Enhebrando el hilo invisible que va del terror de 1978 y la gesta de Malvinas en 1986 al actual desguace financiero de la era Milei, la mística popular de las zurdas de Maradona y Messi resiste como el último refugio de un país fracturado entre el brillo del mejor fútbol del mundo y la oscuridad de sus tragedias políticas.

La primera de la sucesión de nefastas experiencias ultraliberales que destrozan sistemáticamente a la Argentina y hambrean al pueblo. La encrucijada: ¿tomar una necesaria distancia de la realidad es indiferencia, es perder noción de la existencia?
Dos caras indivisibles de una sola realidad.
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«Juguemos por ellos», imponía Diego con vehemencia a sus compañeros, el 22 de junio del ’86, en el túnel del Azteca que vuelve a ser mundialista ahora. Los jugadores ingleses miraban absortos, amedrentados. Él aún era, de algún modo, el chiquilín que, en el ‘78, lloró acurrucado en un árbol de la concentración argentina, que abandonaba porque el Flaco lo dejaba afuera. Pasarían ocho años entre una estrella y la otra. Años intensos. Con una guerra contra el Imperio, nada menos. Sanguinaria como muchas, desigual como pocas, injusta como la enorme mayoría.
Mañana, 29 de junio, se cumplirán 40 años de la final de México ‘86. Pero una semana antes, el domingo 22, hubo un partido histórico, irrepetible por la significación y porque fue el cenit de nuestro más grande Dios pagano. Irrepetible porque allí se recibió de insustituible: hizo el gol con la mano y roció a los poderosos con su primera afrenta. Pero ante la crítica por la ilegitimidad, cuatro minutos después (sólo cuatro, el resto es eternidad) armó «la más maravillosa jugada de todos los tiempos» (Víctor Hugo, dixit).
Su zurda maravillosa. Un instante, lapso de fantasía y magia que nos iluminará por siempre. Goles que embelesan. ¿Habrían tenido semejante significancia si enfrente no hubiera estado la selección inglesa? El fútbol inseparable de la política, de la sociedad, de lo popular, de la vida. Casi 650 pibes muertos en Malvinas en el ’82 por defender esa bandera encarnada en la camiseta de la Selección, contra los que calzaban la del país aún liderado por la infame Thatcher, admirada por tanto cachivache. Nunca sabremos qué habría sido sin Malvinas. Sí que nunca habrá ninguno igual. Ni ese partido. Ni Diego.
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Fue otro 22 de junio, el lunes pasado. Cuatro décadas después, Messi. Cuatro décadas después, Milei. En el medio, diciembre del 2022: la Pulga nadando en las aguas futbolísticas de Maradona, condujo a la Argentina a la tercera estrella. Multitud descomunal, abanico mágico inconmensurable, millones de hinchas sobre el asfalto para exaltar el virtuosismo de un equipo que volvió a representarlos con la pelota en el alma. Otra vez campeón, tras 36 años y nueve intentos. El Obelisco enhiesto entre infinitos espíritus conmocionados, el súmmum de la felicidad colectiva. Los gestores no fueron a La Rosada, esa vez habitada por Alberto. En fin, en estos días helados hasta da para extrañar su tibieza si no fuera porque intensificó el ingreso al tobogán que nos condujo a la tragedia.
Sí, ahora, otro 22 de junio. Ese rosarino que ya no es pibe volvió a naturalizar una de sus mil maravillas. Como Diego en el ’90 marró un penal, pero tampoco se amilanó. Abrió el camino con un zurdazo (que conlleva una contradicción: fue tan anunciado como letal). Lo cerró poniendo magia (frenó un pase defectuoso con el imán de su zurda maravillosa) y la pasión de potrero (se arrojó a los pies rivales para marcar el segundo).
No detengan a la bestia.
Mientras, el gobierno habilitaba una nueva toma de deuda de U$S 5 mil millones bajo ley extranjera, en condiciones «establecidas por el ministro de Economía” y se conocía la cruel paradoja de una increíble baja desocupación que produce esa mueca idiota y un 40% de informalidad, de la mano de la pavorosa pobreza; cierre de empresas; caída de consumo; suba de los servicios públicos… Uff, varios datos que hacen crujir al país. Entre tanto, la nueva chafalonía de quien, mísero títere, se hace el cocorito con el grupo Clarín, pero le entrega la telefonía por baratijas. Ser fantasmal que funge como presidente: esta vez no necesitó salir al mítico balcón del General, a saludar estúpidamente a la nada, como suele hacerlo.
¿Qué hacemos con la Argentina de estos días?
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No detengan a la bestia, decíamos en un párrafo anterior. Cumplió 39 pirulos el miércoles 24. Fecha de coincidencia preciosa: Riquelme con sus 48; Fangio o Ernesto Sábado, que irían por los 115. La gesta del soldado Cabral (sargento post mortem) en 1813 o el primer cruce aéreo de los Andes en globo aerostático (argentinos Eduardo Bradley y Ángel Zuloaga) en 1916, que inspiró la fundación del club Los Andes, glorioso Mil Rayitas. Los 91 años de la muerte de Gardel, o los 26 de Rodrigo Bueno. O los 36 de aquella mañana, en que la italianísima Turín se iluminó con el gol de Caniggia a Brasil, tras otra pincelada de D10s.
«El mejor sol es el de la madrugada», le sugirió a este cronista, la Abuela marplatense Antonia Acuña de Segarra cuando hace mucho contó que sus tres hijos fueron desaparecidos por la dictadura durante el Mundial ’78: Alicia Estela, la mayor, aquél jueves 24 de junio. Cuatro días antes de que Laura Carlotto, en cautiverio, diera a luz a Ignacio, nieto de Estela.
Mientras, el Congreso habilita la venta vil de la vida, del país, del futuro. Y se debate, como nube de humo, la exoneración necesaria y justa de un estafador, emblema de un gobierno nefasto por donde se lo mire. Hiere la sensibilidad que sólo hasta ahí llegue la fuerza política de los nuestros, desangrados en la interna. Asquea la complicidad impune de esa banda de hipócritas hijos de puta (perdón por la sutileza) que hoy despotrican contra el gobierno y mañana apañan, como si nada, el robo a mano armada.
El mejor futbol del mundo en un país para pocos, sumido en su peor tragedia. Las zurdas maravillosas ante las derechas más siniestras.
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«Nadie se salva solo». Un cartel gigante tapa un espejo del ascensor principal del Compass Minerals Performance Center, búnker de la Selección en Kansas. La consigna espiritual apunta a consolidar la unidad deportiva de un grupo que contiene, usufructúa, potencia y disfruta el descomunal talento de su líder. Frase aplicada al fútbol, claro. Permítanos la mirada utópica, melancólica tal vez, noble y sensible: que no sea sólo un slogan deportivo y que florezca la semilla que sembró El Eternauta en el tan azotado pueblo argentino. «
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