Mientras crecen los diagnósticos y el uso de medicación en niñas, niños y adolescentes, las familias, profesionales y docentes advierten sobre escuelas desbordadas, las pantallas, la sobreexigencia y una sociedad con cada vez menos margen para las diferencias.

¿Qué hay detrás? Distintas voces dialogan sobre el aumento de casos en una época marcada por la sobreexigencia, las pantallas, las escuelas desbordadas y una sociedad cada vez más tolerante a las diferencias y cada vez más proclive al rótulo y la sobremedicación.
En los últimos años se empezó a advertir un incremento de TDAH y tratamientos con fármacos como metilfenidato y atomoxetina, los más utilizados en Argentina para abordarlos. Su prevalencia en nuestro país ronda el 4% en niños y adolescentes, según integrantes del Grupo Comportamiento Humano, Genética y Ambiente (IPSIBAT, CONICET-UNMDP). Pero detrás de estadísticas y etiquetas diagnósticas aparecen historias concretas: chicos que no logran permanecer sentados en el aula, adolescentes que se aíslan, familias que pasan años buscando respuestas y escuelas que muchas veces no tienen herramientas para acompañar ni estructuras que se adapten.
“Hoy la escuela aún no entiende qué hacer con la diversidad –sostiene la licenciada en psicopedagogía Gisela Rodríguez–. Seguimos con un modelo donde se requiere que el chico esté sentado, preste atención determinada cantidad de tiempo y no se pueda parar, mover o preguntar. Pero cambió lo epocal. Ya no estamos para estar sentados porque, de verdad, ya no hay pibes que puedan tolerarlo”.
La licenciada en psicología, Carolina Cuenca, coincide en que el fenómeno no puede analizarse únicamente desde lo clínico: “El trastorno existe, pero también hay un contexto cultural y social que acompaña a estos diagnósticos”. Va en línea con el estudio del CONICET, que relaciona el crecimiento de TDAH con una sociedad cada vez menos tolerante a las infancias que no encajan en las expectativas tradicionales. Cuenca agrega que “muchas veces la escuela está atrasada en modificar la currícula y adaptarse a diferentes inteligencias. Los cambios que se dieron en la sociedad también tienen un peso enorme”.
La tensión surge cuando las escuelas intentan responder a problemáticas cada vez más complejas sin contar con recursos suficientes. “En una de las escuelas donde trabajo hay una psicóloga para todo el turno tarde. Hacen lo mejor que pueden, pero no dan abasto”, describe Laura Pauletta, docente desde fines de los ‘90. “Mucho depende del compromiso de cada maestra”, acota.
Si bien por esencia la escuela escucha pero no diagnostica, Rodríguez advierte que muchas familias llegan a consulta después de comentarios informales hechos dentro del establecimiento: “Ni siquiera yo, siendo psicopedagoga, doy diagnósticos. Eso lo hace un médico. Nosotros orientamos”.
Ambas especialistas cuestionan la rapidez con la que determinadas conductas infantiles quedan asociadas a un diagnóstico. “No todo niño inquieto o que no presta atención tiene TDAH –advierte Cuenca–. Muchas veces surge la consulta desde la escuela, como si mandaran al chico para que no moleste, y ahí está el problema”.
Muchas veces el síntoma aparece en la escuela, pero está relacionado con historias singulares, vínculos familiares y modos de habitar la infancia que exceden lo estrictamente escolar o neurológico. Según el informe del CONICET, la pandemia marcó un punto de inflexión a partir del cual comenzaron a multiplicarse los diagnósticos de TDAH.
Rodríguez asegura que el crecimiento de derivaciones es evidente: “Hoy no hay grado donde no haya un niño con diagnóstico o que necesite derivación”. Remarca que “muchos de los chicos que hoy presentan mayores dificultades atravesaron el nivel inicial o los primeros años de escolaridad en aislamiento”, pero además ese período alteró profundamente los modos de socialización infantil: “Hubo un corte, un alejamiento de los otros, y los otros son indispensables para cualquiera”.
Aunque en Argentina no existen estadísticas oficiales equivalentes, en Estados Unidos los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) informaron que en 2022 unos 7 millones de niños y adolescentes de entre 3 y 17 años habían recibido diagnóstico de TDAH. Las pantallas son un problema central. “Abstraen a los chicos y les cuesta mucho separar la realidad de la pantalla”, sostiene Pauletta. Rodríguez pone el foco en la lógica de consumo inmediato: “Pensás en TikTok, que dura segundos. Después pretendemos que un chico esté sentado horas prestando atención”.
El impacto del uso excesivo de pantallas ya se registra. Un informe de la OCDE alerta que “la creciente cantidad de tiempo que los niños pasan en dispositivos digitales puede afectar negativamente su salud, capacidad de aprendizaje, concentración y bienestar psicológico”. Fonoudiólogas ya hablan de «una epidemia de trastornos de lenguaje». Cuenca sostiene que el uso temprano de redes sociales y dispositivos puede generar “impulsividad, hiperactividad y ansiedad”.
