Crónica de un sábado en la meca del "nola, late". Los que llevan gastados más de 400 mil pesos y los que apelan a las redes. Una difícil: Mbappé. Uno muy querido: Lukaku.

A pasitos de la avenida Rivadavia, Eduardo Díaz Velazco despliega su estampa de 72 años curtidos en el gremio. Ya llenó un ejemplar para su nieta Guillermina y ahora va por la segunda hazaña para su nieto universitario. “Son novecientas y monedas, hoy lo liquido”, asegura con la fe del que sabe esperar. Don Eduardo viaja en el tiempo hacia los años sesenta, cuando completó el álbum de las legendarias golosinas Starosta en Lomas de Zamora: “Te daban una pelota de cuero; la difícil era el ‘Manija’ (Juan Carlos) Puntorero, volante de Atlanta. Me salió en un paquete y toqué el cielo”. Después vinieron los álbumes de sus siete hijos y los Olímpicos. ¿La estrategia actual? “Acá es más maña que fuerza. Habré comprado diez paquetes; después es todo puro cambio, puro late, nola”. Fanático de Independiente, el hombre atesora la trilogía roja -Bochini, Santoro y Giusti-, pero en este álbum moderno elige a un diablo belga: el grandote Lukaku.
Isabel Quispe repasa unas hojas arrancadas de un cuaderno de recetas. Llegó desde Avellaneda y es repostera, pero en horario del almuerzo calcula números que no son de harina ni azúcar: son las ausencias del álbum de Ian, su vástago de diez pirulos. “Me faltan 15. Ya le metí como 400 mil pesos con la ayuda de tíos y abuelos, porque la mano está jodida”, relata. De piba juntaba Frutillitas; hoy vigila los tesoros de Ian: el niño tiene a Messi repetido pero no lo vende, lo cuida para el trueque. La santa madre busca la silueta de Kylian Mbappé: “Ni me hables, lo odio, no aparece por ningún lado”.
En los bancos se teje el negocio. Rodrigo, de 22 años y vecino del Bajo Flores, es un bróker excelso del intercambio. Labura en seguridad privada, pero el parque es su timba de horas extras. Muestra su emporio ordenado por países en un táper Colombraro. “Tengo mi comunidad en redes con 800 miembros. Es el mundial de los coleccionistas”, dice el sabio que atesora las inconseguibles de edición especial. “Hay mucho mercado negro, truchadas chilenas y brasileñas, pero el original es argentino. Y Tim Payne no existe, está infladísimo por puro furor, pero no sabe ni patear”, sentencia con cinismo arltiano mientras le cambia diez figuritas comunes por una clave a un mocoso desprevenido.
Mauricio Abayay, puestero histórico, mira la marea humana desde su búnker de Dragon Ball y Roblox, aunque sabe que las estrellas rutilantes son las de la Copa. Anda por los 40 y pico y el primer álbum que completó fue uno de Ciencias Naturales. “El Rivadavia es la meca. Te piden jugadores de la Selección para pegar en la heladera. Te hablan de Messi a 50 lucas, pero eso es un afano. Yo si tengo a Lamine Yamal te la vendo a cinco mil”, aclara con honestidad brutal.
Cerca de la sombra de los árboles, Andrés y su hijo Toto, de nueve años, sostienen un ejemplar con tapa dura. Aprendieron la lección: el de Qatar se les hizo pelota por el traqueteo. Vinieron desde Vicente López en procesión mundialista. “Cuánto gasté, ni idea; si te ponés a pensar, se te va el sueldo”, confiesa Andrés, que evoca los Mundiales del ’86 y el ’90, cuando la cosa era menos negocio y más potrero: “Ahora hay youtubers que lo llenan sin salir de la casa, pero a nosotros nos gusta la vieja escuela”. Buscan la última efigie para gritar victoria: Uruguay 14, Manuel Ugarte. Lautaro Michini, de 25 años y rulos al viento, camina junto a su novia Flor. Fanático de Boca, guarda la de Paredes como una gema, pero se queda con los colores de Escocia, puro Corazón valiente. Labura como coordinador de viajes de egresados y la labia le sobra para hacer una diferencia económica. Cotiza las de bronce, plata y oro entre cinco y quince mil pesos, moviéndose como un representante de futbolistas de alta gama. En un par de transacciones se gana diez lucas limpias. Sonríe, mira el cielo de Caballito y sabe que, al menos, la primera birra de la noche de Argentina-Jordania ya está asegurada. Dedos curtidos, fajo atado con gomita gastada y trueque cara a cara: la neurosis de un país entero se define en los bancos del Parque Rivadavia. «
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