Horacio González, el director compañero: historias y anécdotas de los trabajadores de la Biblioteca

Por: Federico Amigo

Cinco trabajadores recuerdan el paso del sociólogo por la institución. El trato como par, su escucha atenta y su energía para contagiar entusiasmo.

Las y los trabajadores de la Biblioteca Nacional coinciden: Horacio González fue, ante todo, un compañero. Así lo describen. Así lo recuerdan. Así también lo despiden desde la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). En sus diez años al frente de la institución, contagió entusiasmo, anécdotas y recuerdos con cada uno de las y los trabajadores. Cinco de ellos, en esta repaso y este recorte arbitrario, dan testimonio de una relación horizontal, de un homenaje de aquellos que lo aprendieron a querer y empatizar desde un vínculo laboral distinto.

Nicolas Reydo

«Una pequeña anécdota muestra la enorme generosidad que siempre tuvo Horacio con los trabajadores. En la entrevista para empezar a trabajar en la Biblioteca, se demoró unos 30 minutos porque estaba en una reunión con Ricardo Piglia, María Moreno, María Pia López, Daniel Santoro, entre otros, preparando un programa sobre Borges para la TV Pública. Salió de la reunión pidiéndome disculpas por la demora. Yo estaba muerto de miedo, tenía 26 años. Al momento de hablar se mostró interesado y atento a las pavadas que yo decía sobre un libro de Carl Schimitt, que estaba leyendo, y por el que él me preguntaba. Horacio tenía esa calidez, hablaba con cualquiera de nosotros como un par, y además tenía una escucha atenta: rescataba las palabras que uno decía, pero al ser repetidas por él resultaban más inteligentes, claramente porque las falseaba y las mejoraba».

Brenda Zerhau

«Era un formador de entusiasmo. Como nadie, como ningún otro, me generó entusiasmo por el laburo. Hoy es mi profesión y también mi vocación. Siempre fomentó y me ayudó a ganar becas para capacitarme. Era todo el tiempo un intercambio de cómo se podía transformar todo lo aprendido. Cada vez que volvía de un viaje, como Bolivia y México, me incentivaba a charlar y ver cómo incorporar aprendizaje. Cuando compró la colección completa del escritor Fermin Chávez lo convirtió en un gran proyecto al que le dediqué mucho tiempo. Siempre fue eso: un generador de entusiasmo por el trabajo».

Foto: Soledad Quiroga

Darío Tocchetto

«No puedo puntualizar ninguna anécdota en especial, y estoy eternamente agradecido de conocerlo. Tuve varios privilegios como compartir un cumpleaños o almuerzos en el viejo Macedonio, y fueron excelentes reuniones de aprendizaje, de conocimiento, de cultura. Estoy agradecido de que me haya honrado con su amistad. Me invade una gran tristeza: el país perdió a un gran intelectual, y a una gran persona».

Emiliano Ruiz Díaz

«Además de trabajar en la Biblioteca Nacional, estudiaba Letras, militaba y había escrito un artículo para la revista del centro de estudiantes. Era sobre Carta Abierta y deslicé una serie de críticas al espacio e incluso a Horacio. La relación con él siempre fue muy buena pero nunca estuvo exenta de tensiones críticas por cuestiones salariales y reclamos que íbamos procesando desde los gremios. Le acerqué la revista y el artículo era un típico texto estudiantil, con sus defectos. Se lo pasé porque sabía que leía todo.
Unas semanas después me lo crucé en la Biblioteca, lo saludé y enseguida, mirándome a los ojos, me dijo: “Leí lo que me pasaste, muy bueno”. Me dio mucha vergüenza porque el artículo era malo y además, de algún modo, le pegaba. Es una anécdota sencilla que ilustra lo que era: una persona generosa capaz de leer los textos más importantes y los artículos de un joven imberbe, y encima elogiar. Fue muy lindo porque fue un pasillo, de forma casual, en un espacio que siempre recorría y solíamos verlo. Era la máxima autoridad. Pero nunca se olvidaba de que era una persona más».

Evelyn Galiazo

«Conocí a Horacio cuando empecé a colaborar con la editorial de la Biblioteca. Durante el primer año se presentó cada vez que me veía. Comenzó a recordar mi nombre -que siempre pronunció mal- casi una década después. Antes de eso, era una desconocida a la que trataba con infinita delicadeza. Horacio fue nuestro payador, nuestro Derrida franciscano. Capaz de improvisar en cualquier circunstancia, su retórica envolvente interpelaba desde el primero al último de los trabajadores. En el hojaldre de sentidos de su discurso había algo especialmente dirigido a cada uno».

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