“Tratamos de expresar una proteína externa que es la que usa el virus para entrar a las células que infecta”.

Bióloga molecular e investigadora adjunta del Conicet, Itatí, de 42 años, trabaja desde 2014 en el Instituto de Ciencia y Tecnología “Dr. César Milstein”. Se especializa en virología molecular, y dentro de ese campo, en nanotecnología antiviral. Desde el inicio de la pandemia, explora una muy pequeña parte del coronavirus –de esas investigaciones, en apariencia fragmentarias, está hecha la ciencia básica, que ofrece luego soluciones mucho más profundas–, pero cuya comprensión podría ser vital para neutralizarlo.
“Lo que estamos tratando de hacer es expresar en el laboratorio una proteína externa del SARS-CoV-2, que llamamos spike –explica Itatí–. Si quisieras traducirlo, sería espícula, pero le decimos spike. Esa proteína es muy grande comparada con otras, y es la que usa este virus para poder entrar a las células que infecta. ¿Para qué queremos expresar esa proteína? Para generar en un animal, en este caso una llama, porque nuestro trabajo es con camélidos, una respuesta inmune contra esta proteína, y entonces, a partir de células de la sangre de la llama, obtener anticuerpos”.
Con ese material, modificado, Itatí obtiene lo que llama nanoanticuerpos. “Y eso –asegura– abre un abanico de posibilidades. Eso nanoanticuerpos podrían ser neutralizantes de la infección viral y servir para producir un antiviral, que bloquee la interacción del virus con el receptor”.
Itatí es apenas una de las decenas de biólogos, virólogos, genetistas argentinos que buscan, en medio de la cuarentena, una respuesta al Covid-19. Su trabajo forma parte de un consorcio de instituciones (que integran, entre otras, el Instituto de Biociencias, Biotecnología y Biología Traslacional –IB3 Exactas UBA–, el Milstein, la UTN y el INTA) que también persigue la producción de RBD (receptor-binding domain), que es la parte aún más pequeña de la proteína que concreta la infección.
Sale cada mañana de su casa en Flores, viaja hasta Mataderos donde se encuentra con su becaria, Florencia Pavan, y trabajan codo a codo hasta la noche. “Somos apenas cuatro científicos en todo el edificio, dos en otra planta y nosotras. No hay ayuda técnica, nadie que esterilice los instrumentos o prepare soluciones, sólo Flor y yo, distribuyéndonos todo el trabajo, bien a pulmón, buscando respuestas”.
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