Desde los hijos de la dictadura hasta los pibes del nuevo siglo, varias generaciones encontraron en sus canciones refugio, identidad y una manera de resistir a la intemperie. La muerte del mítico cantante abre paso a su definitiva inmortalidad.

Qué héroe tan extraño este que nos tocó. Hosco, de pocas apariciones públicas, críptico, pelado, con lentes negros, de consumos malhabidos, tímido en sus formas. Carlos Alberto Solari, el Indio, es el héroe de tres generaciones, hoy más huérfanas que nunca. La primera es la suya: la generación de la dictadura, de la transición democrática, de todo lo que se iba a transformar y quedó trunco. “Yo empecé a ser mal alumno muy temprano. Estaba en el grupo de los movilizadores, de los no obedientes. Siempre fui de desarmar lo que estaba armado. Me parecía que el caos era lo que ordenaba todo”, dijo en su biografía Recuerdos que mienten un poco.
Es la generación de La Cofradía de la Flor Solar, un emprendimiento artístico surgido en el seno de una comunidad hippie platense, que luego, en los ‘80, exhibió un estilo de rock teatral donde se incursionaba en otros tipos de espectáculo, además de lo que es estrictamente un recital de una banda de rock: una tropa circense de monologuistas, magos, payasos, acróbatas, bailarinas desnudistas y músicos subían al escenario y hacían sus números. No había integrantes fijos; eran alrededor de quince músicos arriba del escenario que se iban alternando entre los instrumentos. El Indio interpretó a su propia generación, esa que había atravesado el horror y sabía que la libertad no es fantástica: casi siempre es mar gruesa y oscuridad.
Pero hay otras dos generaciones que lo llevan literalmente tatuado en la piel. Una es la generación de los ‘90, los pibes huérfanos de Luca Prodan, la prole del menemismo, que se preguntó para qué servía al final la democracia. Todos recordamos aquellas imágenes de agosto de 1997: los integrantes de Los Redondos ingresando a la pantalla de Crónica y sentándose por primera vez delante de una cámara para decir, para siempre, un par de cosas de manera muy clara. El Indio Solari tomó la voz, se quejó de que no había cenicero y comenzó a hablar en una conferencia improvisada en el Hotel Savoy de Olavarría.
“Cuando se prohíbe una manifestación de este tipo, no solo nos están prohibiendo a nosotros cantar y tocar; se les está prohibiendo a aquellos que, por un motivo que es propio, quieren escuchar esto, quieren conmoverse con esto y estar vinculados a esta banda de músicos”. Los shows previstos se habían cancelado por una carpeta de inteligencia que apuntaba a los “actos vandálicos” que generaban los seguidores de la banda. “No hace mucho me preguntaban por qué no dábamos reportajes y yo les decía que lo que nosotros hacemos es comunicarnos con los jóvenes. Preferimos, en vez de bajarles línea a los chicos, escucharlos. Porque en sus nervios hay mucha más información de futuro que la que tipos de nuestra edad pueden aconsejarles. Esto es de ellos”. Comunicarnos con ellos, escucharlos, no bajarles línea. Toda una caricia para una juventud traicionada, atacada y desesperanzada.
La polisemia, obviamente, jugó su papel con esa frase de una canción que, al repetirla, se gritaba, se tatuaba, se pintaba, se estampaba. “Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón” podía hablarle al militante político, al pibe que no tenía trabajo, a la piba a la que se le había muerto un familiar cercano, al que había caído en la adicción y quería salvarse, a la persona privada de su libertad, al que lamentaba la mala racha de su equipo. A todos. Tesoro y miseria, ahí, en una frase para la generación de Walter Bulacio, la que atravesó la maldita policía, la que venció la impunidad.
El Mister también fue el héroe de una generación más reciente, la del 2000. Es la que no tiene recuerdos de haber escuchado por primera vez a Los Redondos porque fueron la banda sonora de su infancia. La que se crió escuchando con admiración las anécdotas de corridas en Huracán, Racing y River. La generación posterior a la resistencia, que pasó el 2001 bajo la borrosidad de la infancia. Es la generación de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, de Tandil, Gualeguaychú y Olavarría. A esos pibes, a esas pibas, también les habló el Indio, y también los escuchó.
“Yo vivo con asombro lo de la juventud, porque en general los artistas añosos convocan a gente que, si no es de su edad, anda alrededor de ella. Que no me pase eso es grato”. Y “Violencia es mentir” empapeló las calles. Y las frases de Los Redondos llenaron los locales políticos de las nuevas generaciones, ya fueran kirchneristas, de izquierda o autonomistas. Había Indio para todos, también para el feminismo: “Yo creo que a las que hay que mirar es a las muchachas. Las muchachas están haciendo cosas muy buenas”, dijo en una entrevista reciente.
El Indio es el líder de una fe. ¿Cuál? No se sabe bien. Así es la mística, no se explica del todo. Quizá sea la fe de sabernos igual de hermosos y miserables, y aun así creer que algún bello milagro nos merecemos. Y ocurrirá: siempre hubo en la poesía del Mister algún hilo de esperanza. Sin grandes pretensiones: solamente una escucha, poesía, algo de música, la mesa de plástico de un bar, un par de mangos para ver si se saca otra cerveza, una cofradía de mortales y las ganas de tratar de entender qué es hacerle el amor a un Drácula con tacones. Todos y todas en esa, en la misa, que es lo contrario del inmenso velorio que nos rodea día a día.
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