La otra cara del problema que viven muchas familias aparece en la historia de Tiziana (16 años). “Se llegó hace muy poco al diagnóstico”, cuenta Romina Pantano, su madre. “Fuimos a varios neurólogos y ninguno quería diagnosticar porque decían que no querían etiquetarla. Pero yo necesitaba un diagnóstico por su bien”, confiesa.
Tiziana había atravesado la primaria con dificultades de atención, aislamiento y bullying. Cuando ingresó a la secundaria, las dificultades se profundizaron. “El colegio me empezó a pedir acompañante porque no sostenía la clase, se quería ‘escapar’. Había profesores que no querían adecuar actividades porque no tenía diagnóstico”.
En Argentina el abordaje del TDAH y otras dificultades específicas del aprendizaje está contemplado en la Ley 27.306, que garantiza el derecho a la educación, la detección temprana, el diagnóstico y el tratamiento integral dentro del sistema educativo y de salud. La situación expone una de las contradicciones más fuertes del sistema: mientras especialistas advierten sobre los riesgos de etiquetar, muchas familias necesitan justamente esa certificación para acceder a derechos y tratamientos.
Rodríguez también advierte sobre el riesgo del sobre diagnóstico: “Que deje de ser niño para convertirse en un trastorno. Sigue siendo un chico que necesita tiempo para jugar, aburrirse. Ser niño”. El aumento de diagnósticos también habla de un contexto social más amplio. “Los padres están sobrepasados, las escuelas saturadas, los chicos híperestimulados y con menos tiempo libre”, resume Cuenca. Hoy hay chicos acostumbrados a la inmediatez y a estímulos permanentes. Para Rodríguez lo que debe cambiar es el sistema: “Ya no son las mismas infancias”.
La pregunta es qué está pasando con esas infancias —y con los adultos que las rodean— en un escenario donde cada vez parece haber menos lugar para la espera, el silencio y las diferencias. De fondo, el riesgo de que la etiqueta termine ocultando la singularidad de cada chico. «
Desde la fonoaudiología también trabajan profundamente con la temática. La licenciada en Fonoaudiología y autora del libro Terapia del lenguaje en las infancias, Giselle Aronson, se refiere al crecimiento de casos vinculados a trastornos del lenguaje y TDAH en niños y niñas, y cuestiona la tendencia a buscar respuestas rápidas y únicas frente a problemáticas complejas del desarrollo.
“Creo que hay una epidemia de ‘diagnósticos exprés’ o ‘énfasis diagnóstico’”. Plantea la necesidad de procesos más cuidadosos y personalizados: “En infancias en desarrollo, más que una etiqueta estigmatizante, un diagnóstico debería ser siempre una hipótesis que oriente y guíe una terapéutica”.
Su mirada coincide con varios de los testimonios relevados en cuanto a que muchas veces se intenta explicar toda la complejidad de un niño a partir de un único rótulo. “Un rótulo no puede responder a una problemática compleja de por sí y sin tener en cuenta la singularidad, la subjetivación, el entorno familiar, comunitario y social”, señala.
La especialista también vincula el fenómeno con los cambios culturales y tecnológicos acelerados tras la pandemia. “Desde el 2020, toda nuestra vida se mediatizó a través de las pantallas: lo laboral, lo social, lo vincular, lo escolar, lo académico”, explica. A partir de esto, plantea si el aumento de casos responde exclusivamente a más diagnósticos o a “una nueva configuración del desarrollo de los niños y niñas de hoy”.
En paralelo, aclara que el diagnóstico “es un derecho del paciente”, pero advierte que “de la mano con la tendencia diagnosticadora aparece la medicalización como única opción posible”. Por eso, concluye: “La medicalización posterior debe ser una alternativa y no un destino ineludible”.
El estudio del CONICET plantea que el crecimiento de los diagnósticos no responde únicamente al aumento de tratamientos farmacológicos, sino también a una tendencia cada vez más extendida a leer ciertas conductas infantiles en clave médica.
Cuenca asevera que “la medicación no es el problema en sí mismo. Puede ser necesaria en muchísimos casos, pero muchas veces se convierte en una respuesta rápida cuando un chico no encaja en los parámetros esperados. El problema es cuando la etiqueta reduce a un niño entero”. Rodríguez también evita posiciones extremas. “El metilfenidato puede ayudar y mejorar la atención, pero la solución es un buen tratamiento”.
Ambas insisten en que el abordaje debería ser integral. Recomiendan “hacer exámenes médicos completos” porque «puede haber otras cuestiones: problemas de tiroides, de visión o situaciones emocionales”.
Rodríguez habla de familias desorientadas que encuentran en la medicación una posibilidad de mejorar la atención, “porque hay algo biológico que empieza a funcionar mejor. Pero no resuelve necesariamente lo que le pasa al chico”.
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