Un recorrido por los sucuchos de Montmartre y los "naufragios" juveniles en los bosques de Palermo sirve para evocar la enorme figura del músico y amigo Juan Carlos Cáceres. A través de la poesía de Cadícamo y las peripecias de furgón, la crónica rescata el nacimiento de un término popular que hoy recobra una vigencia ácida.

Por el cotorro parisino, se sucedían encuentros formidables, entre los cuales estuve como protagonista algunas veces, varias, porque uno de mis lugares de parada en París, fue precisamente ese espacio.
Una madrugada me tuve que levantar y correr al teléfono para informar que se estaba inundando todo… Desde el piso de arriba (estábamos en una planta baja), caía una cascada de agua como para duchar al papá de Conan y a sus clones… Un caño roto al fin, como en cualquier otro lugar del «tercer mundo». Porque hay que decirlo: no crean en el verso de la Ciudad Luz; cosas como ésta que les relato, las he palpitado y sufrido en varias oportunidades. En el carismático rincón de Montmartre, tampoco había ducha, tenía que ir a ducharme a un estudio de danza cercano, pegadito al «Moulin Rouge»… No me digan que no tuve glamour… El glamour que cierta muchachada argenta quiso encontrar con suerte diversa en esas esquinas, y que un tal Enrique Cadícamo retrató en su «Luna del bajo fondo», entre ajuste de cuentas, amores clandestinos, traiciones, y pensiones sin baños.
Tal vez escrita también, como no, en algún sucucho de la «Rue des trois frères»:
«Luna si vieras que triste
estoy tirado en el catre,
luna overa que me viste
para traerme a Montmartre.
Bajo fondo parisino,
loco y terrible aguafuerte,
cualquier muchacho argentino,
sueña con venir a verte
En esta calleja sola
Y amasijao por sorpresa,
fue que cayó Eduardo Arolas
por robarse una francesa…»
Tremendo anticipo de lo que nos esperaría a quienes llegaríamos trashumantes unos años más tarde, sin tanta tragedia y con menos talento descriptivo.
¡Aguante la neurastenia de aquella bohemia!
Naufragar
Volviendo al maestro, sus peripecias de juventud en Buenos Aires eran riquísimas y también desopilantes. Creo que alguna ya he contado alguna que otra, pero esta, además tiene el color de la transformación del lenguaje coloquial y popular criollo, un patrimonio extra al que ya nos legara con su música también. Por si hiciera falta.
Aquello de «naufragar» era una muletilla muy común entre la gente joven previa a la llegada del rock, digamos, en aquella primavera sesentista. Esta gente entre la que se encontraba «el gordo cacerola» y su barra de entonces, estaba muy influenciada por el existencialismo francés de posguerra, y no solo en la vestimenta, sino en sus actitudes y pretensiones, quizás de corte neo europeísta. Igualmente, según él, nunca dejó de querer y fascinarse desde afuera en París y aledaños, con lo que tallaba en la memoria de las calles de su barrio por aquellas murgas que luego le poblarían el alma instintivamente para desfilarlas en su música. Y sumado a eso, algunos condimentos de corte extrasensoriales que no contaré ahora; lo dejo para otra oportunidad.
La cosa era que divagaban de aquí para allá, eran fines de los años cincuenta, y uno de los vehículos elegidos para tales costumbres era el tren Mitre en el que se colaban, por supuesto, y de cuyas formaciones, luego de varias idas y vueltas, se bajaban en Palermo para atizar de fogosidad bohemia aquellos míticos bosques.
Por supuesto que de esos «naufragios», jamás se rescataban los protagonistas en la estación José León Suárez, pero los viajes se sucedían navegando en aquellos viejos trenes de madera, de los cuales elegían para viajar: los furgones de cola. Estos tenían el baño pegado al coche, del cual se irradiaban unos olores tremendos de resistir. Por esa razón, cuando ya era insoportable el hedor, salían a respirar en modo capitanes de la angustia sobre esas plataformas al aire libre, como si se trataran de buques, y yo me los imaginé jolivudense, a lo Gardel con Tito Lusiardo, pero no cantando, sino intentando respirar con los ojos cerrados, mirando de reojo las adyacencias suburbanas que el tren desparramaba en su trayecto en clave de viaje, pero en una cercana Buenos Aires.
Baranda
La cuestión es que a este ejercicio, lo llamaron: «Salir a la baranda», al que luego minimizarían en el simple: «Hay baranda», como complicidad y por juntarse allí amuchados, hasta bajarse juntos de la formación esquivando a los guardas.
De estas tardes juveniles y de prosapia porteña durante la bohemia de Juan Carlos Cáceres y su runfla, según él mismo me confesara en su mítico atelier de Montmartre; salió la palabra “Baranda», que es ya un símbolo argentino popular de cuando algo huele mal en exceso.
La misma que nos imaginamos, por ejemplo, debe apreciarse con holgura y estupor a cada abrazo intempestivo de quien nos gobierna hoy día, o a quienes tengan, al fin y al cabo, el infortunio de pasar al lado en su cruzada de alta cultura occidental, con un discurso escupido de evangelista demoníaco apoyado en el muro de nuestros lamentos…
¡Dios nos libre y nos guarde!
Besos de esquina y abrazos de cancha. «
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