Una novela que revive las inundaciones de 1985 desde la voz y la mirada de una niña

"La marca que deja el agua", debut literario de la dramaturga Laura Garaglia, transcurre en la única casa de un barrio al sur del Conurbano en la que el agua no consigue entrar.

1985 fue el año de la inundación. Una tan grande que más de media provincia de Buenos Aires quedó bajo el agua, al punto de hacer desaparecer pueblos enteros. Como ocurrió con Villa Epecuén, una pequeña ciudad cerca del límite con La Pampa, que permaneció sumergida casi un cuarto de siglo y de la que hoy solo quedan ruinas.

Pero aquella inundación, una de las tragedias naturales más grandes de la historia argentina, también golpeó muy fuerte en el conurbano. En especial en la zona sur, debido al desborde de la cuenca Riachuelo-Matanza, dejando decenas de miles de evacuados que debieron abandonar sus casas durante semanas. Ese es el contexto en el que se desarrolla La marca que deja el agua (Editorial Corregidor), que marca el debut literario de la dramaturga e investigadora Laura Garaglia.

Ambientada en ese territorio históricamente asociado a la clase trabajadora, la novela está narrada en primera persona por una nena cuya casa es la única de la zona en la que el agua no logrará meterse, convirtiéndose en el refugio de muchas familias vecinas, con las que la protagonista, sus padres y hermanas deberán aprender a convivir. Garaglia mapea el barrio aprovechando el recorrido que su protagonista hace a diario para ir a la escuela, una tarea fundamental para que el lector se familiarice con la geografía del lugar.

La casa de la abuela en una punta de la calle y el corralón en la otra funcionan como los puntos cardinales de una brújula. En el medio están el chalet abandonado de la esquina y las distintas viviendas de la cuadra, a las que se identifica con el nombre de sus dueños, en especial con el de la mujer de cada casa. Lo de Elena, lo de doña Carmen, lo de La Marcela, y así.

La marca que deja el agua está dividida en 30 capítulos, fragmentos que, al acumularse, van alimentando el caudal del relato central. Pero muchos de ellos también funcionan como unidades narrativas con cierta independencia, aunque sin llegar a emanciparse del todo, sin alcanzar nunca la individualidad que define a los cuentos. Esa naturaleza, coherente pero a la vez un poco dispersa, hace que la lectura resulte ágil y fluida, grata y desafiante a la vez. En cada capítulo la protagonista va registrando la evolución de los hechos, yendo de la angustia inicial ante la invasión, a un final agridulce donde el alivio convive con la certeza de que lo que el agua se llevó es irrecuperable.

Memorias de la inundación

Garaglia utiliza la mirada todavía inocente de su narradora como un tamiz. Al atravesar ese filtro, el drama adquiere las formas más diversas: a veces será relato de aventura, otras rozará la tragicomedia o el grotesco. Incluso, no sin humor, abrazará con placer el melodrama, cuando la niña se sienta como una de esas princesas encerradas contra su voluntad en la torre de un castillo, soportando el peor de los castigos posibles: el aburrimiento.

La autora no ahorra recursos a la hora de diseñar el espacio y la atmósfera de la novela, como ocurre, por ejemplo, cuando define la paleta cromática que completa la puesta en escena. “Abajo marrón, arriba gris. La inundación y el cielo hacen juego en colores opacos”: así describe la narradora el nuevo paisaje del barrio en los primeros capítulos. Más adelante, con otra frase terminará de dejar clara la importancia de esa elección: “No es invierno, no es verano, no estamos en ninguna estación, estamos adentro de un color”. Ese marrón y ese gris son más que colores: son los responsables de que el encierro físico funcione también como una prisión emocional.

No es necesario haber vivido en primera persona la inundación del ‘85 para conectar con La marca que deja el agua. Porque si bien la novela de Garaglia puede resultar eficiente a la hora de evocar el espíritu de aquella época, los lectores más jóvenes seguramente reconocerán en muchas de las situaciones narradas la atmósfera opresiva de lo que representó, en una escala mayor, el encierro de la pandemia. En muchos niveles, ambas circunstancias se encuentran emparentadas de forma profunda y la novela también resulta elocuente en ese sentido.

