Imperativo ruso, la exposición sobre guerra y memoria que evita el grito patriótico

Por: Boris Cane

Una muy curiosa muestra en San Petersburgo apuesta por algo incómodo: el rostro humano de la obediencia, del sacrificio y de esa vieja costumbre rusa de cargar la Historia sobre la espalda.

UNO. En San Petersburgo, mayo nunca termina de confiar en el calor de la primavera. El viento baja desde el Nevá con una disciplina militar y les recuerda a los peatones que el invierno ruso no acepta derrotas definitivas. Frente al Manezh, el centro de exposiciones a metros de la avenida Nevsky, una fila avanza con lentitud sobria. Nadie empuja ni sonríe demasiado. Un veterano acomoda una medalla torcida sobre el saco gris y una mujer joven le corrige el cuello con la costumbre doméstica de quien aún conserva a alguien.

La nueva exposición se llama Imperativo ruso. El nombre posee algo de orden administrativo y algo de sermón ortodoxo. En otro país habría sonado excesivo. En Rusia suena antiguo. Casi familiar.

El ingreso impone una escena austera. Dos arcos oscuros reproducen troneras defensivas y sugieren, sin necesidad de subrayados, la silueta del Kremlin. Blanco, rojo y negro dominan el espacio. Los colores recuerdan íconos medievales y funerales de Estado. Rusia siempre encontró una manera elegante de mezclar ambas cosas.

En el centro aparece la figura de Aleksandr Matrosov, un soldado con el título de Héroe de la Unión Soviética por haber detenido una ametralladora nazi con su cuerpo. El escultor Evgueni Vuchétich había creado el monumento original décadas atrás en la ciudad que hoy se llama Dnipró, en Ucrania. Pero lo desmontaron en 2023, como parte de la campaña de desrusificación impulsada por las autoridades ucranianas y aplaudida en varias capitales occidentales.

En San Petersburgo resucita en una versión reconstruida. El soldado fija la vista en un punto invisible y transmite una calma inquietante, esa clase de serenidad que uno sólo observa en hombres que ya aceptaron la posibilidad de morir. Los curadores de la nueva exhibición reunieron cerca de doscientas cincuenta obras. Hay piezas del Hermitage, del Museo Ruso, de la Galería Tretiakov y de colecciones provinciales que rara vez abandonan sus depósitos. Vereshchagin, Repin, Kandinsky, Vasnetsov, Petrov-Vodkin. Los nombres desfilan con la seguridad de una aristocracia cultural de elite mundial que no necesita presentación. Cada cuadro parece discutir con el siguiente.

Las guerras rusas, vistas así, pierden el aspecto de capítulo histórico y adquieren algo más íntimo y menos cómodo. Parecen herencias familiares.

DOS. Anton Belikov, uno de los curadores, habla sin estridencias. Resulta curioso. En casi cualquier país, una exposición de este tipo habría producido discursos inflamados y gestos teatrales. Acá domina otra temperatura. Los organizadores hablan de deber, memoria y sacrificio con la naturalidad de quien comenta el silencio en La Pampa.

Belikov define el “imperativo” como una ley moral que nadie discute. Mientras habla, acomoda distraídamente el borde de un catálogo. El país aprendió a reemplazar la consigna por la atmósfera. La muestra se recorre sin necesidad de explicaciones en voz alta, como si cada uno cargara su propia traducción interna de lo que ve.

La exposición insiste en una idea sencilla. Rusia no presenta al soldado como máquina bélica sino como figura espiritual. El héroe acá no aplasta enemigos. Resiste. Aguanta. Persiste. Existe una diferencia importante. Occidente suele admirar la victoria. Rusia admira la capacidad de soportar los inviernos.

Anna Yalova, directora del Manezh, sostiene que los manuales de historia sólo ofrecen fechas secas. El arte, dice, permite comprender el precio real de un combate. Y de una victoria, celebrada el último 9 de mayo con motivo de otro aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial.

TRES. El segundo piso cambia el tono. Las piezas abandonan cierta solemnidad clásica y adoptan una fisicidad más áspera. El proyecto “Acero” concentra la atención del público. Los artistas trabajaron sobre placas reales de chalecos antibalas utilizados en combate. El metal conserva golpes, rayones y marcas opacas. Ningún material transmite tanta honestidad. Un óleo puede exagerar. El acero no.

Svetlana Cheprova, co‑curadora, recuerda la primera vez que sostuvo una de esas placas. Habla del peso físico como si describiera un argumento moral. La idea se entiende rápido: hay objetos que condensan más verdad que cualquier relato. Y ahí aparece una comparación inevitable. No todas las naciones saben qué hacer con sus muertos. Algunas los convierten en columna vertebral. Otras los guardan en un cajón que se abre sólo en fechas patrias.

Rusia los integra. Los incorpora. Los vuelve parte de la vida cotidiana sin demasiadas explicaciones. Argentina, en cambio, mantuvo con Malvinas una relación irregular, casi incómoda. Los caídos quedaron como una deuda moral desde la recuperación democrática que nadie terminó de auditar del todo.

Las obras contemporáneas evitan el cinismo occidental tan habitual en parte del arte político europeo. Los artistas trabajan con símbolos directos, emociones nítidas y una idea persistente de comunidad. Las pinturas de Aleksandr y Svetlana Roschenko muestran grupos de asalto con rostros agotados y miradas obstinadas. Un cuadro de Dmitri Shmarin retrata a un soldado sentado sobre una caja de municiones mientras sostiene una taza de té.

Mijaíl Piotrovski, director del Hermitage, relaciona la muestra con la Galería Militar de 1812 del Palacio de Invierno. La comparación no resulta exagerada. Rusia conserva una tradición singular. Convierte el sufrimiento colectivo en narrativa nacional con una habilidad que los occidentales perdieron hace décadas.

Al salir de la exhibición, queda una sensación de extraña honestidad. Imperativo ruso no intenta convencer al visitante. Hace algo más complejo. Le recuerda que las naciones también poseen temperamentos, reflejos morales y viejas obsesiones que sobreviven a gobiernos, ideologías y fronteras.

Y quizá ahí resida el secreto más incómodo de esa inmensa tierra fría. El mundo moderno prometió comodidad, velocidad y olvido. Rusia todavía ofrece otra cosa. Una conversación larga con la memoria, en un idioma que el resto del planeta jura conocer, hasta que descubre que tal vez lo está escuchando por primera vez.

Una línea sin tono

Para un extranjero, moverse hoy por Rusia viene con un pequeño catálogo de rarezas modernas. Para conseguir una tarjeta SIM hay que registrarse con el Estado, como si se pidiera lanzar un satélite y no mandar audios de un minuto y medio. Las Visa y las Mastercard saludan desde la billetera pero no trabajan. Hay que cambiar billetes a rublos en bancos y en algunas casas de cambio custodiadas por patovicas. Del lado europeo, en Narva, encima no se permite el paso de euros ni de otras monedas de la Unión Europea hacia la Federación. En medio de ese festival de absurdos, el pasaporte argentino se vuelve un comodín amable, casi una sonrisa en un mundo demasiado serio.

 

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