Argentina, que llevó a cinco atletas al Mundial de Japón que volvió a consagrar al garrochista sueco Duplantis, alguna vez estuvo en el primer plano. La dictadura que comenzó tras el Golpe de 1955, del cual se cumplen 70 años, persiguió a los campeones de ese tiempo, entre ellos Delfo Cabrera.

“No persigo una cifra concreta, quiero averiguar hasta qué altura puede saltar realmente un ser humano”, dijo Duplantis en 2020, el año en el que comenzó a volar contra sí mismo después de que rompiera por un centímetro el récord Renaurd Lavillenie, el saltador francés que tenía la marca de 6,16 desde 2014.
La dimensión de lo que consiguió Duplantis en este tiempo hay que medirla también en los 21 años que pasaron hasta que Lavillenie rompió la plusmarca de Serguéi Bubka, el ucraniano leyenda del salto con garrocha, que consiguió sobrepasar los 6,15, una medida que durante dos décadas pareció infranqueable.
Duplantis, que tiene 25 años y nació en Estados Unidos pero compite por Suecia, el país de su madre, desafía los límites humanos con un entrenamiento combinado. Tiene que prepararse como un velocista, un saltador de longitud y un gimnasta. Hay que correr muy rápido y tener la técnica bien afinada del salto. La clave es la explosión en distancias cortas. “Tenés que correr rápido”, le dijo a la revista estadounidense Citius Mag, especializada en atletismo. Pero a esa potencia le agrega entrenamientos de salto en largo y sesiones con garrocha. Toda esa mixtura de velocidad, fuerza y precisión son las costuras de su talento.
Duplantis es tricampeón mundial y bicampeón olímpico. No sólo fue la gran estrella del Mundial de Tokio, es la gran estrella del atletismo global. Dentro de ese ecosistema, hubo cinco argentinos en competición. Joaquín Gómez, campeón sudamericano, quedó 27º en lanzamiento de martillo con 72,68 metros. Elián Larregina, el velocista de Suipacha, volvió a correr los 400 llanos por debajo de los 45 segundos y rozó las semifinales. Micaela Levaggi quebró su propio récord en los 1.500 metros. Chiara Mainetti, con el calor y la humedad del maratón femenino, llegó 50º. Diego Lacamoire sufrió un tirón sobre el final y no pudo tener su mejor performance en los 1.500.
La Argentina tiene una tradición en el atletismo y alguna vez estuvo en los primeros planos. En el maratón de los Juegos Olímpicos de Londres 1948 hubo tres argentinos entre los diez primeros. El ganador fue Delfo Cabrera, el bombero de Armstrong, provincia de Santa Fe. Su entrada al estadio de Wembley para quedarse con la prueba fue una de los capítulos más bellos del deporte argentino. Cabrera iba a repetir en los Juegos Panamericanos de 1951, símbolo de esfuerzo y de una política de Estado implementada por el peronismo.
La dictadura que se impuso a partir del golpe de 1955 que derrocó a Juan Domingo Perón, del cual se cumplieron 70 años esta semana, también persiguió a los campeones de ese tiempo.
El Decreto 4161/56 funcionó como un arma. Con la Comisión Investigadora de Irregularidades Deportivas N° 49, conducida desde la vicepresidencia del almirante Isaac Rojas, se abrió una cacería. Atletas convocados a interrogatorios humillantes, condenas firmadas de antemano, trayectorias borradas. La lista de perseguidos es larga: Mary Terán de Weiss en el tenis, Eduardo Guerrero en el remo, el básquetbol campeón del mundo en 1950. Entre 1957 y 1958, 34 jugadores fueron sancionados por “profesionalismo”. Esa generación se perdió para siempre.
En esa misma lista de sospechosos estaba Delfo Cabrera y, por ejemplo, Juan Manuel Fangio, cuyos títulos en Fórmula Uno también tuvieron empuje estatal.
Más de quinientos atletas argentinos, hayan sido o no peronistas, fueron perseguidos por la dictadura. Delfo Cabrera, además, era un militante peronista y siguió con sus convicciones más allá de la proscripción, de que lo sacaron de su puesto de bombero. Quisieron sacarle la casa que había recibido como premio por su triunfo. Lo citaron, lo interrogaron, lo acusaron de haber violado el código amateur. Hay una serie documental que se encuentra en YouTube, con guión y dirección de Lucía Cuffia, que narra al detalle la historia de este héroe del deporte prohibido. Se llama Delfo, huellas de un pueblo.
Delfo Cabrera murió el 2 de agosto de 1981, a los 62 años, en un accidente de ruta. Regresaba de un homenaje a su trayectoria como atleta. Un polideportivo en Sarandí, partido de Avellaneda, la pista principal del CENARD y una calle en el barrio olímpico del sur porteño llevan su nombre.
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