Incendios en el sur: una tensa calma en Cholila

Por: Alejandro Pairone

Ayer bajó la temperatura, subió la humedad y amainó el viento en Cholila, pero la localidad sigue acosada por el avance de dos frentes. Si no caen lluvias fuertes en breve, la tragedia puede expendirse. La postura del gobernador Torres y la organización comunitaria pocas veces vista.

Tras un domingo de furia que dejó las llamas a las puertas del pueblo, los habitantes de Cholila vivieron este lunes una jornada de relativa calma gracias a que bajó la temperatura, subió la humedad y amainó el viento. Pero es solo un respiro que obliga a dormir con un ojo abierto: todos saben aquí que el sosiego será breve para las más de 800 personas que o en la línea de fuego o en la logística le pelean metro a metro, literalmente, a los dos frentes del enorme incendio forestal que mantiene cercado a Cholila.

Cholila está acosada por el avance de dos incendios que se mueven en sentido contrario pero la tienen en el medio de su camino hacia un punto de encuentro. Sus llamas están entre 3 y 5 kilómetros del casco urbano que ya cubren de humo. Desde el norte se encamina el fuego proveniente de Epuyén, iniciado el 5 de enero en Puerto Patriada, El Hoyo, y que el gobernador chubutense Ignacio Torres dio “en un 100% controlado”. El fuego recorrió más de 25 kilómetros de valles de altura, bajó por el cañadón del Rio Blanco, se alimentó de pinares y amenaza ahora a dos barrios de la periferia, la Ecoaldea del Alma y El Blanco.

Desde el sur crece el enorme foco que carboniza el Parque Nacional Los Alerces desde el 9 de diciembre. Nació en el Lago Menéndez y serpenteó por dentro del Parque hacia el norte por la Villa Lago Rivadavia, una de las zonas de chacras de Cholila. Allí quemó campos y veranadas, y avanzó imparable desde el sur hasta que ayer atemperó su ímpetu a las puertas del pueblo.

Una parte del fuego que todavía consume las entrañas de Los Alerces viró ayer hacia el este empujado fuertemente por los vientos cordilleranos y puso rumbo a la localidad de Esquel, de la que todavía lo separan unos 30 kilómetros y el escollo de uno que otro cerro. Justamente en esta ciudad de fuerte cultura ambiental se realizó el domingo una multitudinaria movilización callejera para exigir a los gobiernos nacional provincial que apaguen el incendio crecido y expandido en buena medida merced a su desidia y falta de previsión.

La tragedia que vive el noroeste chubutense es de una magnitud con pocos precedentes conocidos en la región. Si no caen lluvias fuertes en breve, cuando finalice esta semana se habrán quemado bosque nativo y pino invasor por más de 40 mil hectáreas en esta temporada con solo tres incendios: El Turbio, Puerto Patriada y Los Alerces/Cholila. Para tomar magnitud del desastre, se trata del equivalente a dos veces la ciudad de Buenos Aires o 2,5 Rosario o el 80% de Córdoba; cuatro veces el tamaño de Tucumán y hasta ocho veces el de la ciudad de Mendoza. Todo lo perdido es irreemplazable y le llevará décadas recuperar su estado natural y la vida que lo habitaba.

Para enfrentar semejante desastre, en el combate contra el incendio operan todos los recursos posibles del Estado nacional, tanto terrestres como aéreos o logísticos. El exServicio Nacional de Manejo del Fuego trabaja a pleno, pero resulta claramente insuficiente porque sus recursos jamás alcanzan cuando el fuego está desatado: los aviones y helicópteros no apagan el fuego, solo colaboran con los brigadistas; lo que extingue el fuego es la lluvia. Pero principalmente, los recursos son insuficientes y más escasos que nunca por el recorte brutal que le asestó el Gobierno nacional desde 2024 con el aval de las administraciones provinciales, como en este caso el gobernador Ignacio Torres.

Esa debilidad del Estado infringida por el régimen de los libertarios, es sustituida por una movilización social y organización comunitaria pocas veces vista aunque ya fogueada en los incendios de Epuyén y de El Bolsón, de 2025. La primera línea de fuego está compuesta por combatientes estatales, pero también una incalculable cantidad de brigadistas voluntarios que le ponen el cuerpo al fuego codo a codo con los profesionales. Son habitantes de Cholila o provenientes de otras localidades de la Comarca Andina que se financian por sí mismos, ponen (y rompen) sus camionetas personales, al igual que los equipos, las motobombas y los tótems. Incluso, comparten con los combatientes profesionales, todos precarizados, las donaciones que reciben desde todo el país. Es solidaridad en estado puro.

