luego de persecuciones, asesinatos y demonización, hubo una reivindicación y la mayoría del pueblo pudo recuperar al líder que condujo un proceso de ampliación de soberanía y mejora de las condiciones de vida. “Al final hay recompensa”, como dice la canción de Gustavo Cerati. Esta huella es lo que busca revertir la argentina conservadora con la prisión de CFK.
El rol de Estados Unidos es clave. El secretario de Estado Marco Rubio le quitó a CFK y su familia la visa para poder ingresar a EE UU en marzo del 2025 y en junio la Justicia federal la encarceló. No son hechos aislados. El embajador Peter Lamelas declaró que entre sus tareas diplomáticas está la de garantizar que Cristina siga presa. Si alguien tiene capacidad de manipulación sobre poder judicial federal argentino es la embajada americana.
Un dato para recordar: en junio de 2022 el juez federal de Lomás de Zamora Federico Villena ordenó el robo-no cabe otra palabra-de un boing 747 de la empresa venezolana de transporte de carga Emtrasur. El secuestro de la aeronave fue por pedido de la Justicia de EE UU. La excusa fue la de siempre: vinculaciones con el terrorismo. En febrero de 2024 el avión voló hacia Florida. Ninguna instancia de la justicia argentina hizo algo para impedirlo, al contrario. El terror que los jueces locales le tienen a la CIA es casi tan potente como la sumisión cultural que también profesan.
Cuando Milei se pelea con sectores del establishment local, como Clarín o Paolo Rocca, lo hace con la tranquilidad de contar el respaldo de Washington. Esto le garantiza por ahora un frente judicial con turbulencias pero sin caídas. Todo puede cambiar si Trump pierde las elecciones en noviembre.
La liberación de Cristina es un acto de justicia, por supuesto. Y es la derrota de la lección histórica que la derecha pretende darle a las generaciones que vienen. Y es un acto de soberanía nacional que debe dejar asentado que una potencia extranjera no puede encarcelar a los líderes populares de este país. Todo eso se juega detrás de esta disputa. Es el prisma donde se unen casi todas las batallas.
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