Foto: Cristian Rodríguez

La cadencia narrativa a la que Garaglia le va dando forma logra revivir cierto ritmo a veces cercano a la oralidad, que no es difícil identificar con la infancia. Una labor literaria de por sí compleja, pero que en La marca que deja el agua carga con la dificultad adicional de narrar no solo el pasado, sino de reflejar las características de un barrio de clase trabajadora. En ese sentido, la construcción de esa voz no solo es un logro literario, sino que de algún modo representa un trabajo cercano a la arqueología del lenguaje.

Al mismo tiempo, la protagonista es una narradora consciente de su rol y del valor que el lenguaje tiene dentro del texto que comienza a tramar. Eso explica que cada tanto la niña subraye sus descubrimientos “de escritora”, celebrando el hallazgo de algunas palabras que, por otra parte, al principio se parecen mucho a esas que “le gustan a la maestra”, más complicadas que complejas, pero que se irán refinando a medida que ella, a pesar de ser una nena, vaya encontrando su propia poética.

Por otra parte, La marca que deja el agua está construida a partir de combinar oraciones cortas, a veces muy cortas, con otras muy largas, pero marcadas por el uso constante de las comas. Dichos recursos generan un rítmo de lectura particular, al que es necesario habituarse, pero que al mismo tiempo producen un efecto que parece imitar el repiqueteo entrecortado pero constante de las gotas de lluvia al caer sobre un techo de chapa. En ese sentido, Garaglia consigue que la forma del texto sea funcional al espíritu del relato que eligió contar.

Los dos primeros tercios del libro están narrados desde la candidez de la infancia, esa etapa vital donde todavía no se cuenta con la perspectiva necesaria para tomar dimensión de lo que pasa. Pero aunque su entrada se demore, la tragedia aparecerá como una fatalidad en el último tramo de la novela, marcando el final de la inocencia.

Foto: Ciudad de Gerli / Facebook

De la misma forma, en ese tercer acto también terminará de definirse el héroe de la historia, un rol que, siendo la narradora una niña, no es difícil imaginar quién lo ocupa. Se trata, claro, de un héroe humano, falible, que deberá cargar con el fracaso más doloroso en silencio, pero sin perder nunca la dignidad. Como en la literatura clásica, heroe y tragedia se encuentran unidos de forma indisoluble y uno no será posible sin la otra.

Garaglia construye un mundo en el que la maldad se muestra en sus versiones más elementales, encarnada en la fuerza desatada de la naturaleza que no siente compasión por nadie o en la ausencia casi completa de las instituciones. Lo que no existe en la novela es la gente mala. Puede haber hombres más toscos, incluso brutos, o mujeres chusmas y entrometidas. Y también está “el tarado del barrio”, que sale a andar en kayak entre las casas inundadas de sus vecinos.

Pero aun con sus defectos, los personajes de la novela siempre están atentos a los otros, dispuestos a sostenerse mutuamente cada vez que hace falta. Individuos conscientes de pertenecer a un barrio, de ser parte de un grupo de vecinos, aunque a veces no se soporten y se critiquen entre sí. Por eso, aunque su narradora es una sola, La marca que deja el agua es un relato colectivo, solo posible en ese particular marco comunitario.

Pero si La marca que deja el agua abarca casi completo ese arco dramático que va de la comedia a la tragedia, para lo que no hay lugar es para el cuento de hadas ni para sus irracionales finales felices. Puede aparecer, sí, cierta luz, la esperanza del que acepta que la vida sigue a pesar de todo, pero sin olvidarse ni renegar de esas marcas que el dolor deja de forma inevitable, ahí por donde pasa.

Presentación
La primera novela de la dramaturga argentina Laura Garaglia, La marca que deja el agua, publicada por editorial Corregidor, tendrá su presentación oficial el próximo sábado 30 de mayo a las 18 hs. 
El encuentro tendrá lugar en La casa de la lectura, Lavalleja 924, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 
La autora estará acompañada por  las escritoras Gloria Peirano y Cynthia Edul.

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