Detrás de ellos, además, hay monumental estructura de logística de voluntarios que sostiene el trabajo en la línea de fuego. En Cholila se han conformado dos postas en las escuelas 75, de El Blanco, y la 103, cercana a Villa Lago Rivadavia. Allí hay un centro de atención primaria para atender las lastimaduras de los brigadistas, pero también para brindarles un primer abrazo al regreso de cada jornada con cubos de agua tibia y sal para los pies, pomadas para quemaduras, colirio para los ojos y bebidas frescas para hidratarse. En algunas de las aulas han improvisado dormitorios y en la cocina se preparan las viandas que se llevarán al día siguiente y la cena que los abrigará esa noche. Lo hacen con donaciones que reciben directamente, o las que reenvían organizaciones desde Epuyén, Lago Puelo y El Bolsón en una red de solidaridad que crece y se consolida a fuerza de alma y vida.

Todo eso se hace con las donaciones que el gobernador Torres pidió reiteradamente que no se hagan, en entrevistas con canales de la tv porteña. Quienes obedecieron sus pedidos desde el minuto cero fueron las grandes empresas que facturan millones en la Patagonia pero que no se hicieron presentes en la tragedia, como la petrolera estatal YPF, las cadenas de súpermercados La Anónima y Todo, entre tantísimas otras que aportaron su ausencia. La excepción fueron algunas de las grandes transportistas que ofrecieron gruesos descuentos para traer donaciones desde Buenos Aires. Aerolíneas Argentinas y Fly Bondi, que vuelan a la Patagonia, no fueron una de ellas.

La gran organización comunitaria le pone el cuerpo y el alma a la lucha contra el fuego que encierra a la localidad de Cholila, sobreponiéndose a la angustia de vivir rodeados por las llamas y cubiertos por el humo a lo largo de varios días. Y lo hacen víctimas de la desinformación producto de funcionarios y funcionarias públicas sumergidas en el caos y sin otra política de comunicación que no sea el ocultamiento, la manipulación y la propaganda primitiva.

Los vecinos de Cholila no reciben información periódica concreta sobre la situación que atraviesan; sólo saben algo por los grupos de whatsapp entre conocidos que se mezclan con las emisiones en vivo de los medios de comunicación locales. El Estado provincial parece desconocer que la información veraz es un derecho y, más aun, una necesidad para la salud mental en momentos de crisis severas. Pese a ello, se limita a un parte diario del Servicio Provincial de Manejo del Fuego, que dice casi nada, y otro parte de la vocera oficial del gobernador en el incendio, la expolicía Laura Mirantes, que en un video diario ofrece vaguedades y generalizaciones sin precisiones. O a las declaraciones eventuales de un funcionario, que suele contradecir a las anteriores.

Tal situación se percibe en una sociedad que vive al límite hace días. Todos los testimonios recogidos por Tiempo muestran un clima social altamente hostil contra los gobiernos nacional, provincial y municipal. Pero contrariamente, presentan una mirada de respeto y agradecimiento hacia los trabajadores de los tres estamentos públicos, con los brigadistas, estatales y voluntarios, en el punto más alto de admiración.

“Los brigadistas (de Cholila) son gente que tiene un sentimiento y una entrega por su trabajo y por el lugar que defienden, que es admirable. Trabajan sin respiro y sin descanso. Nosotros estamos allí, acoplados a ellos y tratando de pasar todo esto que es una desgracia por la desidia gubernamental. Hay miles de familias que estamos pasando por una situación muy angustiante”, explica a Tiempo, Lucas Solís, oriundo de Cholila y brigadista voluntario en la primera línea. Lucas estaba el sábado combatiendo el fuego en las alturas de las veranadas mientras los pequeños campos de su familia, en la planicie, eran arrasados por las llamas. Llegó con lo justo con un grupo de amigos para salvar la casa de su padre en Villa Lago Rivadavia.

Lucas es trabajador de la zona, nueve de área en el club y un militante peronista de 34 años que por milímetros perdió las elecciones municipales en 2019. Aun en el caos y el fuego, ya piensa en la contención emocional de las personas cuando un día el fuego se extinga: “Lo que va a quedar después de esto es sostener a las personas mayores, los que se criaron toda la vida conociendo un paisaje que no volverán a ver en lo que les queda de vida. Allí hay que hacer algo porque es muy doloroso”.

Como los brigadistas y como los voluntarios que ponen el cuerpo, sentir el sufrir del otro también es solidaridad en estado puro en medio de tragedia.

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