La gestión de Milei entra en zona de peligro, con un viento en contra, y está en duda si podrá reunir los necesarios y sólidos puntos de apoyo para contrarrestarlo.

Pero es un error considerar que las actuales zozobras de la extrema derecha gobernante constituyen una imprevista tormenta sobre un cielo anteriormente despejado. Por el contrario, significan la condensación de factores largamente acumulados, muchos de los cuales empezaron a operar ya con el inmediato acceso de LLA a la Casa Rosada en diciembre de 2023. Desde ese entonces había irrumpido una fuerte polarización de la sociedad política, que apresurados analistas habían leído con una mirada tuerta, en extrema conmoción por la aparente solidez del nuevo experimento libertario. Se subestimaban las inconsistencias del proyecto político y económico en despegue, así como las rápidas reacciones hostiles que dicho emprendimiento tuvo desde un inicio. Ya en el verano de 2024 había advertido desde estas páginas que emergía una incipiente “calle antilibertaria”. Son cada vez más los que ahora arriesgan un pronóstico crecientemente oscuro para el proyecto mileísta.
Siempre estuvo expuesta a cielo abierto la inviabilidad del esquema económico del oficialismo. Este se había mostrado desesperado por pretender cumplir con el demagógico contrato trazado con el electorado en 2023, el que prometía hacer desaparecer mágicamente la inflación junto a una fuerte recuperación de la producción, del consumo y de la inversión no estatal, a partir del cumplimiento de su cruzada contra la corrupta casta, mientras distraía con ensoñaciones dolarizadoras. Algunas fracciones del mundo financiero, agrario e industrial se dispusieron a arropar al bizarro héroe del anarcocapitalismo, con sus promesas de exenciones impositivas, reformas laborales y jubilatorias, y ajustes del Estado. Harto del fracaso de las anteriores gestiones kirchnerista y cambiemita, un extendido electorado popular depositó su cuota de esperanza en el fenómeno derechista. Buena parte de las fuerzas políticas tradicionales le otorgaron gobernabilidad a una LLA sin poder parlamentario propio, para que hiciera sus estropicios en su primer año y medio de gobierno, revoleando decretos de necesidad y urgencias, Ley Bases y otras iniciativas de excepción.
Pero la baja inflacionaria y la “estabilidad” macroeconómica fueron una ficción, muy difícil de hacer perdurar, pues sus ruinosas consecuencias son insostenibles. El atraso cambiario afectó seriamente al tejido productivo. La baja del déficit fiscal no fue otra cosa que la pulverización de los salarios de los empleados estatales y de los haberes jubilatorios, el brutal desfinanciamiento de la salud y la educación, y la paralización de la obra pública. Tras la recesión de 2024 no existirá un PBI en gran ascenso en 2025, mientras amplias capas de trabajadores, clases medias y sectores populares ven mermar sus ingresos. El enfriamiento del consumo acompañó el ruido de la motosierra y la licuadora del gasto estatal. Pero el “programa” de Caputo ya se había quedado sin gasolina, es decir, sin dólares, y con cada vez menos confianza, en este otoño. El FMI fue a su auxilio con nuevos préstamos. Pero ni esto ni los blanqueos ni la convocatoria a sacar los “verdes” de abajo del colchón logró establecer la calma requerida. El BCRA no acumula reservas y pronto el peso de la deuda se hará sentir con su cronograma de pagos. La suba de la divisa norteamericana traduce la incertidumbre sobre la marcha de todo el plan económico. El aumento de las tasas de interés son otro síntoma de los desequilibrios en curso, acompañados por la caída de los bonos y el crecimiento del riesgo país.
El mileísmo confiaba en ganar oxígeno con una contundente victoria electoral en estos meses. El calendario de comicios debía concluir con una imagen de legitimidad reforzada y mayores bancadas legislativas para encarar los nuevos desafíos anarcocapitalistas de la segunda parte del mandato. Karina, los Menem, Pareja y una promiscua red de punteros, tránsfugas y advenedizos fueron los encargados de poner en pie en todo el país a LLA como nuevo instrumento político. Los escándalos que van ganando espacio en la opinión pública, incluso perforando la complicidad de los medios periodísticos oficialistas, revelan cuantos niveles de corrupción, coimas, loteo de cargos en el estado y venta de candidaturas requirió LLA para procurar pintar de violeta todo el país, y abducir al PRO y otros espacios de derecha, peronistas y radicales.
LLA se sostiene en armados improvisados, puramente mediáticos o desterritorializados, monitoreados por la inexperta y desacreditada hermana presidencial. Una asociación apresuradamente conformada, en parte con recursos ilícitos, desde oficinas estatales curiosamente en manos de un gobierno “anticasta”, que promueve o compra recursos humanos, desconectados y sin una tradición ideológica sólida que lo sustente. Sin discurso articulado y con una gramática oxidada por los hechos: economía “sin inflación” pero sin pesos con los que comprar; combate a la casta y la corrupción de la mano de uno de los apellidos riojanos que las representan más genuinamente. Como pudo advertirse, su desempeño en las elecciones provinciales no viene siendo muy rutilante. El flamante partido nacional y su gobierno, a su vez, debe procesar la interna inocultable con una de las patas del trípode en que se sostiene el diseño gubernamental: Santiago Caputo y su red de trolls y publicistas. Disidencias apenas mediadas por Guillermo Francos, personaje todoterreno de la casta política y financiera.
¿Cómo evaluar los resultados electorales de hoy, contextualizados por un posible salto en la no concurrencia? Cotejándolos con los anteriores en la Provincia (octubre de 2023), en los que sufragó el 74% del padrón: el kirchnerismo-peronismo obtuvo casi el 45%, mientras la suma LLA-PRO reunió más del 51 por ciento. El justicialismo se prepara para capitalizar la crisis libertaria, con una unidad precaria, sin ofrecer nada nuevo y sin balances de los anteriores fracasos, y con un kicillofismo ansioso por convertir un eventual triunfo en punto de apoyo para superar al cristinismo, consolidar un acuerdo con el massismo y otras tribus peronistas, para despejar el camino hacia su candidatura presidencial. Por izquierda, el FIT-U procura elevar sus anteriores índices del 3,8%, intentando abrir camino a la polarización entre ambos bloques. Los comicios traen otra novedad: el reagrupamiento de fuerzas centroderechistas, peronistas y radicales, que en algún caso intentará acoplar con la sigla Provincias Unidas, proyecto de recambio y recalibre del ajuste mileísta, en base a buenos modales. Alea jacta est.
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